lunes, 6 de agosto de 2018

Mi desmesura

Mi piel sudó tus besos. La mañana sonrió. Acaricié tu nariz con mi índice, y dibujé tu rostro para tenerlo calcado en mis manos. No miré el tiempo ni una sola vez. El tiempo eras tú y el espacio tu palabra. Sencilla felicidad de dos seres que se encuentran, se reconocen y se abrazan. Mi camino al parecer, te tenía marcado en una intersección, una esquina, y sí, tu voz dio fe de mí. Existí para tus ojos, para las caricias que tenías por inventar, para los versos, los cuadros, las rimas. Supe entonces que mi alma no anochecería más sola, que mis preguntas habían hallado un contertulio, que mi piel, se aprendería tus maneras como se aprende el alfabeto en la escuela. Y tuya, deambulé por los jardines alados con los pies descalzos y la boca seca. Bésame, hidrátame, invéntame un ángel para la no melancolía. Cárgame en la última línea que leíste. Dime qué tan fría está la tarde y cuán lejos estoy de ti. Recuérdame al pintor, al escultor, al artista. Susúrrame los nombres de tus amados poetas. Háblame de Mann y su montaña, de Chesterton y sus hijos. De aquella colección que tienes de Octavio Paz y de La curación por el espíritu de Zweig. Explícame de nuevo la mesura. ¿Cuando te tengo frente a mí soy desmesurada? ¿Te dice mi piel dónde estuvo, la temperatura que me gusta en el agua y lo susceptible que soy a las caricias en la espalda? Nos sorprendimos en una adolescencia tardía admirando flores, aves y cascadas. Te dije entonces de mi admiración por la ceiba y el guayacán. Y juntos descubrimos un plenilunio cargado de reflexión y oscuridad.

martes, 31 de julio de 2018

Cielo de cardamomo

El escalofrío poco a poco se va. Se va tu recuerdo tras de ti. Aunque antes, tu uno ochenta me abraza y me sobrecoge. No pude imaginar mejor tu boca ni soñar con mayor precisión tus manos. Estoy en el ojo de un huracán que no duerme. Dilato el saludo porque quiero tu voz. He muerto dos miedos y tres angustias. Le he dicho al futuro que no me intimidará. Es cierto, no soy una mujer del todo libre. Lo sabías desde que miraste. Te lo dije desde que te hablé. Hubo fuego. Al diablo las palabras. Abrázame otra vez que en ti no siento mi mundo. Antes... Antes de qué. Préstame tus ojos, tatúa tu mirada en mí. Ven inventemos un cielo de cardamomo y un horizonte de percusión. Vamos, trae tus lápices, aquel atardecer en la Guajira donde decías que parecías empinarte para tocar estrellas. Sí, llévame al cine, toma mi mano, cuéntame más del director, qué otras películas, qué otros sueños, háblame de las actrices y de tu vocación. Regálame tu silencio dorado, tu sonrisa ingenua, tu lectura del amor. Ya, ya estoy lista. Dos estrellas fugaces y nos vamos a la finca donde iba de niña. Comemos faijoas y guayabitas y acariciamos el lomo de perros grandes. Y duermo contigo porque hasta ahora no he dormido nunca, me han hecho falta tus brazos y el calor de tu cuerpo. Sigue andando... déjame mirarte caminar, con ese leve tumbado, sin prisa, haciendo girar los árboles hacia a ti. Contigo nunca es tarde, es siempre todavía. 

Blanco indiscreto

Truena. A la tarde le hace falta un amigo, un abrazo, un te quiero. Es imprescindible. Imaginarlo me da algo de sustento. Las horas en la montaña transcurren distinto a las horas en el valle. Bella ralentización del tiempo, dulce manera de iniciarme en ti. El viento quiere llevarse mi cabello y el silbato de una canción que escucho por tercera vez. Me gusta trillar canciones, aprender los acordes de una guitarra o la poderosa fuerza de un piano. Memorizo versos. Veo sus ojos en ellos. Rimbaud me dice que "libre, echando humo, coloreado de brumas violetas, él agujereaba el cielo como un muro rojizo"¿Agujereaba el cielo? Es lo menos que espero. 

Hace frío, es casi agosto y hace frío. Estoy descalza y he querido sumarme a su rebelión callada con una sonrisa y un te espero. El valle se viste de melancolía con nubes bajas de un blanco indiscreto. ¿Podré yo agujerear el cielo? Quizás yo sea mejor pintando y al blanco de las nubes les agregue un tris de rosado. Rosado indiscreto. 

Serenade se escucha en mis oídos y en mis dedos. Un cojín azul alberga a uno de mis perros. Dos pequeños atrapasueños colindan con un péndulo de cuarzo y el Buda me pide que le prenda un incienso. Obedezco. Inhalo con complicidad el aroma de Oriente y regalo mi búsqueda en letras que se aglutinan sobre el diario de mi tiempo.

Espero, nunca he sabido llegar a tiempo. Siempre llego diez o quince minutos antes como para asegurarme de que se realice el encuentro. Si llego tarde es porque no iré. Y sí, es una convención extraña esta, la mía, la de acudir con tiempo o no acudir. Pero por hoy me pido verte agujerear el cielo. Ningún súper héroe se te parece. Con ningún otro súper héroe sueño. 

Mientras dormías, al amor, le pinté alas. Detrás de su espalda por supuesto. Es libre de volar hacia a mí  o lejos de mí cuando guste. No le temo a tu adiós. Y el incienso se consume... y su olor se dispersa... y el humo es visible... y su varita se niega a caer.

A veces lo único que tenemos que hacer, es regarnos. En los jardines y los días, en las roncas horas de la noche, en las piyamas largas y claras o en las cortas y oscuras, depende. Depende del azul cobalto impuesto en las uñas y del maquillaje que no quiere irse del rostro porque anhela una fotografía para el durante.

Ha salido el sol y me ha sorprendido y no se si has entendido una sola palabra de lo que te he dicho. Debes leer a Rovelli, a Gleick, a De la Torre. Así podremos inventar una dimensión para lo nuestro que no colinde con mi realidad o tus misterios. 

domingo, 22 de julio de 2018

Quiero ser tu Batman

Para que camines tranquila por nuestra ciudad Gótica. Quiero ser tu Batman, tu hombre alado, tu hombre oscuro y callado. Tocado por el mismísimo ángel de la melancolía. Tu Batman: justicia y enfado. Solitario. Amigo de los libros y los versos y los poemas que aún, se escriben a mano. Tu Batman, una luz en el cielo, una presencia en el tejado, con devoción y ternura, sigo tus pasos. Duermo de día, mi amiga la noche me ayuda a resolver altercados, a dar lo justo, a vencer el miedo, a enfrentarme a los villanos. ¡Y que no sea tu amor un villano! Que no esculques mis pasos ni condiciones mis vuelos, que seas mi amiga, mi mujer-árbol. Déjame trepar por ti, balancearme en tus ramas, abrazar tu oscuridad. Perdona la máscara, no hay nada bajo ella más que un hombre común con docenas de cicatrices, torpe al amar, ciego de amor. Dame tu beso, prometo cuidarlo. Duerme tranquila, la luna y yo estaremos despiertos esperando. No temas la noche, no pierdas sosiego, mira hacia arriba, soy tu amigo, tu amor incondicionado. 

domingo, 15 de julio de 2018

¿Si pesan las palabras?

Se va la luz, una alarma resuena a lo lejos.  No quiero parar de escribir, ni ahora, ni nunca. Mientras la lucidez lo permita, mientras tus canas me alumbren, mientras mi noche sea pura... Tampoco quiero parar de soñarte. Dormir y verte anclado a mis costillas, a mi pelvis, a la voz del personaje de turno. No saber en qué fase está la luna, tener que salir y mirar al cielo para descubrirlo. Ahondar en las industrias de papel. En el momento preciso que la imprenta dijo Libro. En las hojas llevándose mis huellas y el desamor inspirando al amor como si no fueran hermanos. Sabe bien está cocacola de seis, este tinto cargado, esta oscuridad naciente. Sabe bien tu boca entre canciones. Tu cuerpo inventándome encrucijadas. Mi cariño vistiendo tu ozono. Sabe bien tu mirada, el afán de tus manos en desabrochar mi sostén. El azul. Tu azul. Las moras y las uvas. Más las moras y en agua, son pocos los jugos que me gustan en leche. Y te veo regresar, en azul, con un morral al hombro. Y tu boca me invita a besar y mis besos ya no saben igual. El tiempo fluye y no lo siento. Siempre estoy a las seis treinta, en el límite, en el crepúsculo. Y ya pronto será hora de encender la luz sobre la mesita de noche. Tiempo también de buscar mi piyama, de tomar un libro y ser otra. 

No puedes amar a mis otras. Son mías. Nunca sé cómo serán, qué dirán, qué soñarán. Tendrías que entrar a mi mesita y tomar el mismo libro y leer en voz alta, y provocar mi risa y un encantamiento. Tendrías que entender a Bernard o a Neville. Ser ola entre mis olas. Cobijarte con Virginia, entender su mirada azul. 

Ya es de noche. Agoniza el crepúsculo. No aterrizan más aviones. El valle se va encendiendo de a poquitos en los barrios que duermen entre montañas. Mi barrio, es una montaña. Todos los días subo y bajo y adoro comprar flores y el paté para mis perros. Y extraño a mis hermanas y mi mente está en Costa Rica y allí las veo reír a carcajadas. 

Y estoy sola. Y mi soledad amaga... No digo tu nombre en voz alta porque me creerán hablando sola y desquiciada. Un diario de luz te guarda. Con pluma azul o lapicero negro te escribo toneladas de palabras. Ja, ¿te imaginas que las palabras pudieran ser pesadas? Subir por ejemplo a la balanza la palabra Dios. Acto seguido, la palabra Adiós. Cuántos kilos el olvido, cuántos el amor. Solo sé que contigo es ligero el amor. 

Volveré. Volveré a las seis antes del ocaso. Sentiré en mis dedos, los impulsos de convertir letras en palabras. Sacudiré mi universo buscando un azul que se te parezca. El cobalto. A la hora de tatuar, el más escaso. Y te tatuaré en mí como un reflejo. Pero tendrás que convivir con mi brújula y sus amuletos. Y estornudo. Y nadie dice salud. Y hago ese gesto con las manos y la nariz que tanto te gusta. Y pienso: ¿cuándo fue la última vez que lloré? ¿Cuánto pesa el llanto? Cinco letras para desahogar un tanto. ¿Qué más pesamos? Tu próxima palabra Amore... 




Por decisión propia

El calor amaina con un poco de brisa. El cielo acaricia la montaña. Al sur de mi mirada sobrevuelan aviones y las nubes son estelas, retazos oníricos, esqueletos de animales. Sonrío al pensarte. Nunca estás lejos para mis pensamientos. Eres más bien como un vecino cálido, de esos que uno adora encontrarse en el ascensor y para los cuales la conversación hace rato quiere omitir el clima para hablar de la temperatura interior. Es usual verte con dos bolsas de mercado de las que sobresale una tapa de gaseosa roja y un racimo de plátanos. Yo llevo mis perros por supuesto, que pasaron de ladrarte a husmearte. Cosmo te observa con una curiosidad resuelta. A veces enreda su collar en tus piernas y me obliga a decir: qué pena. De veras me apena no invitarte a un café. Siempre me bajo primero y tengo esa invitación en la punta de la lengua. Abro el apartamento, desconsolada y me siento frente al computador a describir el cielo y tu mirada. 

Ahora, descalza hago un carrizo que abraza. Sobre mi escritorio: dos cuentas por pagar, el regreso de Vivir en El Poblado, Rovelli y El orden del tiempo, Cantos de Saxo de Philip Potdevin  Y la habitación propia de Virginia. Por estas noches leo Las olas y su polifonía me tiene seducida. Mi calendario ya está en Agosto como si a Julio no le faltara medio mes. Pavese me mira desde otro rincón y un cúmulo de libretas viejas espera que las abra y descubra una frase revelación. Escucho a Bach y miro con recelo el DSM-5 Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Cada que intento entrar, reboto. 

"Ahora siento que mi vida han sido tres etapas: ilusión de intuir el vaho de tu presencia, canción cantada a capella por dos voces y recuerdo de tu aliento al perderte" p.31 de Potdevin. 

Intuyo tu vaho. Sueño con él. Me despierto en tus brazos. Reniego por el litio. Lo tomo. No canto a capella pero bailo. Tus manos en mi cintura son todo el deseo que hay. Una habitación pequeña y no oscura nos invita a danzar. Mi cintura en tus manos. Mi boca en tus labios. ¿De qué reniega mi ligero paso? Soy tuya. Basta mirar mis ojos para saberlo. Soy tuya desde que me levanto. Y me gusta cuando tu boca me cobra un peaje a deshoras, cuanto tu abrazo me estruja, cuando tu voz me canta. Soy tuya por decisión propia. 



viernes, 6 de julio de 2018

Elogio al suspiro

Cada tanto, suspiro. Es una costumbre en mí que no puedo explicar y sucede con frecuencia. No viene hilada a un pensamiento, un nombre o un rostro, simplemente: suspiro. A veces, es suficiente para recordarme que estoy con vida. Suspiro igual cuando leo, cuando escribo y no sé si al despertar. No puedo decir que lo hago más en invierno porque mi ciudad carece de estaciones, lo más parecido son las lluvias y con ellas llega el asma. Mi hijo es quien los cuenta. ¿Y ése por qué fue? --pregunta. Y no sé. No sé. Quizás estés tú tras todos ellos, quizás no. Quizás sea una idea buscando la manera de materializarse. La rae trae varias acepciones para la palabra, la que más me gusta es pausa. ¡Me cuesta tanto hacer pausas, entender de tiempos, comprender distancias! Soy más bien, una ráfaga. Quizás mi suspiro sea un entretanto, un abrebocas, un conjuro casi callado. Y diría que el suspiro es absolutamente individual pero hay que ir al cine para ver que no tanto: después de una conmovida escena el auditorio, suspira. Es como si nos quedáramos sin aire y necesitáramos de esa pausa para reanudarnos. Me gusta escuchar cómo otros suspiran, porque el suspiro se hizo para ser escuchado, a lo sumo un poco para ser visto, pero siempre, siempre, para escucharlo. Es tan sutil...  Una pausa veraz para entender el mundo de estos tiempos. 

Suspiro es también un flan de leches, un merengue, y seguro el título de algún poema o canción. Si tuviera que asignarle una flor diría que es como un diente de león maduro. Aunque un pensamiento... estaría ligado a ti inexorablemente. Tendría tus ojos cafés y tu boca mediana, un mar de lunares y una banda sonora iniciando con Roberto Carlos. ¿Ves cómo voy poblando de ti mi suspiro? ¿Cómo acepto que algo tiene del amor? No sé si seré tu amada amante pero entre tanto suspiro al menos uno es tuyo. No necesitas reclamarlo. Tampoco puedo escriturarlo. Sucede de pronto en especial cuando recuerdo tu tacto sobre mí, tu boca en mi cuerpo, tu sonrisa asintiendo. Vamos suspira tú ya, dame un poco de tu aliento. 

miércoles, 27 de junio de 2018

Vértigo libertad

La angustia es el vértigo de la libertad
Sören Aabye Kierkegaard

¿Dónde deposito mi angustia, dónde mis miedos, dónde mi ausencia de libertad? Yacen los sueños. Horadan las horas cartas que guardo en un baúl viejo y desvencijado. Mi voz se pierde entre tus ojos y la noche. El vértigo es como el frío. El pálpito corroe mi piel. El futuro es como un mazo enorme que golpea el hoy hasta sangrar. Dónde deposito mi angustia, dónde mis miedos, dónde mi ausencia de libertad. El ocaso triste dibujó una pena. La noche un collar de ausencias. Y de todo ese horror, resurges tú, caminando lento, y me rescatas. Me llevas entre tus brazos y puedo acunar mi cabeza en tu cuello. Señor Primavera, te llamé. Y doblaste mi angustia e hiciste una grulla de origami. Y miraste en mis ojos el cansado futuro de otros y me dijiste: ¡suéltalo! Y me lancé del barco que comandaban mis miedos. Y sin salvavidas, sentí la libertad.

Y un beso que no esperaba, me devolvió la fe. Tu boca mediana quiso hacer migas con la mía. Hablaron por largos minutos en todas las lenguas. Deshicieron los botones y arrimaron los cuerpos. Tu calor y mi frío se entregaron dulcemente. Me regalaste el gozo. Sentí éxtasis, volvió la alegría.

No te vistas no. No te lleves tu cuerpo lejos del mío. Abrázame. Prometo pintarte el horizonte y quitarle el gris a la hora en que el sol se va. No te vistas no. Déjame recorrerte con los dedos, déjame inventarte bajo mis yemas. Efímera y tuya quiero ser.

Ya, mírame, soy solo una mujer que tenía el sueño de ser madre, un ser imperfecto que ha cometido errores, una mujer... y la sumatoria de los fragmentos que ha leído antes de ti. Ahora leamos juntos, aquel libro de Nothomb. Pero espérame un tantito que conseguí Plenilunio y John Williams está en la mesita. Adelanta tú, con lo que venías y dime qué clase de hombre sos, qué oculta tu mirada, qué historia detrás de esa cicatriz.

Vives. Eso me basta.

Toma mi cuerpo, háblame otra vez de nuestra comunión, de tu eterna homilía. Siente como envejezco entre tus manos. Como a veces soy niña, y a veces mujer. Regálame otra vez el milagro de la caricia.
Besa mi frente, besa mi vientre, besa mi boca, salvándote, me salvé. Y dónde la angustia, ya no siento vértigo, contigo:libertad. 

sábado, 23 de junio de 2018

Nido de paloma

Necesito sobrevivir de ti. Amañar mis tardes post solsticio en una pileta grande de baldosín azul. Sumergirme porque bajo el agua no llega tu voz. Cerrar los ojos y rezar porque no llegue tu imagen, tu rostro blanco, tu barba azul... ¿qué digo? ¿Tengo acaso que confesar el color de tu barba? Podría ser blanca, negra, café o carmesí. Todas me gustarían en ti. Y justo hoy, decides afeitarte como si te limpiaras la cara de una colonización imposible como si no fueran imposibles todas las colonizaciones. Ir a la pileta y mojar los pies, ver cómo cambia el barniz, cómo palidece los dedos, cómo al salir me tengo que enfrentar con una abeja y no hacerle daño, porque están escasas las abejas y han sido declaradas el ser vivo más importante. Tal vez las miro con el recelo de Maeterlinck. Su laboriosidad, su organización, el  producir algo imperecedero. No soy de miel, ni poco dulce. Empalago. Poseo una melancolía hostigante. Y no estás tú. O sí lo estás. Mi lectura se ve interrumpida por imágenes tuyas, por tu rostro, por tus manos, por sus pecas, por tu canto. Y estás tú, distante, no sé si dulce, algo arrogante. Y me dices insoportablemente bella cuando no hay tal, sopórtame traviesa. Escuchemos juntos los guacamayos en su retorno al sur, discutamos con las guacharacas, confesemos que tampoco hemos visto un nido de paloma, solo aquellas casas blancas sin ventanas ni timbre, en el parque... O ven a la pileta, deja que el sol acaricie tu espalda mientras mis manos se asen a ella. 

jueves, 21 de junio de 2018

Un rincón tranquilo



Tardé en despertar porque te vi en mi sueño. Corrías por la Avenida Jiménez con el 026 en tu camiseta. Un maratón sin duda. Tú en tus mejores ánimos, con todas las fuerzas, azotando el domingo con pasos firmes y decididos. No sé correr. De inmediato me da asma. No podía ocultarme entre otros corredores ni fingir que te seguía el paso, simplemente te veía pasar... El asfalto a las diez bullía en pensamientos de si puedo. Camila, mi amiga, ahí también iba, con una camiseta fucsia con el número 132 adherido a su espalda. Para esto fue que entrenó. Cuando creyó que la ciudad iba a devorársela, la tomó con deporte por su lado no más dócil, pero si más tierno. Subía a Monserrat y divisaba la ciudad como otrora lo había hecho en Medellín con El Cerro Nutibara. Subir, nos da perspectiva. Bajar, nos aliviana. 

Y tú... corrías. Jamás te había visto correr y puedo hasta decir que te inclinabas un poco hacia la derecha. Cami no, tampoco la he visto correr, pero la imagino. Su cuerpo expira salud, sus ojos verdes, gozo. Hace poco la vi, tan bella, tan dueña de sí, tan clara, tan por encima de cualquier obstáculo. Y yo en pañales. Así fue cómo me sentí. El tiempo es una dimensión diferente cuando se es escritor. Los logros no llegan con las décadas que los demás tienen programadas. No se busca poseer y es un lujo viajar. Hay que sostenerse sentado con la piernas cruzadas si acaso, en lo más parecido a un rincón tranquilo. Horario para escribir, horario para leer. Tiempo para vivir. Un disgusto tener que comer, porque hasta ir al baño puede posponerse. 

Soñar... tengo músculo para soñar. Pero a veces mis sueños me dejan muy sola. Cuando despierto y logro agarrar una imagen entre mis pestañas, me siento, levemente, deshabitada. 

Dormir y soñar no son sinónimos. A veces no duermo, a veces duermo y no sueño o quizás no recuerdo lo que sueño. Muchas veces no los entiendo, como si soñara en francés o mandarín. He tenido sueños en el sofá, en un avión y hasta en una hamaca. No llevo diario de ellos. No podría. A veces son tan bellos que se revelan durante el día. Hago siesta. Aunque no siempre duermo cuando lo intento. Pero, es mi sueño más valioso porque no es químico. A veces veo a Papá, cuando estoy con suerte, hablo con él.

Sí, tengo una oración y varias meditaciones. Soy muy pedigüeña a los ojos de los dioses. Mi rosario o mi mala son mis dedos y siempre leo antes de apagar la luz. Últimamente he querido correr de mí. Siempre cansa un poco ser uno mismo. Vaya peso. Vaga contradicción. Hoy tomé el teléfono y quise hablar con todos mis amigos. Amigos que tenía descuidados por andar inventando personajes e historias. Algunos me contestaron, otros no. Es raro escucharme. Desde mi rincón tranquilo agito mareas. 

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Abruma tu luz

Abruma tu luz. La enmarcada lucidez de un hombre entero. Los años exacerbados en pro de un cambio. La silueta del destino dibujando una cru...