miércoles, 21 de junio de 2017

Nacer

Por Alejandra Sánchez 

En dúo 
resplandecen,
el sol en su casa 
que es la torre,
nacer y ser dos;
sombra, reflejo
par, amigo, 
habitante del otro 
que mira y no interroga,
sin adioses porque sus almas son gemelas
sin partidas porque sus corazones son estelas. 

 


Soy Alejandra, escritora de pasatiempo, pintora en tiempo presente, lectora de pasión perpetua. Para no irme por las ramas, diré que los elementos me inspiran, más el agua donde diluyo tintas y colores, el aire mi alimento, la tierra de donde vengo y el fuego a donde voy. 
La serie completa de arcanos mayores y menores se puede ver en mi blog: 


jueves, 15 de junio de 2017

Nota de cuaderno

Por Hermes Rafael Pineda Santis

Argemiro regresa al centro de Medellín para recordar lo que eran las casas con sus balcones coloniales y galerías alrededor de la quebrada Santa Elena. Evocar el teatro Junín con fachada estilo francés y al Salón de té Versalles, con las bancas en madera para dos comensales. La ciudad se transformó de un pequeño pueblo donde nació, a la urbe industrializada de hoy. Los automóviles congestionan las vías, la gente va en tropel por las estrechas aceras y el ruido inunda los sentidos, enmudeciendo el trino de las aves entre los edificios. Han pasado sesenta años.

Ya no existe la casa de los Gómez, con sus cuatro ventanales azules en hierro forjado y puerta de doble ala, ni la de los Rodríguez, con sus seis columnas y escalinata circular amarilla hasta el portón. Tampoco el teatro, con sus palcos, tapetes y terciopelo demolido para construir el edificio Coltejer.

Argemiro camina lento, su reducida visión por la diabetes, lo previene de golpearse con los caminantes. Los ojos abotagados, le indican la proximidad de su inyección de insulina. Viste de gabardina, sombrero y lleva un bastón que sostiene el arqueado cuerpo hacia adelante.

El anciano recuerda que la vía la Playa era un sendero a los prados, que conducían a la colina por donde baja la quebrada Santa Elena. Vinieron a su memoria los amigos con quienes jugaba de niño, en las calurosas tardes de agosto. También era el sitio de lavandería semanal y de recolección del agua, que él llevaba a cantaros, para el aseo diario de los señores en la casona. Ya no hay nada de aquello, el cauce natural, ahora cubierto por el asfalto, da paso a buses, camiones y motos, mientras que el lecho permanece como colector de aguas lluvias y alcantarillado.

Un viento refresca la cara blanca y colorada de Argemiro durante el ascenso. Con una de sus manos, retiene el sombrero en su sitio, mientras la gabardina se abre y cierra con el caprichoso azar. Trata de agilizar el paso, pero lo impide su agitada respiración. Espera en una esquina para regular su fatiga, y a que el semáforo le permita la marcha. Piensa en lo vivido, no se casó ni tuvo hijos, vivió con lo suficiente para no malvivir.

Argemiro llega al cafetín la Pradera, que permanece con fotos de otro tiempo en las paredes, y mobiliario de la época para la reunión de amigos y parejas de novios. Aún conserva el estilo de aquellos años, que los herederos de Don Antonio y Doña Josefa, los fundadores, mantienen con la tradición de las recetas de los dulces, tortas y galletas de mantequilla.

Una ligera expresión de contento aparece en el rostro del anciano, quien entra en la atmósfera de boleros y sevillanas que vienen desde el gramófono, en el centro de la sala de mesas redondas y sillas torneadas. A un lado de la mesa, Argemiro coloca su sombrero, bastón y gabardina. Con torpeza y las manos temblorosas, busca la jeringa con la dosis de insulina.

Recordó los encuentros y las emociones del amor después del colegio. El juego de los dedos, las miradas furtivas y las caricias, llegaron a su mente para recordar a quien fue su más sincero afecto. Argemiro prometía una larga vida juntos y abundaba en ideales de armonía y respeto, pero aquello no podría ser. Ambos lo sabían, pero él, un joven jornalero, divagaba como luciérnaga en noche eterna sin luna.

En el local, suena una sevillana, ay pena penita pena y el anciano recordó el día del adiós. Las lágrimas recorren sus mejillas, busca un pañuelo en la gabardina y también encuentra una nota de cuaderno, entregado a él por un mesero de entonces, en el que se le comunicaba el viaje a otra ciudad de su pareja. Pide un café y una torta de chocolate.

No se volvieron a ver. Las vidas transcurrieron por rumbos diferentes. Nada, luego de tantos años. Un fuerte sufrimiento como si la vida no mereciera vivirla, llenó de desconsuelo al adolescente, quien abandonó el paraje para trabajar en la fábrica textil al norte de la ciudad. Su recuerdo revive el dolor de aquel momento. Argemiro pañuelo en mano, seca sus lágrimas. Poco a poco, bebe café y trocea la torta con el sabor de antaño.

Una hora después llega la policía para registrar la defunción de Argemiro por el consumo en exceso de azúcar. El cuerpo y la cabeza de medio lado sobre la mesa, parecen dormitar. Los ojos hinchados reflejan una inescrutable tristeza. El pañuelo húmedo, la jeringa con la dosis completa y el papel arrugado sobre la mesa, con una despedida y una firma, Hernando, justificaron en aquel ambiente aislado, el deseo de un hombre por un tiempo y una época de nostalgias desaparecidas con él.





Hermes Rafael Pineda Santis     Como aprendiz he realizado algunos escritos literarios en compañía de otros principiantes: Primer conjuro (2010), la palabra se baña en el rio (2011), cuando el río suena (2012), el traído, cuentos de Navidad (2013), Aoketekete y otros relatos del río (2014) y Flores en la pared y otros relatos (2015). Todos ellos forjando una intención, el reflejo de un mundo de recuerdos, tragedias, amores y conflictos.



lunes, 12 de junio de 2017

Aniversario

Estamos de aniversario
10 años del blog
Gracias a todos los que han pasado por aquí



Fotografías Daniel Efe Restrepo

viernes, 9 de junio de 2017

Evocación

Por Marta Cecilia Cadavid

Hola prima, ¿cómo te trata París?
Seguro que no has perdido tu vieja costumbre de deambular sola por las Tullerías, o la Rue Rivoli, caminando sin prisa...  Puedo imaginar tu figura delgada exhibiendo con gracia dos o tres faldas de distintos tamaños, varias bufandas y collares, como toda una gitana; tal vez Montmartre ha dejado ya impresa tu estampa en los pinceles.
Te cuento que ayer decidí abrir el cajón donde guardo nuestros recuerdos y me encontré el viejo álbum de fotografías, momentos congelados de muchas vivencias gratas: nuestra primera salida al campo, la camisa de flores menudas que dibujaba tus pequeños senos, tu sonrisa… y ahí estoy yo, embelesado mirándote…la finca de Sopetrán, tú haciendo muecas al pie de la piscina… no puedo evitar recordar nuestras tardes apasionadas bajo los naranjos. También está la foto de mi primer auto, un R-4 blanco, tu cabello lo enciende con sus destellos cobrizos.
¿Recuerdas la última feria de las flores a la que asistimos? El sol  se apoderó del firmamento con toda su fuerza,  marejadas variopintas a cada lado de la vía se recreaban con el espectáculo:  joropos, torbellinos, guabinas, merengues, disfraces y leyendas, engalanaban la mañana; encabezando el desfile, hileras de hombres, mujeres y niños cargaban en sus espaldas silletas  con flores decoradas con arte, portadoras de refranes y mensajes; refulgían los flashes, la multitud los ovacionaba con palmas y voces de alegría. Las cámaras de televisión, ubicadas en sitios estratégicos, registraban el evento y lo retransmitían.
Tú tomaste muchas fotografías del desfile. Una en especial atrajo mi atención: un anciano silletero en un primer plano. Me detuve en esta fotografía unos momentos y me invadió la nostalgia, porque recordé cuando estuvimos en Santa Elena acompañando a los floricultores en su proceso de elaboración de las silletas… Pude sentir el aire del campo, al calor de unos tragos de aguardiente y la música de nuestra tierra, el resplandor en nuestros ojos.
Sentí la necesidad de plasmar esos sentimientos y sé que tú más que nadie me entenderás; la cara de ese anciano parecía hablarme, leí cada una de sus arrugas y gestos, y aquí va mi conversación con él:
Hombre de la montaña, tú no me conoces, pero yo te estoy empezando a descifrar: tu mirada gris algo nublada me cuenta de muchos amaneceres, dolores, llantos quizás, pero también intuyo ternura para acariciar, valor para sobreponerte a las vicisitudes y  en tus ojos hay destellos acerinos de los espíritus decididos.
El sudor baña tu frente, la canícula quema tu cuerpo. Sin embargo, tu paso, aunque lento, es firme. De vez en cuando miras hacia arriba ¿Con quién hablas? ¿Acaso con tu compañera que ya partió, o con un hijo asesinado en esta guerra sin sentido?
Tu espalda florecida de gladiolos, mimosas, geranios, margaritas y claveles, es como un pedazo de tierra que se ofrece generosa ante la vida. ¿Será tal vez este tu último año en el desfile? No lo sabes, tú solo vives este momento, escuchas la música de tu terruño que danza con la algarabía de la multitud y permeas los ámbitos con los aromas de las flores y de tu cuerpo.
¡Caminante eterno de las florescencias de la tierra! Siento tu grito silencioso, tu mano tan callosa de abrir surcos, tu sangre caliente que camina hinchada por las sienes, tus luchas, tu sed de paz,  pero también los ríos rojos que surcan la tierra que cultivas con la desesperanza y la muerte.
Querida Sonia, estos trozos de pensamiento son como una parte de mi alma que se abrió al evocarte, que atesora cada momento vivido contigo y todavía se estremece con el recuerdo de tus rizos de fuego abandonados en mi cuello.
Espero que mis palabras toquen tu corazón, o en último caso, te sirvan como historia para tu próximo libro.
Te abrazo,
                                                                                                 

Mauricio

Marta Cecilia Cadavid   Eterna aprendiz de la literatura y de la vida. Amante de las artes en toda su expresión. He publicado cuentos en antologías del grupo El Aprendiz de Brujo y en Voz de Nosotras