domingo, 16 de abril de 2017

Tormenta célebre

Cedo dos días de mi tiempo, aguardo por diez minutos del tuyo. Caigo en la nota de una canción vieja, vigente. Anhelo ser tu mujer, serlo otra vez. Permitir que el cuerpo sea caricia. Fumarme el ocaso gris. Visitar el museo de nuestra memoria. Eludir las mañanas sin besos y las estrofas sin zigzagueo. Inventar el amor como a una excusa. Rayar el cuaderno con ideas maltrechas con afán de perfección. Bucear en fotografías los pasajes que nos contienen a ambos. Burlarme de aquel tono de cabello. Ver cuánto ha pasado contigo, cuan lejos estoy de mí sin ti, cuántos aniversarios, cuántos cumpleaños, cuántas velas, cuántos soplos, cuántas luces... Y es que no puedo seguir así. Necesito tu silueta en las sombra de mi pared. Necesito dibujar un conejo en la tuya. Ya me desnudo de palabras, ya habito el jardín con sus begonias. Lejos la noche murmura un encuentro casero. Saben las nubes de ti. Saben los lirios también. Y Fabrizio Paterlini al piano es un cómplice tácito. Aunque soy infiel es con Bach y su grave violonchelo. Una siesta a las seis promete tirarse la noche de sueño. ¿Pero, quién quiere dormir sino en tu cuerpo? Amainan las horas tras un habano triste. La vainilla desde tu boca dejó de prometerme cielos descubiertos. Una tormenta se anuncia célebre y yo busco tus manos para confiar en el horizonte. Que venga el vendaval, que castre a los eucaliptos, observaré sin llorar o mejor aún, lloveré... en tu regazo.  

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