domingo, 4 de junio de 2017

Sobremuriente

por Freddy Sánchez Caballero

Hace poco publicó un enrevesado y vívido relato, sin dobleces ni eufemismos, cargado de dolor y rabia sobre la masacre de la discoteca de Oporto, de la que se salvó porque todo sucede. Con una jerga incontrolada y sangrante contó los últimos momentos de sus amigos ebrios y heridos de muerte. En esa suerte de catarsis, nunca se supo explicar por qué sobrevivió o para qué, pero hasta el último párrafo se lo seguiría preguntando.  

Pese a que con frecuencia deambulaba por la avenida de Greif recogiendo cartones, el paseo del río Medellín era su parche favorito. Allí se reunían muchos “carelocos”, con los que compartía y lo hacían sentir en familia.  Alrededor de una fogata, con sus manos aun congeladas llegaron las últimas noticias de los enfrentamientos con la autoridad que los quería confinar en albergues, porque un gran evento internacional se aproximaba. La ciudad debía lucir impecable y ellos no serían parte del paisaje. Estaba nervioso, pero indignado. Aspiró un último porro y no paró de hablar más. Su discurso era como un rumor lejano, un llanto, un grito desgarrado, una letanía por los parceros caídos. Su dependencia a las drogas no era mayor que su adicción por el parloteo. Hablaba solo, en el cambuche, hablaba en los parques, en los buses, hablaba todo el tiempo aunque nadie lo escuchara o le entendiera, no importaba. Así lo conocí un día en Guayaquil mientras yo esperaba en una esquina y él trataba de venderme con éxito su pequeño folleto sobre Oporto —solo la palabra podrá salvarnos de la hipocresía gubernamental y el terror del silencio que niega la existencia de las víctimas—, dijo entonces.   Se sabía excluido, desechable, al margen de una sociedad sin receptividad, sin respuestas, cuyo semblante gris, apático y frío,  a menudo reflejaba  coincidencias con la  muerte.

La oscuridad avanzaba y la incertidumbre crecía junto a su verborrea frenética. Le gustaba imaginar  que su palabra era capaz de romper la dura corteza de la insensatez  y el miedo. Podía verla rebotando aquí y allá contra la indiferencia,  contra el muro; en la calle, en la pancarta, en la manifestación...
Esa noche sus lágrimas fluían como una corriente restauradora sobre los sueños fragmentados, pospuestos, y los escombros de una ciudad ajena. Su palabra cabalgaba sobre la magia de una metáfora ambigua, suburbana. Podía sentirla rehacerse en cada bocanada profunda del cigarro, avezada y perfecta, contundente. Podía escuchar cómo se arrastraba subrepticia, y se multiplicaba de boca en boca,  de asombro en asombro. La palabra se excitaba en la saliva del parcero, en su aliento fétido, y en la imaginación drogada no era extraño verla transformarse  en leyenda urbana, tenebrosa, terrible.
Luego de años de acoso oficial,  meses de agresión, días de duelo, horas de luto, sabía que sus segundos estaban contados, pero no podía contenerse. Su voz era un raudal y de ella brotaba  incendiada y rampante  como una bestia  revolucionaria su palabra desbocada, herida —que hablar de resistencia o de justicia en una sociedad enferma es un enorme desafío —, sabía.  

Su cadáver desnudo fue hallado en el río, sin ojos y con una bala en el pecho. Su índice erguido apuntaba a todos en las fotos que tomaron para el registro judicial. —Le hicieron la vuelta—, dijeron. Alguien le puso una sábana encima para cubrir sus vergüenzas, pero no la requería,  porque su cuerpo hace tiempos era inmune al pudor, al qué dirán, al frío; su cuerpo hacía ratos le hacía el quite al dolor, al miedo, a la muerte. (F)

Freddy Sánchez Caballero De Lorica Córdoba. Maestro en Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia. 
Pedagogía Contemporánea, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín.
Ha expuesto su obra pictórica en Alemania, Austria, Polonia, España, Canadá y Colombia.
Publicaciones: El libre albedrío, libro de poemas. Cuando va a llover, llueve, Cuentos. 
La isla de las máscaras, Relato ilustrado.

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