Bitácora del cuerpo



Dejo esta pestaña abierta con cuatro de las entradas que ahora hacen parte del compendio Bitácora del cuerpo (con tu viento a estribor).
Con cariño,

Claudia Restrepo Ruiz


Horror en el clóset

Nunca cierres la puerta del clóset contigo adentro. No sabes qué presencias están impregnadas tras las prendas. Ignoras los pedazos de ciudad que te han devorado con los ojos, los basureros que te han visto pasar con desdén hasta preguntarse cuándo han de arañar tu limpia apariencia. No cierres el clóset tras de ti. Esa llave siempre se pierde, nadie la conoce, no la han usado jamás. Ten cuidado de acercarte a los pasos del hombre con quién convives. Lo cierto es que no sabes nada de él. Es otro cuando cruza la calle, cuando presiona el acelerador. ¿Quién es? No lo sabes. Hay barro en sus zapatos. Barro viejo y seco. Barro de finca, de potrero. No te agaches, no te conviene. No esculques, eso es peor. Sus sacos no te dirán nada. No es tan torpe como para guardar la cajetilla de fósforos del último motel. Date la vuelta. Sal de ahí. No fisgonees camisas, deja de requisar bolsillos. Abre la puerta, acuéstate. No abre. ¿La luz? Se fundió. No prende. ¿El bombillo? Muy alto. Ni empinada lograrías arreglarlo. El cuarto es estrecho, muy estrecho, la ropa veloz. Pronto las prendas caen desde lo alto. Los sacos eligen asfixiarte. Los pantalones se zafan de los tubos y se anudan en tus piernas. Caes. Las blusas aún no se han manifestado. Se hacen una sola camisa de fuerza. Ahora intentas gritar pero las pijamas son las encargadas de silenciarte: te amordaza la noche, la inocente rosada de nubes y estrellas. Estás sola, encerrada sin poderte mover y cuando intentas patear la puerta... las medias se arruman para hacer del choque de tu cuerpo un acto insonoro, un grito fallido. Te rindes. No puedes salir. Hace calor, el sudor no te deja dormir. Amanece y la empleada abre la puerta.

––Doña Marta, ¿usted qué hace ahí?



Afán erótico


Comenzó con la manera como le dabas vueltas al café después de una insipiente cucharadita de azúcar. Te vi llevar el pocillo a la boca y saborear tu labio inferior con un leve mordisco. Intenté distraerme con la manera brusca, casi absurda como una señora gorda partía su pedazo de bistec. Te miré. Habías contestado una llamada y tus gestos eran provocadores, sensuales, casi a propósito. Pedí un postre para distraer mis sentidos de este súbito afán de probar tu boca. Cheesecake o flan de leches, lo mismo daba. Opté por el cheesecake y de verás recé para que estuviera rápido en la mesa. Vos terminaste de hablar y me retomaste justo en el punto de la conversación donde veníamos. Me citaste algo de Octavio Paz que le dio fuerza a mis alucinaciones. Los champiñones también parecían alucinógenos y pensé que no comería de nuevo esa sopa en tu presencia. Luego me preguntaste si me sentía bien y para colmo, ¿cómo mentirte? No. El calor estaba en mis mejillas. El temblor en las piernas, no en las manos. Y la lengua... bueno, esa estaba esperando el postre para no tener la tentación de jugar al mataculín con la tuya. Aunque primero había que acercarse y las mesas de dos de los restaurantes, están diseñadas para la distancia. En eso pensaba cuando sentí tu mano en mi pierna. Por Dios: cuánto quería que se moviera. Un desliz nada más, hacia al norte, al sur, al punto cardinal que tu quisieras. Pero mi afán erótico no me hacía menos torpe. Sé que bien pude poner mi mano sobre la tuya y deslizar juntos ese pequeño universo debajo de la mesa pero qué va, ¿de dónde saldrían las agallas para tal osadía? Me concentré en otro par de poetas que decidiste mencionar y que por suerte conocía. La incertidumbre de ti creció con las horas. El humo de los tabacos se hizo más visible y sólo así fui consciente de que había llegado la noche. Y la noche contigo no se parecía a ninguna otra. No me pregunten a que me supo el postre. Recuerdo la textura, no el sabor. Tu barba atraía todas mis miradas, tu cabello un poco engominado, me provocaba incursionar en él. Debajo de la camisa, llevabas puesta una camiseta blanca y tu pecho seguía siendo un misterio para mí. ¿Sería poblado como los que me gustan o un desierto estéril a punta de cuchilla? Pediste la cuenta y no me dejaste aportar un peso. "La próxima pago yo", dije en tono derrotado. En medio de tanto frío tampoco sabía cómo era uno de tus abrazos prolongados. Me acompañaste hasta el carro y me diste un beso en la mejilla arrimando de paso tu aroma cargado. Me desdoblé. No supe de mí. Te halé fuerte y sin decirte nada te invité a jugar mataculín.


Si me das a elegir


"Si me das a elegir me quedo contigo"
Manu Chao



Entre tú y mis ideas, ¿qué sabe Manu Chao de ambos? Tengo que reconocer que sos la utopía que soñaron mis letras... ¿Me das a elegir? Nada cambia. Igual te tengo en mis hojas, en el ejercicio disonante de los dedos a favor del teclado, nunca en contra. Si me das a elegir no podría decir que te acepto: lo que siento está por encima de un verbo. "Me he enamorado y te quiero y te quiero". ¿Qué he dicho? No me des a elegir, no me digas te quiero, déjame sola con mis ideas de ti. Fragmentos tuyos componen canciones, recuerdos no efímeros le hacen visita al café de las diez. La última frase que releí decía que sólo el azar era real y entre tu azar y mi azar, sólo una cosa puede ocurrir: un encuentro azaroso. ¿Entonces para qué elegir quedarme contigo cuando es mucho más emocionante seguir sin ti? Inventar excusas de tiempo, saber que no nos favorece el lugar. Allá vos, acá yo o allá yo, acá vos. Acabose la entrada diciendo que el problema es distancia cuando no... Aquí existe comunicación aurículo-ventricular, no hace falta un stent ni mucho menos un marcapasos. Tú marcas tus pasos yo marco los míos, peor, los cuento. Vos jugás squash y yo me la paso haciendo amagues a una piscina que sólo recorro por los bordes y a pie. No me des a elegir no me pidas contigo. Mi mundo se vendría abajo, o más bien, a la izquierda. Un derrumbe de mujer sería todo lo que quedaría después de vos, de tu ímpetu, de tu ámbar en mi ombligo.
Y sin embargo..., si me das a elegir... me quedo contigo.


Morir el amor




Qué fácil resulta sentirse atraído por otro ser. Qué sencillo es intercambiar un teléfono, regalar el WhatsApp, comenzar a chatear. Qué bonito es habituar la piel al contacto del otro, a la mano en la pierna, a los dedos entre el cabello. Qué mágico es aprenderse el aroma, buscarlo después en uno, dormirse con el recuerdo de un beso. Qué sencilla y envolvente es la ilusión, qué vertiginosa resulta cuando se cede a la pasión y que linda es la manía del clímax, el querer siempre hacer llegar y llegar sin tener que dibujar un camino y mucho menos un patrón de paso. Qué difícil, en cambio, es volverse rutina, reconocerse hábito, no transitar más el camino de la pasión, ir a lo seguro, saberse de memoria la frecuencia, contar la respiración, morir el amor. Cómo duele el cuerpo cuando el otro se va, cuando es uno quien se queda, no importan las razones, es látigo el espacio. Aquella cama que parecía pequeña ahora es un como dicen: un estadio; y el televisor reclama porque no lo han prendido en una semana. Sobre la mesita de noche, Amuleto, de Roberto Bolaño me invita a llamar a Auxilio y mientras lo leo siento el vestigio de la Región más transparente, hay algo ahí, un tono, un ritmo, que se parece. Entonces miro la cama de nuevo y por primera vez siento que ya no es un espacio susceptible de ser compartido. He regresado a mí al morir el amor y ese regreso me muestra una mujer fuerte pero aterrorizada. ¿Soy fuerte en realidad? Entonces pienso que no morí el amor, que ya estaba muerto, que no despertó de la última catalepsia, que algo en mí se hizo monstruoso y necrofílico y quiso seguir aferrado a lo que murió. Y ya no va más porque se descompuso y es imposible amar la putrefacción. O no, no es imposible, pero si amamos lo putrefacto es porque estamos purulentos por dentro y ya no, ya no lo estoy. Mis heridas han comenzado a sanar desde el día en que me acepté sin alas y dejé de temer a mis demonios. No sé qué vendrá. Letras y más. Quizás no morí a tiempo o quizás este era el único tiempo. Lo importante es reconocer que cuando ha muerto el amor, un pedacito nuestro ha muerto también. Y entonces ser capaces de rescatar la amistad de ese meollo con velo mortuorio. Valorar tu mirada miel, tus palabras tiernas, tu abrazo resucitado. Se nos habrá muerto el amor pero ambos sobrevivimos a la catástrofe.


Librerías
Disponible en Medellín en: 

  • El Acontista Calle 53 # 43 - 81                   Centro
  • Grammata Calle 49 B # 76 A - 4                 Estadio
  • Exiblibris Calle 53 # 64 A -27                     Carlos E.
  • Cooprudea                                               Ciudadela universitaria Universidad de Antioquia
  • Librería Nacional                                       Bogotá, Cali, Medellín

No hay comentarios: