viernes, 24 de marzo de 2017

El mundo al revés

El invierno se queda atrapado entre el asfalto y las chimeneas industriales. Una diminuta lluvia perdura y azota. Los conductores permitidos se miran en los semáforos con desconsuelo. Las montañas están ahí pero no se ven. La bruma asciende. Los niños lloran. Hace frío. Las pupilas se dilatan y los ojos pican. El mundo al revés, es ahora. Aire tóxico. Aire ajeno. Aire propio. ¿Cómo te limpiamos? No hay tráfico excepto a las horas pico. De siete a siete suena como un toque de queda. Y la ciudad no se conmueve. Todos queremos culpar a alguien y no sabemos a quién. Todos somos responsables. Primero contaminamos el agua, hicimos del río un sujeto innavegable. Ahora contaminamos el aire y no sabemos si es reversible o es escalable. Y duele respirar. Se tose. Me asfixio. Me inhalo. Cruzo los dedos para que el asma no ascienda. Escucho decir que personas se han tenido que ir de la ciudad. La primavera eterna parece una postal de un mundo lejano. Y no queda más que esperar los nuevos conteos. Mirar de lejos la piscina y dudar hasta cuando saco a pasear a los perros.  Quizás sea bueno meditar. Meditar u orar por la salud de la ciudad. No caer en el terror y la victimización; imaginar la primavera, invocar al sol, sembrar una semilla de guayacán. Ser conscientes de cuándo es innecesario el uso del carro. Ir a trabajar de a dos, de a tres, de a cuatro. Ir a estudiar igual. Extrañar el deporte pero no abandonarlo (lagartijitas de a 100 en un recinto cerrado). No enviar a los chicos al colegio si están enfermos o resfriados. Acudir al médico si es necesario. Y de nuevo imaginar que el cielo se abre, que el esmog disminuye, que Medellín se cura.     

No hay comentarios: