jueves, 15 de junio de 2017

Nota de cuaderno

Por Hermes Rafael Pineda Santis

Argemiro regresa al centro de Medellín para recordar lo que eran las casas con sus balcones coloniales y galerías alrededor de la quebrada Santa Elena. Evocar el teatro Junín con fachada estilo francés y al Salón de té Versalles, con las bancas en madera para dos comensales. La ciudad se transformó de un pequeño pueblo donde nació, a la urbe industrializada de hoy. Los automóviles congestionan las vías, la gente va en tropel por las estrechas aceras y el ruido inunda los sentidos, enmudeciendo el trino de las aves entre los edificios. Han pasado sesenta años.

Ya no existe la casa de los Gómez, con sus cuatro ventanales azules en hierro forjado y puerta de doble ala, ni la de los Rodríguez, con sus seis columnas y escalinata circular amarilla hasta el portón. Tampoco el teatro, con sus palcos, tapetes y terciopelo demolido para construir el edificio Coltejer.

Argemiro camina lento, su reducida visión por la diabetes, lo previene de golpearse con los caminantes. Los ojos abotagados, le indican la proximidad de su inyección de insulina. Viste de gabardina, sombrero y lleva un bastón que sostiene el arqueado cuerpo hacia adelante.

El anciano recuerda que la vía la Playa era un sendero a los prados, que conducían a la colina por donde baja la quebrada Santa Elena. Vinieron a su memoria los amigos con quienes jugaba de niño, en las calurosas tardes de agosto. También era el sitio de lavandería semanal y de recolección del agua, que él llevaba a cantaros, para el aseo diario de los señores en la casona. Ya no hay nada de aquello, el cauce natural, ahora cubierto por el asfalto, da paso a buses, camiones y motos, mientras que el lecho permanece como colector de aguas lluvias y alcantarillado.

Un viento refresca la cara blanca y colorada de Argemiro durante el ascenso. Con una de sus manos, retiene el sombrero en su sitio, mientras la gabardina se abre y cierra con el caprichoso azar. Trata de agilizar el paso, pero lo impide su agitada respiración. Espera en una esquina para regular su fatiga, y a que el semáforo le permita la marcha. Piensa en lo vivido, no se casó ni tuvo hijos, vivió con lo suficiente para no malvivir.

Argemiro llega al cafetín la Pradera, que permanece con fotos de otro tiempo en las paredes, y mobiliario de la época para la reunión de amigos y parejas de novios. Aún conserva el estilo de aquellos años, que los herederos de Don Antonio y Doña Josefa, los fundadores, mantienen con la tradición de las recetas de los dulces, tortas y galletas de mantequilla.

Una ligera expresión de contento aparece en el rostro del anciano, quien entra en la atmósfera de boleros y sevillanas que vienen desde el gramófono, en el centro de la sala de mesas redondas y sillas torneadas. A un lado de la mesa, Argemiro coloca su sombrero, bastón y gabardina. Con torpeza y las manos temblorosas, busca la jeringa con la dosis de insulina.

Recordó los encuentros y las emociones del amor después del colegio. El juego de los dedos, las miradas furtivas y las caricias, llegaron a su mente para recordar a quien fue su más sincero afecto. Argemiro prometía una larga vida juntos y abundaba en ideales de armonía y respeto, pero aquello no podría ser. Ambos lo sabían, pero él, un joven jornalero, divagaba como luciérnaga en noche eterna sin luna.

En el local, suena una sevillana, ay pena penita pena y el anciano recordó el día del adiós. Las lágrimas recorren sus mejillas, busca un pañuelo en la gabardina y también encuentra una nota de cuaderno, entregado a él por un mesero de entonces, en el que se le comunicaba el viaje a otra ciudad de su pareja. Pide un café y una torta de chocolate.

No se volvieron a ver. Las vidas transcurrieron por rumbos diferentes. Nada, luego de tantos años. Un fuerte sufrimiento como si la vida no mereciera vivirla, llenó de desconsuelo al adolescente, quien abandonó el paraje para trabajar en la fábrica textil al norte de la ciudad. Su recuerdo revive el dolor de aquel momento. Argemiro pañuelo en mano, seca sus lágrimas. Poco a poco, bebe café y trocea la torta con el sabor de antaño.

Una hora después llega la policía para registrar la defunción de Argemiro por el consumo en exceso de azúcar. El cuerpo y la cabeza de medio lado sobre la mesa, parecen dormitar. Los ojos hinchados reflejan una inescrutable tristeza. El pañuelo húmedo, la jeringa con la dosis completa y el papel arrugado sobre la mesa, con una despedida y una firma, Hernando, justificaron en aquel ambiente aislado, el deseo de un hombre por un tiempo y una época de nostalgias desaparecidas con él.





Hermes Rafael Pineda Santis     Como aprendiz he realizado algunos escritos literarios en compañía de otros principiantes: Primer conjuro (2010), la palabra se baña en el rio (2011), cuando el río suena (2012), el traído, cuentos de Navidad (2013), Aoketekete y otros relatos del río (2014) y Flores en la pared y otros relatos (2015). Todos ellos forjando una intención, el reflejo de un mundo de recuerdos, tragedias, amores y conflictos.



2 comentarios:

Daniel Jaime Caicedo Restrepo dijo...

Maravilloso escrito. Lleno de nostalgia y realidad, con toques de remembranza. Un talento puesto en la pluma de este gran hombre. Te Felicito Hermes por llegar a reconstruir, en la mente de quienes te leemos, las palabras, los sueños, la verdad y la estampa viva del amor, la soledad, el vivir y el morir. El tiempo inmortalizará tus letras y quienes te leamos seremos testigos de una hermosa manera de ver la vida. Ficción o no, se hace realidad a través de tus manos, de tus letras, tus escritos. Un abrazo enorme. Daniel.

Mauricio Herrera dijo...

Saludos Hermes. Excelente historia llena de emotividad y realismo. Felicitaciones por tus escritos que deleitan la imaginación de algunos y reviven recuerdos de otros. :)