Reflexiones e inflexiones




Las amistades de las letras 
un rinconcito con los mejores recuerdos

































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Carta al viajero del eterno presente

Querido Viajero del eterno presente:



En este instante no llueve sin embargo los vidrios conservan los vestigios del último aguacero. Quiero contarte cómo luce Medellín hoy 29 de Noviembre aunque mi óptica sea limitada y quizás no satisfaga tus necesidades de información concreta. Ayer y hoy, Madonna se presentó en concierto. Sí, la artista vino al cono sur en plena época navideña a robarse el show por unas horas. No, no fui. Hace años que no asisto a conciertos, no porque no me guste la música sino porque en algún punto comencé a sacarle más peros que plus: que la fila, que la lluvia, que la espera... sin embargo me alegro con el empleo que genera y lo que representa para nuestra ciudad. Además de música, podría hacerte un recuento deportivo pero dudo que sea de tu interés el fútbol u otra práctica. Tal vez estoy muy equivocada y eso es lo que más disfrutas de este presente. De ser así tendría que hablarte de la natación y de las sanciones y verías que ni el deporte está exento de frustración a veces. De economía, preferiría no hablarte. En parte porque desde que comencé a estudiar administración nunca he dejado de escuchar la palabra Crisis y en parte porque siempre es cierto y falso lo que sucede alrededor de dicha palabra. De política... los puntos suspensivos hablan por mí. Estamos en negociaciones de paz. Y créeme que me cuesta entender que la paz sea objeto de negociación. Es un país bello este. Y no sé cómo terminé hablándote de temas nacionales cuando quería era contarte de Medellín, la ciudad de la eterna primavera, la tacita de plata, el corazoncito de Antioquia donde nací. No sé. Importa es que me han hecho varias veces la pregunta de sí estamos frente a los tiempos finales y cómo el tiempo es una variable relativa, elegí escribirte a ti. También el final es relativo. Por ende, dos relatividades juntas me plantean un problema de difícil solución. Lo cierto es que he contestado diferentes cosas a la misma pregunta según el momento en que me preguntan y la persona que lo hace. ¿Por qué? Bueno, porque también lo que creo es relativo.


Debo ser muy honesta aquí. Existe demasiada información, mucho conocimiento pero contada sabiduría al respecto del tiempo. También, creo que no sabemos para qué sirve el espacio. Comenzando por nuestro propio cuerpo. Hay maestros que sí saben y han procurado esparcir sus enseñanzas pero occidente está monopolizado por una palabra: deseo.


Así entonces vivimos en la pirámide del deseo con el agravante de que una vez se llega a la cima, se vuelve a empezar. Nunca se está satisfecho. Y cuando se está, créeme viajero, se siente tan extraño.

Me gustaría poder tomarme un café contigo. Saber qué equipaje además de mi mente necesito para los viajes que anhelo emprender y preguntarte cómo diferenciar entre lo que quiero, lo que necesito y lo que deseo pero no me hace falta. ¿Mucho peso mis preguntas? Puedo no hacértelas entonces y contarte que mañana es viernes y que procuro recordar a Venus y que a ratos elijo un color verde para estar en esa frecuencia amorosa de una tara dulce.
Hasta mañana entonces... que te vea pasar.

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Los grandes temas

El amor, la vida y la muerte me tienen saturada. Pienso en el juego y es parte la vida. Ya escribí sobre la enfermedad y está entre la vida y la muerte. Me queda el amor y creo que lo he desgastado. He huido a la física cuántica para cambiar un poco y hasta eso, la física, es la explicación de los fenómenos de la vida.  No hay salida. Volveré al amor. A lo que queda de él. A lo que me permita inventar. Me gusta que no lo hayan incluido como parte de la vida. Es aspiracional. No todos lo logramos. De hecho he conocido sujetos que afirman no haberse enamorado nunca y es más; sienten no necesitarlo. Yo me declaro vencida. Necesito dosis de amor en mi vida.
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Sobre los riesgos de la escritura como oficio

El accidente de trabajo más común de un escritor es el olvido de sí mismo. 
Así, tal cual suena. El estar horas metido en un computador, acompasado por el sonido grave de su teclado, lo convierte en un ser ausente del mundo exterior. No está pendiente del último teléfono celular que salió ni del computador que más capacidad tiene. Un Word 97 es perfecto porque ya domina todas sus herramientas, sabe dónde quedan sus funciones y no se pierde como le sucede en los navegadores subsiguientes. 
De un momento a otro pierde el horario de las cosas más simples. No desayuna; almuerza a las cuatro de la tarde, come cualquier cosa y su intestino es quién termina pagando el pato por la falta de una nutrición adecuada. Le encantan las "chucherías" porque mitigan el hambre y lo dejan trabajar. Odia perder el tiempo en lo cotidiano como ir a mercar o pagar los servicios. 
El sedentarismo aconseja a la mayoría a tener un deporte como disciplina. No todos lo logran.
La enfermedad más común es la del tunel carpiano. Sin contar el insomnio, por supuesto, porque las ideas llegan de noche y la mayoría las escribe para poder trabajarlas durante el día.
Para las relaciones es torpe. Complicado. Quiere que se adapten a él y no tener que adaptarse a nada. Prefiere las convivencias simples; aquellas donde hay pocas preguntas y no tiene que estar justificando su ensimismamiento. Sus zonas de silencio.
No tiene un medidor de éxito o fracaso. Sólo un sentido de realización y a veces ninguno de orientación. Su trabajo puede ser metódico pero nunca rutinario. Jamás se sabe que saldrá al finalizar una jornada y si valió la pena invertir dolor y parir micos en una historia que los críticos deshuesaran antes de que salga al mercado.
Necesita altas dosis de confianza. Y un escudo invisible para defenderse de una masa de lectores que siempre se ensaña en los defectos de su obra. No cree en una sola religión y puede llegar incluso a carecer de una. No hay un santo para los escritores entonces no tiene a quién encomendarse. Por eso el refugio siempre es la lectura. Y no hay lugar más sagrado que la biblioteca.
Y siempre está el riesgo de la comparación, en algún punto el escritor revisa todo lo que se ha escrito en la historia de la humanidad, Los Clásicos, los buenos Contemporáneos y siente que su lucha es inútil ¿Para qué hago todo esto? se pregunta. Y corre el riesgo de claudicar cuando ya pasó lo más difícil que era defender su plaza, así fuera invisible para los demás. Renunciar es traicionarse y toda su vida se la pasará preguntándose qué habría sido de él si hubiese sido más constante. 
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El Tarot
La Rota o la Rueda, como quieran llamarlo ha sido mi instrumento de autoconocimiento. A través de los arquetipos que los arcanos representan he logrado comprender los componentes de mi ego y casi como un cirujano, he logrado separar algunos para que me acompañen menos. Todos aspiramos a ser El Mago. Las mujeres miramos de reojo a la Sacerdotisa y no comprendemos cuando la vida nos muestra la Fuerza o la Templanza.
En todos los años que llevo interpretando Tarot nunca ha dejado de sorprenderme su alcance. Cuando lo leo para alguien que amo, si salgo no me veo. Es con el tiempo que me doy cuenta que cuando hacía referencia a una relación con tales y tales características estaba hablando de mí en última instancia.
En mi literatura, hasta el momento, tengo un cuento intencionalmente realizado con los arquetipos El Ermitaño, y el Loco con un poco de El Mago. Se los comparto. Fue publicado por Ediciones Yurupary en El Taller de los Escritos 2009
Fotografía: Holga, Riosucio Caldas por Jose Luis Ruiz



LOS SUICIDAS DE ACUARIO

El primer caso se presentó a las afueras del Valle. Un joven de dieciocho años se suicidó, fue llevado a la morgue y al tercer día resucitó. Fue en medicina legal donde se presentó el hecho. Pensaron que era un santo, un Cristo redimido, un milagro. El muchacho manifiesta la experiencia como algo mística. Es otro desde entonces: ya no se droga, ya no se emborracha, solo existe para vivir sin vicios ni excesos. El segundo fue en Atlántico, una señora esta vez, hastiada de la vida y sus ausencias, se tomó una sobredosis que la dejó lista en minutos. Como vivía sola y la del aseo iba los jueves, la encontró justo antes del fenómeno: resucitó. Luego de eso, las resurrecciones fueron masivas. El epicentro fue Colombia pero tuvo replicas a nivel mundial. En un principio las autoridades quisieron callarlo pero el rumor era demasiado fuerte, el mundo estaba en las orillas de una nueva era y eran ellos, los suicidas, aquellos parias que nadie ama, los primeros en presenciar y vivenciar los milagros.

Lorenzo vive en Turín, hace años que la depresión lo agobia, los impuestos, la vida sin pareja, el dolor de no tener padres, las calles y sus bares, la soledad. Lo ha meditado mucho pero no quiere morir para despertar, quiere morir-morir. Sabe que no será sencillo, debe ser inteligente para no regresar de la muerte. Ha oído decir que un pacto con el diablo puede ser  una salida pero hasta El Diablo no contesta, está de vacaciones o ¿será  un retiro anticipado? ¿Cómo morir al fin? ¿Será posible? ¿Podrá dejar en el olvido las discusiones, los malos ratos, el dolor que le carcome la espalda? No. No es posible. Lo intentó al lanzarse en el río. Un ahogado no puede regresar se dijo. Y se equivocó, hasta los ahogados regresan, el asunto ahora es que los muertos vuelven tal cual se fueron. Si es arrollados, heridos, si es ahogados, hinchados, si es ahorcados con la marca en el cuello y así. De modo que la mejor manera de suicidio sigue siendo la sobredosis… no deja marcas físicas y el cuerpo se conserva.

El mundo ahora está lleno de monstruos felices. Es extraño pero cierto. Las calles caminan con decapitados cuestas arriba. Los trenes circulan con rieles llenos de anécdotas de hombres que arrollaron  y volvieron. Las alturas son testigo de los más osados: aquellos que saltan al vacío.

Lorenzo sigue vivo pero contrario a otros no se resigna a no morir. Busca mil maneras, ninguna solución. Vive en un eterno esplín de angustias y dolores. No lo logra, no descansa, no vive hipnotizado como los demás. Vive con dolor. Decide entonces en un gesto desesperado, acudir a Dios. Las abadías están cerradas, no aceptan monstruos y él es el peor. Ha oído hablar de los conventos de suicidas pero no quiere estar con hombres y mujeres como él. Quiere estar solo. Se convierte entonces en un ermitaño. Vive durante años en una caverna. Olvida cómo luce Turín, olvida el radio, la televisión y las noticias. Lo olvida todo menos a él mismo. La cueva es fría pero confortable. Las rocas ya tienen nombres y el agua sabe a manantial puro. Es un hombre triste en busca de respuestas. Es un hombre solo con el peso de su pasado. Es un suicida más en un mundo extraño y ajeno. Ahora su mundo cabe en una caverna. El fuego a veces hace lumbre en su guarida y las plantas que come resultan ser a veces, también  alucinógenas. En sus ensoñaciones siempre ve a otros suicidas, aquellos que tantas veces leyó en noticias, los que pasaron en la tele cuando aún la veía, aquellos muertos que volvieron y que hoy son otros. Él siempre es el único de mirada triste.

La era de Acuario le resulta extraña, el se siente más un personaje de Piscis. Piensa que debió nacer antes de Cristo. Antes de la resurrección, antes siquiera que la penosa religión. Se siente incomprendido, no entiende ese concepto de Dios.

La caverna está fría. A veces escucha voces pero las elude a ensoñaciones. Piensa que son cosas de sueños en despierto. Se dice que no es cierto, que nadie habla. Lorenzo ha muerto en vida y de allí regresó para vivir un no sé qué que ya lleva una década buscando.

Sale el sol y entra en la caverna. El ermitaño sale a mirar por qué amaneció tan temprano. Sale y ve que el cielo está teñido de rojo y púrpura. Hay humo a lo lejos. Siente escuchar sirenas. Lorenzo se pregunta por el rojo, parece sangre, parece pena. Los días siguientes son de rojo, ya no hay púrpura. Durante tres años amanece y anochece con el cielo rojo.

El ermitaño decide romper su claustro y se aventura de nuevo a Turín. Al llegar la ciudad está desierta, no hay nadie, solo maleza. El sol rojo ha hecho crecer otro tipo de hierba pero aún el aire se respira. No existe nadie. Sólo existe él. Intenta buscar un  radio o un televisor, nada, si hay aparatos pero ninguno tiene señal. La última prensa que encuentra data de 2026, no sabe en qué año está. No sabe que ocurrió. ¿Será que el fin del mundo llego entonces? Si así fue, qué así sea y Lorenzo regresa a su caverna.

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El ahorro
Nunca comprendí el concepto ahorro. Mientras mi hermana era capaz de almacenar parte de su mesada sin gastarla, yo tenía una alcancía a la que podía hacerle trampa, abriendo un caucho por debajo, que me dejaba extraer las monedas. Lo hacía para comprar helado. Uno que pasaban vendiendo en camión y donde siempre pedía el mismo sabor: fresa. Satisfacer lo inmediato era superior a mis deseos de algo grande. Desde entonces, me he gastado lo que tengo y he sufrido por ello cuando unos pesos de más me habrían salvado de un apuro menos. Lo mismo me ocurre con las letras, con lo que escribo. A no ser que se trate de una novela. Y sólo he escrito una hasta la fecha. Mis cuentos parecen a punto de hacer ebullición o amenazar con quemar el disco duro del computador si no son publicados o compartidos al momento. Como un pan recién horneado a la espera del primer pellizco. De trabajar para un viñedo, seguramente también tendría problemas  si me asignaran la sección Conserva. 
Hace unos años tuve la oportunidad de charlar con Gabriel García Márquez cuando yo aún no había publicado nada pero sabía que mi sangre era de escritora. En aquel entonces el me miró por encima de sus grandes lentes y me preguntó mi edad: 29. 
-Muy bien, te diré lo que no debes hacer: 1. El afán nunca debe ser publicar. 2. No le muestres a nadie tus escritos. 3. Si muestras o publicas, ya no hay marcha atrás. Con el tiempo sólo tú verás errores que no podrás corregir ni retractar.
La verdad, salí desilusionada y confundida de aquel encuentro. Tal vez porque soy de las personas que piensa frecuentemente en la muerte y el tiempo se parece al ahorro como concepto. Lo que él proponía era confiar en que uno tendría una eternidad para el oficio y ninguna obligación diferente. Sí me preguntó que qué más hacía aparte de escribir. Fui honesta y le dije que me había tomado un sabático indefinido para dedicarme exclusivamente a esto. Por supuesto entendí que el oficio sólo le permitía vivir a unos cuantos. Yo tenía que decidir a qué grupo de escritores quería pertenecer y nuevamente el ahorro salía a mí encuentro. 
Confieso que estoy en un punto ciego. Es más lo que publico en el blog que lo oculto que conservo. Me he justificado diciendo que estoy ejercitando mi voz femenina y es cierto. Pero necesito más disciplina para poder gastar y ahorrar al tiempo. Quizás la manera más práctica de hacerlo sea embarcándome en la segunda novela a la que vengo huyéndole, en parte porque aún no me he recuperado por completo de la primera y en parte por esa voz femenina que quiero implementar y que hasta tanto no pase por un purgatorio, no estará limpia como quiero que esté. Estoy entonces gastando recuerdos en palabras, robando de las canteras de mi infancia, sin ningún propósito editorial diferente a este blog, a este recetario de palabras que quizás no están tan sueltas.




2 comentarios:

Alejandra dijo...

Me pregunto si las palabras no serían más como las notas musicales que el escritor junta para crear una composición y son los lectores los músicos que la interpretan?
me pregunto si el oficio del escritor está limitado por los músicos que pueden tocar la composición, no tocarla, improvisar sobre ella, hacer variaciones,etc?
Como lectora me gusta que las composiciones desborden los espacios, el tiempo, el amor, la muerte, el deseo; me gusta que esa música suene a lo largo de la melodía, que yo le pueda dar cambios, interpretarla y bailar con ella durante horas.

Claudia Restrepo Ruiz dijo...

La escritura como música, me gusta. El escritor propone una partitura, el lector la interpreta, la disfruta, la comenta y claro, la modifica. Qué maravilla encontrar una partitura para bailar durante horas.