lunes, 20 de febrero de 2017

Turistas somos


Mis ojos barren las calles en busca de tu silueta. Mi humor se ha venido a menos. Añado horas en cama, duele despertar. No sé ahuyentar el vacío que me carcome por dentro. Divago. Trato de imaginar dónde te dejé. Pudo ser en Luxemburgo o en Viena. Quizás fue en Lima o La Paz. No pudo ser en Atlanta o New York. Tuvo que ser en Roma o en Venecia. Alguna góndola me mordió los pies. Alguna fuente me ahogó sin reservas. Tal vez te dejé en una cajuela de seguridad o frente a un cuadro de Caravaggio. Turistas somos, como viajeros nos comportamos. Nunca he sabido lo que es estar ligera de equipaje. Cargo con mis fantasmas. Saco a pasear a mis demonios. Prendo la luz para no verlos. Viajo a ras, es mucho peso. Y a ti, ligero, quién sabe dónde te perdí. Pudo ser en una librería, quizás en un concierto, en una taberna... es difícil decir. Ahora necesito viajar al mar. A mi costa atlántica, a mi adorada Cartagena. Solo allí podré curarme. Solo allí tendré sosiego. ¿Los fantasmas? beberán Kola Román y comerán piñitas (pan dulce) y se asustarán cuando visite la cripta de mi abuela. Y me dejarán tranquila para soñar. La bahía tendrá ese particular olor a piedra mojada con agua salada. La noche será sublime. Buscaré los mariscos en la esquina de San Diego y llevaré antisolar en vez de bronceador. Hablaré con mis tías y adoraré su acento una vez más. Me sentiré protegida, como cuando niña, y el vacío de ti no se notará.  

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