martes, 14 de febrero de 2017

Los Anturios de mi padre




Tus Anturios florecen en febrero. Salen tímidos anticipando quizás, una lágrima. Tus Anturios florecen y yo de a poco, muero. Evoco tu sonrisa con los ojos, tu torpe caminar. Los recuerdos se aglutinan hasta confundir o mentirme. Las prendas que usabas: la corbata azul y los zapatos uva, con el traje a duo -por supuesto- traen texturas a mi memoria. Tu dormir, como yo, al lado izquierdo de la cama nos hace cómplices. El cenicero vacío es falacia. Tu ansiedad de entonces, le suma peso a mis horas. Fueron pocos tus llamados de atención. Tu sinceridad me abría. El amor era excusa para discutir sobre grandes temas: el horror a la muerte, el deseo de prolongación. Mi promesa fue no deprimirme. Mis manos cerraron tus ojos... ¡Cuánto daría por una charla más! Por meter mis dedos entre tu cabello y apretar tus manos con todo mi cuerpo. Cuánto daría por un abrazo más, por tu voz, por tu ahínco. La terraza está desnuda sin ti. Las demás plantas son ajenas a mi mirada, solo los Anturios llevan mensajes de aquí para allá. Te dicen mis plantas que escribo y te escribo. No puedo responderte al si soy feliz porque la felicidad nunca es siempre. Tengo momentos felices. Todos debimos avanzar y has de saber que no siempre supimos cómo hacerlo. El dolor de ti, atropella mis quehaceres más sencillos. Partiste muy pronto, demasiado pronto quizás. Y sin embargo: en el momento preciso. Tu música me acompaña. Entre Agustín Lara y Lucho Bermudez trato de entender como veías la vida. Me pesan discusiones finales por asuntos triviales. Aún no sé perder y te he perdido.  Por eso hablo con los Anturios ahora que es un quinquenio donde aún no me resigno.    

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