domingo, 23 de abril de 2017

Olor de cielo

El olor de cielo invadió su casa. Se metió por las ventanas, por la terraza, por las bisagras. Se coló por la última risa y el penúltimo enojo. Hizo justicia al abrazar sus prendas y calzar sus zapatos. Se mezcló con las sábanas e hizo un hito de flores y barcazas. Sopló los libros de la cómoda y al azar leyó un verso de Romulo Bustos sobre el patio. El olor de cielo contagió de sueños su terruño. Bajó a un lienzo de Monika Ruiz y amenazó con lluvia sobre el mar. Al calor, acarició el vidrio de Tapio Wirkkala e hizo un sueño para una telaraña dorada. Conjugó los verbos ser y estar y agradeció que no fueran los mismos. Ser sin estar acontece en un idioma con h muda. Esa hache que ve como el olor asciende y anida en el polvo de los muebles, en las almohadas, en los cojines, en las medias arrumadas. El olor de cielo es el olor de un sueño. Con tus ojos y mi llanto, con tu fuego y mis quebrantos. Llega. Percibe el olor como el gas. ¡Un peligro! Un encendedor y todos volamos. ¿Acaso no estamos volando? ¿y si no? Si me dices que el olor es frío, que es blanco, que es como una nube... No. Ese el olor de tu cielo, no del mío. Como si hubiera varios cielos en el mismo instante que se conjuga el presente, o sí, tu cielo y el mío solo son los mismos bajo el paraguas-beso. Cae el cielo. Llenaremos de caricias lo que queda de tarde. 


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