viernes, 24 de febrero de 2017

La lluvia de las tres

Las toallas presumían de desorden en la terraza, ávidas del sol resplandeciente que se derramaba sobre ellas cuando un trueno lejano hizo crujir el cielo. Rápido Marta, recojámoslas ya. Eso nos pasa por contradecir a los vecinos. ¿Pero si no se secan así entonces cómo Doña Claudia? Es cierto. Son las tres y es viernes. Al rechinar de los frenos de los autos en la calle angosta se le suman los claxones desesperados y vivientes. No necesito salir --por lo menos--. Hice las vueltas temprano y ahora espero a Paulis. Los perros saben, porque ladran, no al unísono, uno detrás de otro. Las plantas agradecen la lluvia en pleno verano. Con rapidez cierro puertas y ventanas. El agua tiene sus mañas y una es colarse donde no ha sido invitada. Y llueve, y es una lluvia delgada, un manjar para los Eugenios y un toque de queda para los niños y las aves que se han ido, con las alas mojadas y los estómagos vacíos. Es tarde para soñar pero necesito una siesta, un café o un tente en pie. No has llamado. Desde adentro, palpo un dolor nuevo, un dolor de ausencia, un confín de alegatos tácitos y tormentas. Es prematuro lo sé, pero lo intuyo. Estás al borde del abismo, allí donde no puedo seguirte porque el pase es para otra persona. Estás al borde y no miras atrás. Adelante ofrecen entradas para un circo nuevo. Es loción de mujer eso que te pega. Es una carne joven aquella que te espera. No fallezco sin ti. Estoy entre notar o ignorar. Somos libres ¿recuerdas? Entonces decido ignorar. No por mucho. Tu alegría se parece a la de los Eugenios. Así de tanto hace que no llovía. Me hice verano, me acostumbré a tu sonrisa. Veremos cuánto dura tu tronar en el cielo. 

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