martes, 6 de junio de 2017

Sin permiso


Por Nubia Mesa Granda

Todo en la ciudad respira fiesta. Las emisoras lo anuncian entre canción y canción: Estamos de feria; la pantalla de la avenida lo confirma: Viva la Feria de las Flores; y doña Pastora lo repite: Nos vamos pa’ la Feria.
Doña Pastora aprovecha para salir del  pequeño espacio que habita,  donde cada día se dedica a hacer felices a los demás y deja para después sus propias necesidades. En la semana se levanta a las cuatro de la mañana para despachar a sus tres hijos: Yoana que tiene veinte años y trabaja en una cafetería, Claudia Katherine de diecisiete que está en el colegio, y el más pequeño, Stiven, que da guerra por los tres porque no le gusta ir a la escuela. Luego, arregla la casa, hace el almuerzo y a las ocho está lista para irse a la plaza de mercado donde atiende un puesto de venta de ropa usada. Allí pasa el resto del día y regresa a casa a las siete de la noche para cumplir otras labores como lavar alguna ropa, planchar y ayudarle a Stiven con las tareas.
Así transcurre su vida, entre sacar fuerzas para atender tantas actividades y hacer magia para que le alcance la plata. Por eso su única diversión es ver la telenovela de las nueve de la noche. Le gusta imaginarse que es joven y bella como la protagonista y que todavía es posible vivir un romance de esos que le quiten el aliento.
Pero hoy es sábado y además es día de feria. Así que decide aprovechar para darse un aire. Quiere sentir la brisa de la noche y sumarse a esa multitud anónima. Se viste como para carnaval: un sombrero tejido,  una chaqueta estampada con enormes flores, aretes grandes y brillantes que destacan en su cara redonda y , por supuesto, los labios y las mejillas resaltados con el rojo del colorete.
Sale de la casa sin dejarse ver,  y toma el bus hasta el parque de los Pies Descalzos donde sabe que habrá un concierto de boleros; ni siquiera sabe quién es el cantante o la cantante, eso es lo de menos, es gratis.
Allí está con una cerveza en la mano, qué tal que la viera su hija la mayor que es tan beata. Se sienta en un andén para escuchar las canciones que, como dice un locutor de radio, “hicieron historia”….y repite con la cantante: Deja que salga la luna, deja que se meta el sol….Sí, allí está ella sola con su alegría, esta noche no tiene reloj y todo el cielo le pertenece…. Deja que las estrellitas me llenen de inspiración….sobre su cabeza un lucero resplandece y por un momento su brillo logra abstraerla de la música. Un recuerdo de juventud pasa fugaz, pero en segundos se sintoniza de nuevo con su objetivo de hoy: vivir el momento y embriagarse de sones.
Lo que más le gusta es que nadie repara en ella, o por lo menos no se ha dado cuenta, porque se ha dedicado a mirar la pantalla gigante donde ve en primer plano a una cantante rubia de cabello muy largo. Se le parece a esa imagen del ángel de la guarda que tiene en su cuarto. De cada canción se sabe unas frases y no duda en cantarlas cada vez con más energía. Hasta alcanza a contonear su cuerpo al ritmo de una que le suena parecido a una cumbia.
Durante una hora y media, doña Pastora se olvida por completo de las dificultades que tiene que pasar para mantener a flote su casa y su familia. Allí, en esa multitud se siente igual a todos. Es que para sentir la música y dejar salir la alegría que se alberga en el corazón solo es necesario disponerse y sentir la fiesta como una promesa de vida nueva.



Nubia Amparo Mesa Granda Escogí el periodismo como escuela para aprender a contar historias. Ahora soy una aprendiz de escritora en los terrenos de la ficción. En ese tránsito, acompañada por los colegas de El Aprendiz de Brujo, he fortalecido mi capacidad para imaginar y desafiar la contundencia de los datos. Un libro de cuentos, además de otros relatos publicados en libros colectivos y antologías, son el producto de ese viaje. 



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