domingo, 28 de junio de 2015

Mueren y mueres

Cada que alguien muere, vuelves a morir para mí. Amanece un domingo de fin de mes y es el fin también para lo nuestro. Me asomo al balcón desconsolada y tus recuerdos inundan mi sala: el cenicero está lleno, el último cigarrillo prendido, un vaso con ron suda sobre una servilleta blanca y tu rodilla luce el penúltimo morado de un golpe seco. Cantas María Bonita y haces que desee cambiarme el nombre para amarte así, desde un bolero. Cada que alguien muere... mueres también en el rincón del alma que todavía te imagina de pie. Vuelven los lirios y las docenas de flores blancas que llegaron para fallecer contigo. Vuelven los osarios, los cánticos, la novena. Aunque ya no purgo tu ausencia. Te invoco como se invocan seres alados y Santas mártires. Te invoco pidiendo consejo. No es un milagro lo que busco, es una luz, una dirección tal vez, la certeza desde ti de que la vida aprieta pero no ahorca. ¡Mientras no apriete un gatillo en aquel callejón sin nombre! 
Mueren y mueres, al tiempo. En las plañideras vuelves a morir aunque el deceso sea de otro hombre. 

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