miércoles, 27 de junio de 2018

Vértigo libertad

La angustia es el vértigo de la libertad
Sören Aabye Kierkegaard

¿Dónde deposito mi angustia, dónde mis miedos, dónde mi ausencia de libertad? Yacen los sueños. Horadan las horas cartas que guardo en un baúl viejo y desvencijado. Mi voz se pierde entre tus ojos y la noche. El vértigo es como el frío. El pálpito corroe mi piel. El futuro es como un mazo enorme que golpea el hoy hasta sangrar. Dónde deposito mi angustia, dónde mis miedos, dónde mi ausencia de libertad. El ocaso triste dibujó una pena. La noche un collar de ausencias. Y de todo ese horror, resurges tú, caminando lento, y me rescatas. Me llevas entre tus brazos y puedo acunar mi cabeza en tu cuello. Señor Primavera, te llamé. Y doblaste mi angustia e hiciste una grulla de origami. Y miraste en mis ojos el cansado futuro de otros y me dijiste: ¡suéltalo! Y me lancé del barco que comandaban mis miedos. Y sin salvavidas, sentí la libertad.

Y un beso que no esperaba, me devolvió la fe. Tu boca mediana quiso hacer migas con la mía. Hablaron por largos minutos en todas las lenguas. Deshicieron los botones y arrimaron los cuerpos. Tu calor y mi frío se entregaron dulcemente. Me regalaste el gozo. Sentí éxtasis, volvió la alegría.

No te vistas no. No te lleves tu cuerpo lejos del mío. Abrázame. Prometo pintarte el horizonte y quitarle el gris a la hora en que el sol se va. No te vistas no. Déjame recorrerte con los dedos, déjame inventarte bajo mis yemas. Efímera y tuya quiero ser.

Ya, mírame, soy solo una mujer que tenía el sueño de ser madre, un ser imperfecto que ha cometido errores, una mujer... y la sumatoria de los fragmentos que ha leído antes de ti. Ahora leamos juntos, aquel libro de Nothomb. Pero espérame un tantito que conseguí Plenilunio y John Williams está en la mesita. Adelanta tú, con lo que venías y dime qué clase de hombre sos, qué oculta tu mirada, qué historia detrás de esa cicatriz.

Vives. Eso me basta.

Toma mi cuerpo, háblame otra vez de nuestra comunión, de tu eterna homilía. Siente como envejezco entre tus manos. Como a veces soy niña, y a veces mujer. Regálame otra vez el milagro de la caricia.
Besa mi frente, besa mi vientre, besa mi boca, salvándote, me salvé. Y dónde la angustia, ya no siento vértigo, contigo:libertad. 

sábado, 23 de junio de 2018

Nido de paloma

Necesito sobrevivir de ti. Amañar mis tardes post solsticio en una pileta grande de baldosín azul. Sumergirme porque bajo el agua no llega tu voz. Cerrar los ojos y rezar porque no llegue tu imagen, tu rostro blanco, tu barba azul... ¿qué digo? ¿Tengo acaso que confesar el color de tu barba? Podría ser blanca, negra, café o carmesí. Todas me gustarían en ti. Y justo hoy, decides afeitarte como si te limpiaras la cara de una colonización imposible como si no fueran imposibles todas las colonizaciones. Ir a la pileta y mojar los pies, ver cómo cambia el barniz, cómo palidece los dedos, cómo al salir me tengo que enfrentar con una abeja y no hacerle daño, porque están escasas las abejas y han sido declaradas el ser vivo más importante. Tal vez las miro con el recelo de Maeterlinck. Su laboriosidad, su organización, el  producir algo imperecedero. No soy de miel, ni poco dulce. Empalago. Poseo una melancolía hostigante. Y no estás tú. O sí lo estás. Mi lectura se ve interrumpida por imágenes tuyas, por tu rostro, por tus manos, por sus pecas, por tu canto. Y estás tú, distante, no sé si dulce, algo arrogante. Y me dices insoportablemente bella cuando no hay tal, sopórtame traviesa. Escuchemos juntos los guacamayos en su retorno al sur, discutamos con las guacharacas, confesemos que tampoco hemos visto un nido de paloma, solo aquellas casas blancas sin ventanas ni timbre, en el parque... O ven a la pileta, deja que el sol acaricie tu espalda mientras mis manos se asen a ella. 

jueves, 21 de junio de 2018

Un rincón tranquilo



Tardé en despertar porque te vi en mi sueño. Corrías por la Avenida Jiménez con el 026 en tu camiseta. Un maratón sin duda. Tú en tus mejores ánimos, con todas las fuerzas, azotando el domingo con pasos firmes y decididos. No sé correr. De inmediato me da asma. No podía ocultarme entre otros corredores ni fingir que te seguía el paso, simplemente te veía pasar... El asfalto a las diez bullía en pensamientos de si puedo. Camila, mi amiga, ahí también iba, con una camiseta fucsia con el número 132 adherido a su espalda. Para esto fue que entrenó. Cuando creyó que la ciudad iba a devorársela, la tomó con deporte por su lado no más dócil, pero si más tierno. Subía a Monserrat y divisaba la ciudad como otrora lo había hecho en Medellín con El Cerro Nutibara. Subir, nos da perspectiva. Bajar, nos aliviana. 

Y tú... corrías. Jamás te había visto correr y puedo hasta decir que te inclinabas un poco hacia la derecha. Cami no, tampoco la he visto correr, pero la imagino. Su cuerpo expira salud, sus ojos verdes, gozo. Hace poco la vi, tan bella, tan dueña de sí, tan clara, tan por encima de cualquier obstáculo. Y yo en pañales. Así fue cómo me sentí. El tiempo es una dimensión diferente cuando se es escritor. Los logros no llegan con las décadas que los demás tienen programadas. No se busca poseer y es un lujo viajar. Hay que sostenerse sentado con la piernas cruzadas si acaso, en lo más parecido a un rincón tranquilo. Horario para escribir, horario para leer. Tiempo para vivir. Un disgusto tener que comer, porque hasta ir al baño puede posponerse. 

Soñar... tengo músculo para soñar. Pero a veces mis sueños me dejan muy sola. Cuando despierto y logro agarrar una imagen entre mis pestañas, me siento, levemente, deshabitada. 

Dormir y soñar no son sinónimos. A veces no duermo, a veces duermo y no sueño o quizás no recuerdo lo que sueño. Muchas veces no los entiendo, como si soñara en francés o mandarín. He tenido sueños en el sofá, en un avión y hasta en una hamaca. No llevo diario de ellos. No podría. A veces son tan bellos que se revelan durante el día. Hago siesta. Aunque no siempre duermo cuando lo intento. Pero, es mi sueño más valioso porque no es químico. A veces veo a Papá, cuando estoy con suerte, hablo con él.

Sí, tengo una oración y varias meditaciones. Soy muy pedigüeña a los ojos de los dioses. Mi rosario o mi mala son mis dedos y siempre leo antes de apagar la luz. Últimamente he querido correr de mí. Siempre cansa un poco ser uno mismo. Vaya peso. Vaga contradicción. Hoy tomé el teléfono y quise hablar con todos mis amigos. Amigos que tenía descuidados por andar inventando personajes e historias. Algunos me contestaron, otros no. Es raro escucharme. Desde mi rincón tranquilo agito mareas. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Carné de Aprendiz

Les comparto esta entrevista realizada por el escritor y periodista Ángel Galeano Higua, a propósito de la década que cumple el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo al cual pertenezco.

Carné de Aprendiz


martes, 19 de junio de 2018

La selección y Pavese

El silencio de las calles era de pérdida. Las camisetas amarillas se confundían en los semáforos con rostros de desolación. Un gol de cabeza, un tanto de diferencia. Los pitos se quedaron guardados y los voladores apagados. No hubo celebración. Así es el fútbol, qué le vamos a hacer, sí, Polonia y Senegal son más difíciles, pero se ha visto que la Selección se crece entre más duro es el rival y comprendimos de nuevo que, no hay rival pequeño. La camiseta en ti: alumbraba. Discutimos el buen desempeño de Quinterito y Mujica, el poco protagonismo de Falcao y el tiempo no suficiente para James. Ah, y el gol, nuestro gol. "Una pintura" nos dirían más tarde. Y era tanto el dolor que fuimos a pasar el despecho a una librería, sí, a Grammatta. Wilson no saludó entusiasta y me bajó casi toda la sección de poesía. Le conté de Goetz, de mi renuncia a continuar con Loco, de mi dificultad para seguir la costura de su prosa alemana. Encontramos a Pavese, a El oficio de vivir y leímos al azar algunos apartados del diario, en voz alta. Me traje Eso de Inger Christensen y Stoner la novela de John Williams --con quien espero redimirme--. Subimos a Palinuro, un gustazo entrar a conversar con Luis Alberto, tan pronto vio la camiseta, quiso desahogarse, "Uno vestido desde las 7 de la mañana así..." Hablemos mejor de literatura. Llevo años persiguiendo Plenilunio. Imposible. Pero tengo algo que puede interesarte. El dueño del secreto, 1994. Si es de Muñoz Molina, me gusta. Anestesia. Por un rato olvidamos la pérdida. Y es que también nos recuerda la impermanencia. 

Ahora quizás, no me den cobijo tus ojos, ni tenga cerca tus manos pero juego a reinventar tu boca, tu diálogo. El fervor quizás abandonó nuestras venas y en lugar de amarillo, contemplamos el rojo en un tubo de ensayo casi, queriendo hacer erupción con nuestras expectativas. Sin embargo, la mañana tuvo un toque celeste y carmesí, el olor de los libros nuevos y el candor de sus hojas gritando caracteres en un orden cósmico. Sí...

La tarde tuvo otra dinámica. Mi sobrina pidiéndome que le leyera Un lobito muy educado de Jean Leroy y Matthieu Maudet. Mi voz... en tono cuento con cambios en el acento y el volumen. Las páginas deslizándose confiadas entre mis dedos. La dulzura de leer en cuento del que conocemos su final. El bom bom bun en su boca pequeña pintando de rojo sus labios de niña. Elena. ¿Sabías que la tía también se llamaba Elena? No, ¿crees que no es cierto? Claudia Patricia Elena, lo que habría sido un nombre para cada hija fue una descarga sobre la primera. ¿Y el Elena? Lo mutilé. El pobre no cabía en ninguna parte. Cuando cumplí 18, lo arreglé. Se fue. Y con Elena se fue la belleza, la incertidumbre, el equilibrio  y el arrojo. O no, el arrojo no.

Pavese y los sueños. Parece que le inquietaban bastante. Soñar para mí, es como el deporte. A veces gano,  pocas veces empato y siempre absolutamente al confiar me pierdo.  


viernes, 15 de junio de 2018

901

Parece el número de apartamento o la habitación asignada en un hotel. 901 son las entradas publicadas hasta  hoy, incluyendo ésta, en el blog. Un blog mutante, un blog que entiende de metamorfosis. Los títulos, han cambiado con el tiempo. Primero fue Poesía culinaria, luego Recetario entre dos novelas y finalmente La bitácora del cuerpo. La semana pasada elegí llamarlo Samsara, bella palabra budista para describir el mundo condicionado, el mundo del sufrimiento y elegí llamarlo así, por un amigo, David Sánchez, que me vio en una fotografía con un dije que le gustó, me preguntó qué era, y le dije Samsara.  

Renuncié al blog hace un año. Creo que me tomé un sabático. Lo cierto es que lo extraño. Su formato me permite hacer una literatura distinta. Una literatura del acontecimiento, una pretensión deleuziana sin duda que no sé si logre concretar. Pero, ¿qué es una pretensión? Toda la literatura lo es. Estoy leyendo Loco de Goetz y Reflections of the mind de Tarthang Tulku y La interpretación de los sueños de Freud y un poco de poesía de Carlos Vásquez Tamayo, autor que me recomendó Alejandra Sánchez y que tuve la oportunidad de encontrar en la última Filbo. Y entre referencias agradezco la publicación reciente de mi novela Cinco mujeres, en formato digital con eLibros Editorial. 




Mientras ansío la llegada de El bróder, mi próxima novela con Planeta Lector e intento dilucidar la estructura de mi siguiente trabajo. 

En la última entrada Yo también fui futuro dije que no estudié filosofía y eso no es del todo cierto. A mis treinta y seis años me aventuré a estudiar Literatura y con ella vino mucha filosofía: Deleuze y Guattari, Bachelard, Spinoza, Heidegger. El primer cuento que leímos con mi querido Juan Guillermo López fue Emma Zunz de Borges y el último... no lo recuerdo. Sé que durante dos años fui inmensamente feliz los viernes y los sábados. No sé cómo hice para madrugar. Me cuesta físicamente mucho trabajo madrugar. Recuerdo que llegaba los sábados a la una, a dormir hasta las cuatro. Aprendí lo que siempre había querido estudiar y comprendí que nunca terminaría de hacerlo. Amo las librerías y las bibliotecas. Los clásicos y los contemporáneos, sin ese amor por la lectura, no estaría aquí. También fui docente y lo disfruté. Me carteo con algunos alumnos que con el tiempo se han convertido en amigos así como me convertí en amiga de algunos de mis docentes a quienes también leí. De Memo Ánjel, disfruté La mujer de Ameghino, una novela ambientada en Buenos Aires con un tono burlón delicioso. De Beatriz Elena Acosta, brujeé Las experiencias estéticas del transeúnte, cartografías literarias; (retomé la poesía de Pessoa por un girasol que me regalaron) y leí Nicrónicas de Juan Carlos Rodas. Es una lástima que no exista una mirada a la Grecia Antigua a cargo de Óscar Hincapié o un libro urbano en manos de Paolo Villalba Storti. Durante meses trabajé en una Medellín imaginada que finalmente no se concretó pero me dejó el sabor de la ciudad. Aprendí en esencia, acerca de la investigación. A archivar al estilo de Foucault, lamento decir que no. 

Soy traviesa. Quien ha leído algo de mí, lo sabe o lo intuye. Soy terca muy terca. Me cuesta aceptar un no por respuesta. Amo las plantas aunque ahora no tenga un jardín, solo una barra de Eugenios y mi orquídea, la que me regaló Darío Restrepo hace veinte años. Me gusta el humor aunque no río con mucha frecuencia. Amo la sal, la arena, la brisa y la mar. Tengo incrustada la costa en mis juegos de niña. El arte más que una opción es una necesidad. Padezco con los personajes que leo y creo. Doblo las hojas cuando encuentro algo que quiero releer. Me apresuro a recomendar cuando hallo algo que me conmueve. A veces me cuesta trabajo encontrar el silencio para crear. Entre mis chicos trato de estar presente cuando la verdad es que vivo muy ausente. El aquí y el ahora es un reto al que me obligo mediante la meditación: no sé qué sería de mí sin ella. Tengo pocos amigos y no voy a caer en el cliché de verdaderos. Ellos saben quiénes son y los quiero. Algunos me inspiran continuamente, otros aparecen en una entrada como Zacarías. 

Mi infancia, es un recurso hasta ahora he explorado poco. Rilke estaría furioso. Si mereciera su mirada. Pero es que fue una infancia agridulce gracias al asma y a mi pavor con la clase de inglés. Soy enamorada de la literatura colombiana contemporánea. Mi personaje favorito es Frank Molina, de Mario Mendoza en Lady Masacre (aunque sale también en Diario del fin del mundo) He leído toda su obra y lo admiro y aprecio muchísimo. Me encanta leer a los amigos, a Ángel Galeano, Carlos Framb, Claudia Ivonne Giraldo, Nubia Mesa, Leandro Vásquez, Andrés Ospina, Miguel Ángel Manrique, Ángela Posada, Joseph Avski y a otros que aún no he tenido el gusto de conocer como Pablo Montoya, Tomás González, Marvel Moreno, Yolanda Reyes, Lucía Donadío, Darío Ruiz y Rubiano Vargas por mencionar algunos. Soy fan de la poesía de William Rouge, Piedad Bonnett, Rómulo Bustos y Andrea Halaby.  



Y bien, la 901 y yo nos despedimos con la mención de estos autores. Aún me falta mucho por trabajar y aprender. No en broma digo que el blog, es mi gimnasio. Aquí vengo a ensayar voces, a formular diálogos, casi, a resolver ecuaciones. Es junio, así que estamos de aniversario. 


jueves, 14 de junio de 2018

Yo también fui una vez futuro

Con el uniforme azul de ribete blanco, unos cuantos dedos encima de la rodilla; con las medias largas y los zapatos cocacolos; con el cabello a los hombros y un frenillo que me hacía doler los dientes. Leía el Periquillo Sarmiento y el álgebra comenzaba a coquetearme. Una vez, fui futuro. Mis compañeras me escondían los cuadernos antes de finales para que no tuviera cómo estudiar. La primera vez que use un brasier fue una tortura, fue justo antes de una clase de gimnasia. Las ventanas de los salones eran celosías prudentes sobre las cuales la lluvia resonaba traviesa. Mi suéter azul, nunca suficiente para el frío. Las primeras espinillas peleándose por ser la primera en convertirse en barro. La clase de Jairo, el taller de arte. Los peces en el estanque: ¿bailarinas o carpas? El balón de basket fracturando mis dedos uno a uno. El cabello de Stepha resaltado entre la multitud, sus crespos rubios, su agilidad en la cancha. The Clash, Queen... ¡Freddy Mercury! Escapa Chris de Paul May y Nacida inocente de Hurwood. ¡Quiero ser veterinaria! ¿Cuántos años duró esa ilusión? Quiero ser escritora. No me lo permitirían, podía estudiar lo que quisiera menos filosofía. Yo también fui futuro. Trece años, poemas de tres y cuatro estrofas. Horribles. Siempre cuesta un poquito ordenar el pensamiento. Literatura en las pruebas de aptitud. Administración como segunda opción. Esta Caperucita tomó el camino largo. Mi papá fue el primer lobo. Luego aprendí a verlos en el bosque, tras la cancha de atletismo, detrás de los pinos y asomados bajo el árbol de pomas. Me sentaba en posición de loto en el recreo y comía papitas fritas con coca-cola, vieja amiga la coca-cola, en tetero, sí, así la conocí. A la final, me llevé el punto. No estudié filosofía pero nadie podía atajarme de escribir. Nadie puede. Soy río. Ahora llueve. El caudal está presente. 


Collage

Casandra by George Romney


Tu desnudez es un foco que atrae este mosquito hacia tu luz. Tu lucidez es el imán que atrae mis preguntas. Sin ti estaría sola en el mundo. No importa cuántos kilómetros nos separen, cuántos husos, cuántos mares. Navego por un inconsciente dulzón que siempre se me pega. Soy profecía, verso y aprendiz. Lloro tus noches porque las mías te pertenecen. Lanzo el Tarot sobre un mantel improvisado azul y las cartas dicen: prudencia. Un cuenco tibetano desde hoy adorna la sala y llama a las manos para un concierto de campanas. Las hortensias se lucen en el comedor en un jarrón con céntrico y transparente. Mis pies descalzos rozan el suelo del estudio. Mis manos, colmadas de manillas y provistas de dos anillos, teclean una canción de Abel Korzeniowski. El paraíso está aquí adentro... Reflections of mind de Tarthang Tulku reposa en mi escritorio. El último Mandala que pinté, fue a cuatro manos. Mi hijo se atrevió con el intrépido naranja. Recordé que hace mucho no pinto, sobre un lienzo quiero decir. Hace que mucho que mis manos no se manchan de patina o acrílico. Solo necesito un pretexto. Un cariño a quién regalarle un paisaje. Así como está el árbol de los ojos en el consultorio de Sergio Molina o el perro y el niño, en el de Juan Antonio. Desde mucho antes, desde Adolfo Ruiz, he pintado para la medicina. He sido medicina. Y, un farol, un fragmento de calle, una mujer desnuda, unas cuantas letras... dónde estarán. Vane y su tríptico, Dani y los gatos cuadrados. Elvira y los girasoles. Adoro esos años en que pintábamos juntas. Soy pésima pintora, cabe decir. Transfiero la emoción al lienzo y por ello mis cuadros no dejan de ser, más que un desorden. Prefiero leer. Soy buena lectora. De libros, sinos y labios. Hoy renové mi mazo de Tarot. Ignoro quién será la persona que me obligará abrirlo y aún no me decido qué hacer con el anterior. Soy Casandra, soy Cordelia, estoy habitada y estoy sola.   

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