lunes, 6 de marzo de 2017

De pies a cabeza

Conocí el mar cuando era bebé. Lo seguí conociendo desde entonces. En mis juegos con él, no era un amigo. Se parecía más a un adulto flemático, a veces concentrado, a veces disperso. Su aroma abrazaba al de la fruta que ofrecían en la sombrilla roja. Con frecuencia papá hacia señas para que regresáramos al centro porque nos estábamos acercando mucho a las piedras. Entonces nos tocaba caminar en el mar y era caminar contra una fuerza portentosa. Solíamos jugar a Supermán con las olas y también a quedarnos quietos, arrodillados, evitando que nos tumbara. ¡Cuánta sal tragué entonces! Los castillos en la arena eran un reto. Los baldes y las palas nos convertían en arquitectos por horas. Mamá, tan blanca, intentaba en vano seducir al sol pero lo máximo que lograba eran unas manchas rojas. El mar más apetecible era el lleno de conchitas y cangrejos en sus espolones. El atardecer, el momento más bello del día, cuando el señor sol parecía sumergirse en sus misterios. Entonces el agua también parecía naranja y la brisa traía una especie de nostalgia. La arena tenía las cicatrices de nuestro paso, la tapa de cerveza, la pepa del mango. Las palmeras, con cocos nacientes custodiaban la entrada, a un paso del malecón y de la calle. El cabello era un solo pegote. El raspao nos lo dejaron comer hasta que papá vio a uno de sus carros lavando el hielo en una fuente pública. De ahí en adelante agua de coco. Lo mejor, era cuando papá entraba al mar. Nos llevaba hondo. Allí donde teníamos que empinarnos y nadar. Estaba pendiente de todas al tiempo y cargaba a Moni en la espalda para que no fuera a tragar agua. Estábamos hondo pero no tan profundo. Siempre había hombres o mujeres inmersos en mayores profundidades. Él nos mantenía a salvo y con disfrute. A veces un alga se enredaba en los pies y gritábamos y luego reíamos y era una fiesta para todos. Las olas eran más grandes pero con él se pasaban como en la orilla. Salíamos con los dedos arrugados y no mirábamos atrás como si al mar le importara nuestro desprecio después de habernos tenido de pies a cabeza. Ahora visito el mar sin papá. Y por respeto a él, no voy a lo más profundo. Me quedo allí donde mis pies aún tocan el suelo y espero... cierro los ojos y en verdad siento verlo.  

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