Volver

No es sencillo volver. Tardo en asimilar que tengo un vínculo con esta página. Un vínculo, no un apego. Llevo cinco horas seguidas frente al computador y vine a hacer una pausa. Es mi hora favorita del día, o de la noche... y la luz, la poca luz que queda, me trae su recuerdo. Mi espalda dibuja rutas que solo él conoce. Mis labios silban su melodía. Soy tan suya que me arrepiento. De no amarlo más, de dejarlo solo. Sangro, tengo una herida que me hice yo misma. Leo a Muñoz Molina y todavía me pregunto si se puede lograr la disciplina de la imaginación. Es eso lo que hice las últimas cinco horas. Imaginar un personaje, seguir sus rutinas, establecer sus hábitos, inventar un duelo, no morir en el intento. Disciplina para crear. Decir estoy aquí cuando estoy contigo. Reconocerme adicta a tu mirada. Soñar con el vago recuerdo de tu voz pasito, en mi oído. Saberme eterna en ti, loca en ti, viva en ti. Volver a la habitación 216. A tu abrazo. A mis pies empinándose para llegar a ti, a tu beso, a tu bella desmesura. Dime otra vez que no me amas, que no te vas con palabras manidas, que soy tu flor... por un día. Dime que lo intentas, que olvidas mis labios a deshoras, que la suavidad de mi piel ya no te seduce y que el tiempo es un villano en contra nuestro. Escúchame. Nunca te miento. Te quiero. Mi dedo en tu pecho es un camino hacia un bosque de abetos. ¿Cuándo? ¿Cuándo volveremos a vernos? Sabré que eres tú después de probarte, de sentir tu saliva en mi beso, de arrancarte una canción de cuatro tiempos. Para volver hay que hacer reconocimiento. 
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