miércoles, 29 de marzo de 2017

Infancia

Ni el frío la calza. Camina desnuda hacia el patio de la casa. Lee con entusiasmo a un nuevo poeta. Se desliza por la palabra metáfora. Recuerda a Borges con Shakespeare, a Wolfe y... a su madre. Sus primeras poesías fueron canciones. De la fuente y el chorrito, de la hormiga y su paraguas. De Bingo, en inglés y Cantoalegre después. Nunca entendió por qué Mambrú se fue a la guerra ni por qué era viejo el hospital de los muñecos. Tampoco se imaginó un espantapájaros bandido con lo aburridos que lucen de sol a sol en los cultivos. No quiso ser la Sirenita ni la Bella, ni dormir o estar al cuidado de un grupo de enanos. Prefería el lomo puro de Babieca, el sonido de sus cascos por la carrilera, la caña de azúcar, la piscina de piedra. El silbido de un pecho imperfecto, el inhalador de papá, el álbum Te quiero. Los huéspedes ilustres de la casa de la tía Ceci desfilan en su memoria como mayores a quienes no prestaba mucha atención por estar pintando una acuarela del jardín o recorriendo los lomos de los libros del tío y el Derecho. Nunca pensaba en cuando fuera grande porque ya era grande. Sus sueños eran mayúsculos. Estudiar y estudiar, leer y aprender. Compartir. Calcar la península de Yucatán y colorear el calquito por detrás y llevarla como tarea de Sociales sobre el territorio de Los Mayas. Cambiar Cantoalegre por Toña la Negra, Nat King Cole, Gardel y Lara. Adquirir gustos propios, querer a Giordano, ir a un concierto de Ricardo Montaner, cantar Será a todo pulmón. Pensar en David. ¿Desde cuándo comenzó a pensar en él? Al tiempo que comenzó a escribir. Aquí desde mi ventana pienso en ti y me pregunto por qué, cuándo y cómo sucedió. Me siento confundida, triste y silenciosa. Me faltas tú, tu mirada, tu sonrisa, tu voz... Y tampoco dejó de ser niña aunque prefería los pantalones a los vestidos y tuviera que llevar freno y resumir en una frase sus libros favoritos. La metáfora. Aún le falta mucho por leer pero ama hallazgos como la alcachofa de Mercedes Carranza. Es insegura pero tiene arrojo. Es terca y en algún punto amó tus ojos.  

lunes, 27 de marzo de 2017

Pentagrama

 El cielo parece un pentagrama. La tarde murmura nombres en alquiler. Decir  María, Bibiana o Sofía. Afirmar a Jairo, Augusto o Daniel. Sentir cuan cerca están los nombres. Cuan temprano es para empezar a vivir, qué cerca se está de una aventura, qué lejos la reflexión a no ser que el pasado resurja y convide a añorar lo que el tiempo quita. María es una víbora. Jairo un asesino. Augusto futbolista y Bibiana enfermera. Sofía vendedora y Daniel, abogado. Los seis están detrás de mí, esperando que los nombre, que les de voz. --Guantes a dos mil, tres a cinco mil--. ¡La billetera ya, pásela o lo chuzo! Le voy a cauterizar una vena, flojito. Y vos si creíste en lo que el te dijo, vos sos muy ingenua, no ves que tiene otra... Liga Pony Malta, campeones, no está mal. Apelo al recurso de muerte líquida (el recurso no existe pero a la creación le sonó interesante). Seis comienzos, seis intervalos, seis sucesos. Del pentagrama caen ligeras notas sobre la grama. La contaminación se ha dicho, ha disminuido. Los personajes emergen de un aire viscoso. El viento sopla a favor de nadie. Se me complicó la entrada pero estoy contenta. De repente Jairo intentó chuzar a Daniel quien terminó en la clínica atendido por Bibiana mientras María le habla a Sofía y esta la ignora para atender a Jairo. Muy forzado. Recordemos que es tan solo, un ejercicio.     

sábado, 25 de marzo de 2017

Pulmones migrantes


Un frío inglés me obligó a usar guantes. Mi ruana desdijo el horror de mi pecho descubierto. El té se me antojó de jengibre para aclarar una voz enjaulada en un tiempo apocalíptico. Sangre en la nariz, esmog en los ojos, lluvia en la pared. Me siento desprotegida y vulnerable. Pulmones débiles hacen parte de mí. Pulmones frágiles. Pulmones quizás migrantes. Todo lo tengo aquí. El desarraigo es un exilio para el que no estoy preparada. El frío me mata, el aire envenena, la sola nebulización no basta. Los esteroides corren por mí y aunque dilatan mi tórax, deprimen mi ánimo. Dos males en el mismo cuerpo combaten por colonizarme. La ciudad de Cavafis es precisa ahora. Los tiempos acorralan, angustian, agonizan y marcan. El sol es una esperanza encubierta. El dolor llama. Digo tu nombre, mi puerto. Digo tu nombre, Jose, mi resguardo. Tú, ciudad en mi ciudad, le das color a mi llanto.    

viernes, 24 de marzo de 2017

El mundo al revés

El invierno se queda atrapado entre el asfalto y las chimeneas industriales. Una diminuta lluvia perdura y azota. Los conductores permitidos se miran en los semáforos con desconsuelo. Las montañas están ahí pero no se ven. La bruma asciende. Los niños lloran. Hace frío. Las pupilas se dilatan y los ojos pican. El mundo al revés, es ahora. Aire tóxico. Aire ajeno. Aire propio. ¿Cómo te limpiamos? No hay tráfico excepto a las horas pico. De siete a siete suena como un toque de queda. Y la ciudad no se conmueve. Todos queremos culpar a alguien y no sabemos a quién. Todos somos responsables. Primero contaminamos el agua, hicimos del río un sujeto innavegable. Ahora contaminamos el aire y no sabemos si es reversible o es escalable. Y duele respirar. Se tose. Me asfixio. Me inhalo. Cruzo los dedos para que el asma no ascienda. Escucho decir que personas se han tenido que ir de la ciudad. La primavera eterna parece una postal de un mundo lejano. Y no queda más que esperar los nuevos conteos. Mirar de lejos la piscina y dudar hasta cuando saco a pasear a los perros.  Quizás sea bueno meditar. Meditar u orar por la salud de la ciudad. No caer en el terror y la victimización; imaginar la primavera, invocar al sol, sembrar una semilla de guayacán. Ser conscientes de cuándo es innecesario el uso del carro. Ir a trabajar de a dos, de a tres, de a cuatro. Ir a estudiar igual. Extrañar el deporte pero no abandonarlo (lagartijitas de a 100 en un recinto cerrado). No enviar a los chicos al colegio si están enfermos o resfriados. Acudir al médico si es necesario. Y de nuevo imaginar que el cielo se abre, que el esmog disminuye, que Medellín se cura.     

viernes, 17 de marzo de 2017

Epifanía

A Epifanía del azul, lo acompañas tú. Con tu memoria irisada y melancólica, con tu andar pesado y tu barba a tres días, sabes quién hizo el vuelo de los pájaros y también cuál fue el último nido de un dinosaurio. En tu biblioteca personal habitan dos mil libros. Ni uno más ni uno menos. Llegan y van, dejando ese número intacto, inamovible. A los favoritos se le suman nuevos favoritos y los no tan favoritos van a usados de primera donde un librero amigo les encuentra hogar. A tus zapatos de casa, les llora la suela pero estás muy apegado a ellos como para reemplazarlos. El baño social hace rato no contempla invitados y a la alcoba auxiliar solo te asomas para doblar toallas. La ciudad titila tras ventanales abiertos. El ocio te llega como una abominación. Tienes el don de estar despierto. La obsesión de ser productivo a cada instante. Tu programa de marketing es un éxito. Varios millones de visitas lo confirman. En la noche trabajas mejor porque hay más silencio. A veces llama Madrid para ver una película pero no siempre te coge con el ánimo de verlas. Otras llama Ismael con el ánimo de unos tragos pero prefieres tomarlos en casa que deambular por los costados de calles anodinas. Preferirías que tocara Lucía. Pero no es la misma desde que le dijiste que no querías nada serio. A las siete llama tu madre y pregunta si has comido bien. Ya olvidaste cuando fue tu última cena completa. A las nueve cierras los ventanales. Te fijas bien en el cielo porque quieres atestiguar el paso de un ovni. A las diez te calientas un té y prendes el televisor en las noticias. Todo está mal. Lo apagas. Abres la libreta de contactos y buscas el número de Lucía, el fijo quiero decir. Y marcas, y cuelgas antes de llegar al último dígito. Y vuelves al salón con su número pegado. Y lo marcas de nuevo, y es ella, una epifanía que se escucha en rosado. 

domingo, 12 de marzo de 2017

Dolor

Ladran mis coyunturas
             mis pliegues.
Aúllan mis falanges
gritan mis vértebras 
ulula mi dermis
tu nombre está escrito 
al anverso y reverso 
de mi cuerpo.

En mis pesadillas te alejas
allí donde no puedo tocarte
Mis besos se conjuran
cerca tuyo 
muy cerca.

Arde el silencio
lloran las horas
vacuidad carmesí
de restos y mudos 
                  violonchelos. 

Agito mis manos 
                incrédula
palpo el vacío 
un tramo 
la mutilación
un esperpento.

Y ladran aún más mis coyunturas
te reclaman mis pliegues
aúllan mis falanges
ulula mi piel
estás al anverso y reverso
de mi cuerpo.


lunes, 6 de marzo de 2017

De pies a cabeza

Conocí el mar cuando era bebé. Lo seguí conociendo desde entonces. En mis juegos con él, no era un amigo. Se parecía más a un adulto flemático, a veces concentrado, a veces disperso. Su aroma abrazaba al de la fruta que ofrecían en la sombrilla roja. Con frecuencia papá hacia señas para que regresáramos al centro porque nos estábamos acercando mucho a las piedras. Entonces nos tocaba caminar en el mar y era caminar contra una fuerza portentosa. Solíamos jugar a Supermán con las olas y también a quedarnos quietos, arrodillados, evitando que nos tumbara. ¡Cuánta sal tragué entonces! Los castillos en la arena eran un reto. Los baldes y las palas nos convertían en arquitectos por horas. Mamá, tan blanca, intentaba en vano seducir al sol pero lo máximo que lograba eran unas manchas rojas. El mar más apetecible era el lleno de conchitas y cangrejos en sus espolones. El atardecer, el momento más bello del día, cuando el señor sol parecía sumergirse en sus misterios. Entonces el agua también parecía naranja y la brisa traía una especie de nostalgia. La arena tenía las cicatrices de nuestro paso, la tapa de cerveza, la pepa del mango. Las palmeras, con cocos nacientes custodiaban la entrada, a un paso del malecón y de la calle. El cabello era un solo pegote. El raspao nos lo dejaron comer hasta que papá vio a uno de sus carros lavando el hielo en una fuente pública. De ahí en adelante agua de coco. Lo mejor, era cuando papá entraba al mar. Nos llevaba hondo. Allí donde teníamos que empinarnos y nadar. Estaba pendiente de todas al tiempo y cargaba a Moni en la espalda para que no fuera a tragar agua. Estábamos hondo pero no tan profundo. Siempre había hombres o mujeres inmersos en mayores profundidades. Él nos mantenía a salvo y con disfrute. A veces un alga se enredaba en los pies y gritábamos y luego reíamos y era una fiesta para todos. Las olas eran más grandes pero con él se pasaban como en la orilla. Salíamos con los dedos arrugados y no mirábamos atrás como si al mar le importara nuestro desprecio después de habernos tenido de pies a cabeza. Ahora visito el mar sin papá. Y por respeto a él, no voy a lo más profundo. Me quedo allí donde mis pies aún tocan el suelo y espero... cierro los ojos y en verdad siento verlo.