Cinco mujeres


Silvia trabaja en una tienda de jeans; Marcela es estudiante de administración; Erika, ejecutiva de una compañía de bolsa; Indira y Tamara divierten clientes en Barbarie, un bar de salsa en Medellín. No tienen nada en común, pero algo o alguien las sigue. La muerte, la búsqueda del amor, el pasado y el futuro se confunden en un presente difuso. Quien narra no sabe quién es, sabe quién fue. Por alguna razón está atado a estas mujeres y, si quiere comprender el misterio, no tiene más remedio que nutrirse de sus  experiencias, de gozar en la sombra con sus afectos.

A ratos alguna se detiene y cree sentir que alguien la sigue, una sensación apenas, pero lo suficientemente fuerte para no pasar desapercibida. Marcela, la estudiante, es una psíquica oculta que tiene repetidos sueños con Caronte y el inframundo, y en ellos el barquero siempre dice la misma adivinanza: “El que adivine el nombre del barquero podrá elegir la orilla que más le convenga; el que tenga el nombre del barquero tendrá que sustituirme y esperar que otro llegue y lo releve de igual manera”. Ella no quiere morir y está dispuesta a todo para comprender este presagio. Es a través de ella que el narrador recuerda su pasado, y a través de las demás que comprende la causalidad en la vida.

Cinco mujeres es una novela que, dentro de los ritmos de Eros y Tánatos, se vale de Hipnos para tejer una encrucijada.

Primer Capítulo

“Somos seres discontinuos,
individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible;
pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida.”
George Bataille
1
Silvia

Susurro tu nombre entre la niebla. A veces me ves pasar, sientes que te sigo, toco tu hombro, te detienes y escuchas el ronquido de la ciudad que cree poseerte por haberte traído a la luz. Crees haber visto a alguien en la última esquina, ¿puedes asegurarlo? Podrías regresar pero prefieres continuar. No temes, en lugar de perder el tiempo con temores caminas en la oscuridad, es allí donde te defiendes. Extraes de las calles su sudor, los lamentos, los gritos sordos de adictos en los que nadie cree. Te encuentras con un indigente que, por las expresiones de su rostro, encarna el desamparo, y te inclinas para darle agua que agradece tras un día de zozobra. Continúas a las dos de la mañana recorriendo Villanueva en tu noche de semana aunque tengas trabajo al día siguiente. Ya es tarde así que tomas un taxi. Te sigo para asegurarme de que estés bien, que nadie te haga daño. Al llegar a casa comprendo tu aflicción al ver a tu hermano sacar los cubiertos de plata otra vez. Suspiras y agradeces que esté allí aunque haya hecho algo indebido. Ahora debes convencerlo de que no compre más hierba, que no le hace bien ni a él, ni a tu madre, ni a nadie. Le recuerdas lo inteligente que es, la carrera que llevaba en curso, los amigos que abandonó, la ex novia que aún lo ama y, en algún momento, Miguel te escucha y llora con desconsuelo e impotencia en tu regazo. Algo en él afirma que no es su intención preocuparte pero no puede contenerse, necesita otra dosis. Esta noche, al menos, no saldrá. No hasta que estés dormida.

–¡Silvia, Silvia! –es tu madre quien llama. Dice que te cogió la noche otra vez. Te levantas sobresaltada y te arreglas en un dos por tres. Vas al almacén de Carabobo, sabes que tu compañera de turno ya abrió la tienda de jeans donde trabajas. Don Horacio se molestará sin duda, pero, ¿qué importa un regaño más? Trabajas en silencio el inventario, constatas que el sistema esté correcto con las existencias y que no haya faltantes. Cuando el almacén está en promoción de saldos es muy frecuentado y a veces se cuelan ladrones. Te preguntas dónde quedó la honradez o cómo fue que a ti te la enseñaron y a tantos no. Te da rabia encontrar inconsistencias porque te las descuentan del salario. ¿Qué pueden hacer frente a eso? Si al menos don Horacio contratara un hombre para la vigilancia…, pero es avaro y no incurre en gastos diferentes a una nómina sin muchas prestaciones. El auxilio de transporte, por ejemplo, te resulta una broma insulsa: nunca te alcanza; claro, cómo te va a alcanzar si te la pasas en el centro ayudando a extraños. Ese es en verdad tu trabajo. Así fue como te conocí. Así fue como supe que nacería en ti. Las vidas de Marcela, Erika, Tamara e Indira me distraían bastante, pero tú captabas toda mi atención.

Estoy contento. Hoy te arreglaste diferente. Creo que has de ver a algún amigo. ¿Será él? Sí, lo es. Es alto y bien parecido. Tiene las cejas gruesas y los ojos cafés, labios generosos y perfil romano. Ya veo por qué te gusta. Tiene pecho amplio y brazos fuertes. Se saludan efusivos y te pregunta por Miguel. Eres sincera, le dices que apenas si lo estás llevando. Le cuentas cómo la otra noche lo encontraste sacando los cubiertos y le atribuyes al paro todo lo que está pasando: ese paro nos hace daño a todos. Y en ese momento te abres a él con esa fragilidad con que suelen hacerlo las mujeres cuando les tocan fibras muy íntimas. Lloras. Veo tus lágrimas y me duele. Gabriel, consuélala por mí, por favor. Parece que me escucha porque te abraza y luego te dejas besar como si añoraras ese beso siglos atrás. Te fundes en él y luego tu cabeza está en su hombro, al parecer han ido a ver una película: mucha acción y algo de violencia. Alcanzo a sentir cómo te identificas con algunos apartes y cómo todo tu cuerpo rechaza otros. Una mujer es violada y, aunque es ficción, no te permites mirar por la impotencia que te producen las escenas. No te gusta esa película. Salen del cine y en taxi llegan a un motel. En la habitación, Gabriel te recibe el bolso y lo cuelga de un perchero de tres nudos. Se quita la chaqueta y la cuelga también. Tú ya te has descalzado de esos tacones que te hacen ver alta y, cuando se acerca, le buscas juego con el pie. Gabriel te mira con ternura y te besa a intervalos cortos, disfrutando tu sabor. Con agilidad desabrocha tu sostén debajo de la blusa de flores que llevas con gracia y te acaricia con solemnidad. Antes de entrar a la cama gradúa la luz y hace un comentario anodino sobre el afiche en la pared. Acostada lo miras con curiosidad. Han sido amigos durante tanto tiempo y apenas ahora van a cruzar el umbral. Abandonas el pudor con tu blusa y desabotonas su camisa para sentir su piel. Sus manos se enredan entre tu cabello negro azabache y se aventuran en recorrer tu vientre perfumado. Te hace cosquillas y tu risa no sabe las consecuencias, Gabriel te hace más cosquillas y más melódica es tu risa. Adora escucharte reír y lo entiendo. Tus ojos oscuros de repente se ponen serios y es solo una falacia para no reconocer que te tiene en sus manos. No me permiten ver más. No sé quién me hala, no sé quién me nubla, no puedo verte.

Cuatro semanas después, en tu tiempo, me siento raro. No sé dónde estoy pero ya no veo tu pelo ni huelo tu aroma. Es oscuro aquí y muchas cosas suenan al tiempo. Te siento mareada. Es por mi culpa. Es la primera vez que me sorprendo diciendo la palabra culpa. ¿La dijiste tú, acaso? Te siento vomitar y me pregunto si comiste algo que te cayó mal, ¿te intoxicarías por mi descuido? No debí dejar que me halaran cuando Gabriel te besaba, pero créeme, esa fuerza fue nueva también para mí. No la vi llegar. Así como ahora no puedo ver, solo puedo sentir cómo tu cuerpo se contrae una y otra vez, mientras agachada abrazas la taza del sanitario en una indisposición extraña. Te levantas y te escucho discutir con tu madre.

–Silvia, ¿cómo es posible? ¿Cuántas veces se lo advertí? Estos hijos míos no me dan sino dolores de cabeza. Usted está en embarazo –la palabra embarazo es la daga–. Pero si no tiene ni novio, por Dios.
–¿Embarazada yo? –te dices, y te acuestas con las rodillas abrazadas pensando cuándo te viste con Gabriel y cuándo fue la fecha de tu último período. Es de Gabriel.
Antes de llorar te levantas, tomas el bolso y sales a la calle con la determinación de encontrar la farmacia más cercana. No sé qué hora es, si es día o noche, pero sé que voy contigo de otra manera. Llegas a la farmacia, pides dos pruebas para estar requetesegura y no esperas a regresar a tu casa para hacerte la primera. Entras a la pizzería y preguntas dónde está el baño. Corres hasta él. Abres la caja como un niño e intentas leer las instrucciones pero tu ansiedad no te lo permite. Miras los dibujos y con los tres pasos que ves, crees entender lo que debes hacer. Tomas la muestra de orina y mojas la prueba con unas cuantas gotas. Esperas tres minutos antes de que aparezca la rayita. Debe ser una porque no quieres estar embarazada. Dos. No. No por favor. Te siento llorar. Tienes la otra prueba sin abrir, no hará falta. Lo estás. Sales de la pizzería con lágrimas que nadie ve, por el sangrado que no llegó: es preferible sangrar y morir, a traer un niño a este mundo así. El pesimismo te envuelve: se han ido las palabras, a duras penas logras escuchar tu pensamiento. Caminas sin rumbo. No quieres volver a casa con solo pensar en el gran disgusto que le darás a tu madre. ¿Quién cuidará a tu hijo si tú tienes que trabajar? Tu entorno no es adecuado, hay tanta aflicción, tantos problemas económicos, y ni hablar de lo que cuesta mantener un bebé. Bebé… es la primera vez que piensas la palabra de lo que se te viene encima; recuerdas todas las veces que le cuidaste los hijos a tu prima para que ella pudiera trabajar, cuando tú aún eras adolescente. El llanto, los pañales, la leche que nunca era suficiente y, sin embargo, la alegría que sentías al cargarlos, sus primeras sonrisas, esas manos pequeñas y regordetas siempre listas a agarrar tu dedo… y ahora sí: lloras inconsolable. Te sientas en las escaleras de un edificio cualquiera con los brazos apoyados en las rodillas y te restriegas los ojos como queriendo alejar el llanto. Al cabo de un rato abres el bolso y buscas el celular. Tienes un minuto, tiempo apenas para una llamada. Marcas el número de Gabriel pero te contesta el buzón. No sabes si dejar o no mensaje. Cuelgas. Ya tendrá tiempo él de ver la llamada perdida.
Aún no puedes regresar a casa; primero debes hablar con él. Nunca has ido a visitarlo a su trabajo pero no encuentras otra solución. Al verte te pregunta si estás bien; se asustó cuando le anunciaron que eras tú. Te disculpas. Le dices que no tenías otra opción. Necesitamos hablar. Esas dos últimas palabras lo atemorizan aún más, cuando una mujer dice ‘necesitamos hablar’ es porque algo grave pasa. No le das largas al asunto y se lo sueltas:
–Estoy embarazada.
Gabriel no reacciona ni bien ni mal. Está estupefacto. Piensa decir “pero si usamos condón”, pero se lo traga. Sería lo peor que puede contestarte.
 –Y bien, creo entonces que seremos padres.
No puedes creer lo que estás oyendo. Así no más.
–Te he querido siempre, Silvia. Si nos pasó fue por algo. Uno nunca está listo para ser padre hasta que le toca. Al menos así lo veo yo. Y qué bueno que a uno le toque con la mujer que ama. ¿No crees?
Lo abrazas, lloras, no lo puedes creer. No estás sola después de todo. Ahora tendrás que cuidarte en lugar de estar buscando la muerte en lugares peligrosos. No hablan más. Gabriel debe regresar al trabajo. Te promete que irá a tu casa en la noche, juntos hablarán con doña Hilda, y con seguridad disiparán sus temores. Aunque es la vida de él y la tuya al fin y al cabo. Ya se las arreglarán.
Termina su turno como auxiliar administrativo en la Cuarta Brigada y, cuando se propone a tomar el bus, una ráfaga de municiones lo alcanza desde un vehículo que pasa a alta velocidad disparando, justo al frente de la salida, y lo hiere de gravedad. El chorro de sangre que emana de su pierna sugiere daños en la femoral. Con angustia, alcanza a hacerse un torniquete para no desangrarse mientras escucha las alarmas y ve correr a los uniformados con camillas en auxilio de los heridos. Cuando lo suben se da cuenta de que también sangra a un lado del estómago. La esperanza es cada vez menor. Piensa en Silvia, en lo injusta que le resulta la vida por todo aquello que va a perderse, por ese hijo que no podrá conocer y por el mordisco de felicidad que le fue arrebatada el día que más presencia de su parte requería. Alcanza a llorar minutos antes de caer inconsciente, y quienes lo acompañan en la ambulancia y tienen todavía el susto de estar vivos no notan su aflicción. Lo último en que piensa es en Silvia, la siente en cada poro de su piel, le duele morir sin amarla más, sin acariciar su piel de durazno, sin besar sus ojos cuando lo está mirando, sin celebrar su risa cuando alguna torpeza la sorprende con la guardia baja. Llora la ausencia que está por suceder y tiene rabia con el silencio al que tiene que confiarle sus sentimientos más íntimos, con la certeza de que no podrá transmitirlos. Silvia pensará que no luché… y lo último que ve es un techo blanco de ambulancia, una estrechez como camino hacia la muerte, unas estanterías con tarros de desinfectante, dos conos plásticos de boca azul y montones de gasa para cubrir heridas. Siente el golpe de la puerta al cerrarse y, aunque procura enfocar el rostro del enfermero que lo escolta, no ve más que sombras. Intenta decir un par de palabras pero el esfuerzo que se requiere para pronunciarlas es cosa de un mundo que ya no le pertenece. Se va quedando dormido recordando a Silvia. Repasa los momentos de mayor impacto. La gran herida es dejarla sola, justo ahora… aquellos ojos grandes, sus pupilas coquetas, ese cabello largo y perfumado, la boca del cariño y su silueta liviana. Ella, en el relicario de su pensamiento, es lo único que importa. Llega al hospital sin el más mínimo apego al tiempo. Está suspendido entre las tres y las cuatro, cuando supo que sería padre.

Silvia aún espera su visita sin sospechar las trágicas noticias. Conserva la ilusión de sus manos entre las de Gabriel, sus palabras dulces. La cálida bienvenida que le dio al hijo de ambos en ese momento fugaz durante la tarde. Su madre la mira con consternación pero no se atreve a iniciar una discusión. Cuando contesta el teléfono se extraña al escuchar la voz de la hermana de Gabriel.
–¿Silvia? –pregunta su nombre con una voz apenas reconocible.
–Sí, ¿qué pasa?
–Es Gabriel. Hubo un tiroteo y está herido. Nos acaban de llamar de la Cuarta Brigada para que vayamos al hospital. ¿Me acompañas? Sé que eres su mejor amiga y, bueno, no me atrevo a ir sola, y mi hermana menor está acompañando a nuestros padres. Papá está destrozado. ¿Aló?
Te quiebras, tu estómago manda una señal escalofriante a todo tu cuerpo. Gabriel, ¿herido de gravedad? ¿Cómo es posible? Lloras. No hablas. Lloras y tu llanto luce como un grito, como un canto fúnebre del que hablan los árboles cuando sus tallos se arquean porque el viento amenaza con romper su madera.
–¿Silvia, sigues ahí?
–Claro, ven por mí.
Tu madre te ve pálida después de que le cuentas las trágicas noticias. Y gracias a la ternura que también la habita te abraza. Su cabello de alambre cae un momento sobre tu rostro y ella lo aparta con suavidad. Lo balearon, mamá, ¿y si se muere?, ya mi hijo no tendrá padre… Ella te mira con firmeza y te dice que todo estará bien, que cada niño, sin excepción, tiene padre. Además, esta es tu casa para criar al mocoso que viene en camino. No comprendes por qué te habla así, por qué es comprensiva cuando siempre la has sentido dura como las facciones de su rostro: su frente arrugada, sus labios delgados y apretados, escasos de sonrisas. Su uno sesenta de estatura y su cuerpo corpulento contrastan con esa voz ronca y decidida que no conoce la derrota. Por algún motivo no parece comprender que tu mundo, como lo conocías, ha muerto. Tú has muerto también y aún no has ido siquiera a ver en qué estado está Gabriel.
“Y bien, creo entonces que seremos padres. Te he querido siempre, Silvia. Si nos pasó fue por algo. Uno nunca está listo para ser padre hasta que le toca. Al menos así lo veo yo. Y qué bueno que a uno le toque con la mujer que ama, ¿no crees?”. Tienes sus últimas palabras y las repites una y otra vez; te preguntas por qué si te amaba tanto pudo ocurrirle algo tan horrible ahora, cuando más lo necesitas. ¿No pudo haberte hecho menos daño? Estaba listo para ser padre. Sonaba tan seguro de estarlo. ¿Estás tú lista para ser madre? ¡Nadie te lo preguntó, carajo! Y además te cuidaste. Tus planes eran otros.

Ana Isabel te recogió a las nueve y media de la noche. Durante el tiempo entre la llamada y su visita tu madre no dejó de mirarte. Ella sola pudo educarlos a ti y a Miguel, y su mirada reúne compasión y experiencia. Será abuela. Mucho más pronto de lo que pensó, pero, ¿qué importa el tiempo frente a una nueva vida? Le preocupas tú, tu aflicción, el no poder darte las respuestas que buscas. Le preocupa tu tristeza, porque una madre triste le transmite sus emociones al niño que espera. Y no es de extrañar que la nueva criatura nazca en medio de la incomprensión: ha visto casos donde los niños no hacen más que llorar las amarguras que no tienen forma de comprender. Entonces tardan en acostumbrarse a la vida, y sus llantos nocturnos no coinciden con la medicina moderna, que todo lo atribuye a reflujos o intolerancias a la lactosa. Timbran. Abres la puerta. Te despides de tu mamá con un beso rápido. Ni sabes por qué. Te subes al taxi y se dirigen al hospital. Cuando llegan dan el nombre de Gabriel en urgencias y les dicen que está en cirugía, que esperen un rato a que el médico salga y les hable. Tu “cuñada” te pregunta si habías hablado con él hace poco, y le respondes que sí, en la tarde no más. Enmudeces. Vas a la máquina de café y ordenas un capuchino. A estas alturas no tienes ni idea de lo que le hace bien o mal al bebé. Te lo tomas a sorbitos y regresas a esperar… Cuando al fin el médico aparece pregunta por los familiares directos. Ambas hablan. Les susurra entonces unas cuantas palabras que resultan incomprensibles por lo compleja que es la situación:
 –Una bala entró muy mal angulada en la pierna derecha. Casi se desangra. Por ahora está estable, estamos procurando salvarle la pierna.
¡Está vivo!, te alejas del lugar donde su hermana continúa hablando con el médico. No comprendes o no quieres comprender. Tu mejor amigo, el padre del hijo que esperas, puede perder su pierna. Buscas la capilla de oración. Tercer piso a mano derecha. Te encomiendas al Sagrado Corazón con luces eléctricas encendidas. No hay un sacerdote con quién hablar, por la hora, quizás está en ronda, o ungiendo santos óleos a enfermos que no pasarán la noche. Tu conversación con Dios no necesita intermediarios. Te arrodillas y pones tus codos sobre el mobiliario de madera, propio de las iglesias, que allí parece parte de un set de grabación para una de esas telenovelas que ve tu madre. Cierras fuertemente los ojos para concentrarte en lo que tienes que decir. Pides con absoluto fervor por la vida de Gabriel. Le prometes al Sagrado Corazón que irán todos los domingos a misa si se salva. No te lo lleves. Pides y lloras. El rímel del día impregna tu rostro y mancha tus manos. Buscas un pañuelo facial en tu bolso y te limpias el pequeño estrago. Luego te sientas a conversar con la estatua de la Virgen María Auxiliadora que tienen en un rincón del pequeño salón. Pasas largo rato ahí. No sabes cuánto. A ella le dices que con su experiencia de madre te cuide y te guarde, le pides que te muestre el camino y aleje los temores que te aquejan. Cuando sientes que el silencio te ha hecho bien, bajas a buscar a Ana Isabel y no la encuentras por ningún lado. Preguntas por el doctor que las atendió, de apellido Villegas, y te señalan que entres a observación. Cuando llegas, el rostro de Ana revela infortunio.
–¿Qué?, ¿qué pasa?
–No lo logró, Silvia, se nos fue.
No es posible, te repites una y otra vez, mientras deslizas tus manos en tu pelo con el fin de sostener tu cabeza. Casi puedes sentir el flujo de sangre en tu sien. Niegas con todo tu cuerpo lo que acabas de escuchar. Entonces te doblas, te agarras el estómago y esperas que el bebé no haya escuchado lo que Ana Isabel te dijo. Es muy pronto en la vida para comenzar con pérdidas. Te sientas en una de esas sillas múltiples que tienen el espaldar contra la pared y piensas si lo quieres ver. Ana está llamando a sus padres y tú pronto tendrás que llamar a la tuya. La esperanza ha muerto. El médico alcanza a percibir tu aflicción y se acerca. Te dice que lo lamenta. Pone su mano en tu hombro y se aleja. Y antes de que se vaya del todo le dices:
–Doctor, ¿alcanzó a decir algo? Me refiero a Gabriel.
–No, llegó inconsciente. De allí a la anestesia y cirugía.

Son casi las cuatro de la madrugada y la noche alcanza su punto más frío. Ves pasar al Padre, sin sotana, con su cuello blanco, y te levantas. Caminas hacia él disgustada y lo único que le dices es: ¡Su Dios no es justo!... No le das tiempo de contestar. En ese momento se abre el ascensor y ves salir a un anciano, en los huesos, con una bolsa de orina adherida a su cuerpo. A leguas se nota que ese anciano anhela la muerte y con la cercanía esta le es indiferente. Buscas el teléfono tragamonedas y marcas el número de tu casa. Repica varias veces antes de contestar.
–¿Aló? –crees que Miguel levantó el teléfono pero no habló. Tendrás que insistir más tarde.
–¡Aló! Mija, por poco me pierdo su llamada. ¿Cuénteme cómo van las cosas?
– Mal, mamá. Las heridas eran muy graves. Se me fue… –y no puedes hablar más.
–Ya voy para allá. En diez minutos llego.
El Padre no queda muy tranquilo con tu afirmación así que espera que cuelgues el teléfono para dirigirse a ti:
–¿Está todo bien, hija?
–Nada está bien, Padre. Nada.
–¿Quieres contarme algo? ¿Puedo serte útil?
Y aunque quieres descargar toda tu ira, tu incomprensión, no lo haces. ¿Podría él explicarte acaso por qué tienen que renunciar a la vida aquellos jóvenes que jamás contemplaron la muerte?
–No, Padre. Hablar no curará mi corazón.
“Si Dios quiso que se fuera, algún motivo tendría para ello”. Aunque no dejas de pensar que si no hubieses ido a visitarlo no habría salido tarde, y la caravana de la muerte no lo habría encontrado esperando el bus para acudir a ti. Te acosa el peor de los remordimientos: el de ‘si yo hubiera’… pero, y si no hubieras, no tendrías la certeza de su seguridad en ser padre, no contarías con el recuerdo de su firme amor. Vas y abrazas a Ana y juntas coordinan qué compañía funeraria se encargará de los pormenores del sepelio.
–¿Por qué, Silvia? –te pregunta su hermana con aflicción.
–Para qué preguntarse el por qué –le respondes–. Esa pregunta nunca tiene respuesta.
La abrazas con ternura como si pudieras protegerla de su dolor, cuando ella ni siquiera puede sospechar el tuyo. Le acaricias el cabello y le cuentas que nunca te gustó la muerte, es más, le confiesas que nunca pensaste en ella con seriedad, hasta hoy, que se ha llevado a tu mejor amigo. También al hombre que te amó lo suficiente para sembrar un hijo en ti. Eso sí te lo guardas. En algún punto Ana te pregunta si quieres verlo por última vez y le dices que no, convencida. Tu última vez fue en la tarde, tu recuerdo es su sonrisa, su voz diciéndote que el momento para ser padres era con la persona que amabas. Intentas reprocharte por no haberte dado cuenta, antes, de que él te amaba, pero algo te dice que recriminarte es injusto y prefieres entonces esperar a tu madre. Tan pronto la ves, le cuentas los detalles de tu pérdida y ella te escucha como si fuera tu mejor amiga. Le preocupan las horas que llevas despierta y no quiere que regreses sola a la casa. Te reitera que debes intentar dormir; el día siguiente será largo y no te conviene pasar sin dormir, al menos un poco, considerando tu estado. La escuchas. Por primera vez en años, la escuchas. Ana sigue al teléfono, mientras el dolor pareciera desgarrar cada baldosín: sigues con la mirada esa grieta nueva, la ves fracturando cada estancia y, como si fueras una niña, te abstraes con tu imaginación: lo mantienes vivo a las tres, cuando lo viste en la brigada. Por un momento piensas que lo que llevas dentro es una desgracia, pero pronto te arrepientes y te sorprendes acariciándote esa barriga incipiente, que se parece más a un secreto que al baúl que los guarda. Los padres de Gabriel llegan quince minutos después que tu madre. Ella te pregunta por ellos y tú le señalas la esquina, desde donde comienzan a arreglar el funeral. El dolor que los une hace que se abracen en silencio, aún sin conocerse, en esa solidaridad que es única frente a la muerte. Al cabo de un rato tu madre te sube a un taxi y te lleva a casa a descansar; te prepara una agüita de manzana y te recuerda que, en tu estado, cualquier medicamento que vayas a tomar debes consultarlo primero.
Ya en tu cuarto, miras el cuadro de la Virgen de Guadalupe y le reclamas:
–¿Cómo pudiste hacerme esto?
Le das la espalda y te quedas mirando la puerta. Buscas tu celular y encuentras una llamada perdida y un mensaje. No, no puede ser. Sí, es su voz. “Silvia, llegaré un poco tarde, me pusieron trabajo de más en la oficina. Espero compensártelo, sé que estás ansiosa. Te amo.”
Ahora el llanto es convulso. Gritas, te doblas, te muerdes. Tienes ira y no sabes contra quién descargarla. No fue tu culpa después de todo. Al menos fuiste a verlo en la tarde. Guardas el mensaje y lo escuchas varias veces. Tu madre pasa y te encuentra en el suelo con el teléfono aún en la mano. Lo retira y se sienta junto a ti.
–Tranquila, Silvia, tranquila.
–¿Por qué la gente buena, mamá? ¿Por qué la gente buena?
Ella no te responde, te mece como cuando eras niña y te escucha mientras dices: yo me cuidé, mamá, tengo miedo. ¿Cómo le voy a decir a la familia de Gabriel? ¿Cuándo es el momento oportuno para ello? Tienen derecho, ¿no? Son sus abuelos.
–No apresures decisiones. Estás de duelo. No sabes cuánto lo siento. Una viuda más de la violencia en esta ciudad.
–Pero, mamá, él era oficinista.
Y a medida que hablas te vas calmando. Tu madre te da la mano para levantarte y te extiende las cobijas para que entres a la cama. Ya amaneció. No será fácil conciliar el sueño pero debes intentarlo. La sal está en tu boca. Tu madre no abandona la habitación hasta que estás dormida. Sueñas, y allí también tienes miedo, es la supervivencia la que te acosa. Ves a don Horacio, y lo escuchas despidiéndote, como suele hacerlo con las empleadas de poco carácter que le notifican un embarazo. Lo ves con el megáfono que se usa para anunciar las promociones gritando que estás despedida. Te despiertas sobresaltada y tu madre está allí con un chocolate caliente. Una vez te incorporas y ves las once en el reloj le preguntas con preocupación y amargura:
–¿Y mis sueños, mamá? Con él había futuro, sin él siento que no tengo ni presente. Estudiar. Usted sabe, mamá, cuánto quería inscribirme el próximo semestre. Ya todo eso no va. ¿Qué me queda?
–Tranquila, Silvia. Algo haremos. No es momento de pensar. Permítase hacer el duelo. Usted no está sola, mija; yo sé lo que es eso. Mientras pueda, la ayudo. Entiéndame cuando he sido dura, he querido formarla porque a mí tampoco nada me salió fácil. Y vea lo de Miguel… Para cuando él llega no saben qué noticia darle primero, y si la recordará, teniendo en cuenta la traba en que está. Optan por decirle que Gabriel murió en la madrugada y que irán al entierro más tarde. El man le caía bien, así que te da el pésame y no dice más.

Te pones el único vestido negro que tienes, te recoges el cabello en una cola y te maquillas solo con un poco de rubor. Intentas desayunar pero trasbocas entero el chocolate y todo lo que comiste. Tu madre te prepara un aguadepanela con limón, y el cuerpo la recibe con agrado. Salen entonces para el cementerio.

El cofre es café y tiene la ventana abierta. Unos lirios blancos hacen las veces de cinturón y dos ramos de anturios descansan sobre las columnas que hay a ambos lados del cuerpo inerte de Gabriel. Sus padres están sentados a mano izquierda y sus hermanas reciben a los familiares y amigos que han venido a despedirse de él en la velación previa. Ana Isabel no ha dormido ni una hora, se nota por sus ojeras, por la forma como aún le tiemblan las manos y la manera mecánica como habla cada vez que le hacen una pregunta. No ha tenido ni tiempo de cambiarse. Por suerte llevaba un pantalón negro y una blusa blanca cuando el incidente. Su cabello crespo y rubio parece no estar al tanto de los acontecimientos. Luce igual de fantástica que un día de verano. Sus ojos almendrados ya dejaron de llorar. Observan el vacío con una fijación práctica. Entre menos ojos la inquieran, menos respuestas tendrá que dar. Los amigos menos cercanos pasan a mirar el rostro de Gabriel, vestido con el mejor traje azul que tenía, con una corbata celeste y una camisa impecable. Tú no te asomas. En un par de horas será la misa. En las noticias, en la sección Ciudad, publicaron una breve nota con los nombres de los oficiales fallecidos, así que es probable que también asistan de la Brigada. Alguien lleva la nota al sepelio y es por eso que te enteras de que alguien más falleció en el hecho. Guardas el fragmento del periódico para leerlo luego con más calma y te sientas unas filas atrás para no llamar la atención. Sin embargo, el jefe de Gabriel no deja de mirarte desde que llegan. En algún punto se acerca y te dice: lo lamento mucho señora, cuente con este amable servidor. “¿Acaso es un chiste?”, piensas con ironía, y te dedicas a observar bien la que habría sido tu familia. Aún no has dicho nada del embarazo y no sabes cuándo será el momento propicio para hacerlo.


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