domingo, 26 de febrero de 2017

Un momento nada más

Aspiro cada esquina de tu rostro. Ansío tus huesos y tu carne, tus pecas y los lunares de tu espalda. Me duelen este silencio inamovible, esta distancia torpe, estos días frágiles. Leo a José Emilio Pacheco y una guerra me atraviesa. Las letras saben a ti. La prosa sabe a ti. El tiempo es inútil sin tu mirada escrutándome. Necesito de tu voz susurrándome el mundo, de tu abrazo mayúsculo. Quiero un momento contigo. Un momento nada más. Un momento y mentirte. Dos momentos, tres momentos, cuatro... es un rato lo que pido. Un rato para amarte. Mira que estoy aburrida conmigo. Solo hablo de ti. Soy como un semáforo averiado, como una intersección incompleta, como un latido tenue. Vamos, improvísame una taquicardia. Dale qué hacer a mis huesos. Estira mi mundo. Ignora mis defectos. Ponme a hablar despacio y pausado. Dime que te lea mi infinito. Salvaguarda mis temores. Desnuda mi ansiedad. Déjame acosarte o denúnciame. Dile al mundo que no te llaman mis huesos, que no ansías mi carne, que no te importa mi soledad. Pídeme un momento. Arañemos el rato. O denúnciame. Di que no respeto tiempo ni distancia, que soy otra, que te quieres librar de mí. Tatúa tu adiós en mis córneas. Déjame tu silueta mientras tanto.     

viernes, 24 de febrero de 2017

La lluvia de las tres

Las toallas presumían de desorden en la terraza, ávidas del sol resplandeciente que se derramaba sobre ellas cuando un trueno lejano hizo crujir el cielo. Rápido Marta, recojámoslas ya. Eso nos pasa por contradecir a los vecinos. ¿Pero si no se secan así entonces cómo Doña Claudia? Es cierto. Son las tres y es viernes. Al rechinar de los frenos de los autos en la calle angosta se le suman los claxones desesperados y vivientes. No necesito salir --por lo menos--. Hice las vueltas temprano y ahora espero a Paulis. Los perros saben, porque ladran, no al unísono, uno detrás de otro. Las plantas agradecen la lluvia en pleno verano. Con rapidez cierro puertas y ventanas. El agua tiene sus mañas y una es colarse donde no ha sido invitada. Y llueve, y es una lluvia delgada, un manjar para los Eugenios y un toque de queda para los niños y las aves que se han ido, con las alas mojadas y los estómagos vacíos. Es tarde para soñar pero necesito una siesta, un café o un tente en pie. No has llamado. Desde adentro, palpo un dolor nuevo, un dolor de ausencia, un confín de alegatos tácitos y tormentas. Es prematuro lo sé, pero lo intuyo. Estás al borde del abismo, allí donde no puedo seguirte porque el pase es para otra persona. Estás al borde y no miras atrás. Adelante ofrecen entradas para un circo nuevo. Es loción de mujer eso que te pega. Es una carne joven aquella que te espera. No fallezco sin ti. Estoy entre notar o ignorar. Somos libres ¿recuerdas? Entonces decido ignorar. No por mucho. Tu alegría se parece a la de los Eugenios. Así de tanto hace que no llovía. Me hice verano, me acostumbré a tu sonrisa. Veremos cuánto dura tu tronar en el cielo. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Turistas somos


Mis ojos barren las calles en busca de tu silueta. Mi humor se ha venido a menos. Añado horas en cama, duele despertar. No sé ahuyentar el vacío que me carcome por dentro. Divago. Trato de imaginar dónde te dejé. Pudo ser en Luxemburgo o en Viena. Quizás fue en Lima o La Paz. No pudo ser en Atlanta o New York. Tuvo que ser en Roma o en Venecia. Alguna góndola me mordió los pies. Alguna fuente me ahogó sin reservas. Tal vez te dejé en una cajuela de seguridad o frente a un cuadro de Caravaggio. Turistas somos, como viajeros nos comportamos. Nunca he sabido lo que es estar ligera de equipaje. Cargo con mis fantasmas. Saco a pasear a mis demonios. Prendo la luz para no verlos. Viajo a ras, es mucho peso. Y a ti, ligero, quién sabe dónde te perdí. Pudo ser en una librería, quizás en un concierto, en una taberna... es difícil decir. Ahora necesito viajar al mar. A mi costa atlántica, a mi adorada Cartagena. Solo allí podré curarme. Solo allí tendré sosiego. ¿Los fantasmas? beberán Kola Román y comerán piñitas (pan dulce) y se asustarán cuando visite la cripta de mi abuela. Y me dejarán tranquila para soñar. La bahía tendrá ese particular olor a piedra mojada con agua salada. La noche será sublime. Buscaré los mariscos en la esquina de San Diego y llevaré antisolar en vez de bronceador. Hablaré con mis tías y adoraré su acento una vez más. Me sentiré protegida, como cuando niña, y el vacío de ti no se notará.  

Caracoles libres

¿Qué hará mi ausencia en ti? ¿Mi caminar pausado, mi libre elección de un vals, la boca entreabierta y los omoplatos expuestos? ¿Qué hará la curva de mi hombro sin tu dedo dibujándola? ¿Qué hará tu tacto? Me verás al atardecer o será la madrugada, testigo de mi silencio en ti. Cómo sospechar tu rutina sin mí. Si es que existe un sin mí. Podrías adolecer de un conmigo. Así estaría en el arte que anhelas, en los atardeceres grises, en el perfume de mi voz. Me escucharías llamándote o no escucharías nada. El revés de un verso sería mi cómplice y tu mirada dulce, el censo de un paisaje que compartimos. Pero tú sin mí... sin más palabras atravesando tu dermis, sin mis ojos arrugando el espacio, sin el lecho esparcido y distante, sin la costa, sin los caracoles, sin el coco. Libre. Libre por fin. Ajeno al deseo y a la gloria. Cantante. Evocador. Caminante de olas y penurias. Sin mí. Sin mi risa acosándote. Sin mis manos entrelazadas a las tuyas. Sin mis ojos como ruta. ¿Doleré? ¿Añorarás? ¿Qué fragmentos de mi piel te habrás llevado sin que lo notara? El seno desnudo. El bostezo de mi ombligo, la carrera de mis piernas. Existe un sin mí que está tan lleno de contigos.  Estás en mi atardecer, en la aurora, en mi caminar, en la premeditada elección de un vals, en los omoplatos cubiertos, en el derecho de un verso. Dueles... y añoro. Mi libertad sin ti, no es la gran cosa, me sentía más libre a tu lado. Ahora vago entre recuerdos de la costa y el muelle. Estoy sin ti, contigo. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Abruma tu luz

Abruma tu luz. La enmarcada lucidez de un hombre entero. Los años exacerbados en pro de un cambio. La silueta del destino dibujando una cruz sobre mi mapa. Territorio baldío con agrestes colinas, desérticos planos. Con áridas voces de un inframundo irresuelto; demonios carmesí y ángeles negros. Atormenta tu luz. Tu adorable permanencia en la periferia. Mis recursos lingüísticos haciéndote señas desde una isla desierta. Toda mi oscuridad aglutinada en un esfuerzo mundano por aniquilarme de un sablazo. El odio de mí pidiéndote que lo quieras. Mi orfandad en tus brazos. Tu bondad, superponiendo la verdad al silencio. ¿Adónde nos llevas? Nuestra fe en un mundo mejor no se quiebra. ¿Qué haría sin ti? Me tiendes la mano y es un puente. Sos un puente. Contigo no lloran las horas ni sudan los versos. Fluye. Tu mano es puente que fluye. Y no puedo más que estar agradecida de tenerte. Contigo juegan catapis mis desaciertos. Lanzo la bola, recojo un tormento. Vuelvo a ser niña y olvido el odio por mí misma. Abrazo a un perro. Me lleno de barro hasta los cimientos. No dejo de buscar figuras en la luna ni de soplar esas flores que se llaman pensamiento. Llevo las medias del uniforme hasta la rodilla y leo a José Luis Martín Vigil en mi asignatura de español. No sé quién soy y al parecer disfruto ese desconocimiento. Abrumar no tiene una connotación negativa. Es la que siente aquel muchacho con Fray León. Y aún no llegas tú. Aún no caigo yo. Para saber quién era tuve que caer tantas veces... Ahora tu amistad me rescata y admiro todo lo que sos en todos los recovecos de tu existencia. Y sí, son tiempos agrios, oscuros, siniestros pero aquí llega tu luz. Es dulce mi infierno. 


martes, 14 de febrero de 2017

Los Anturios de mi padre




Tus Anturios florecen en febrero. Salen tímidos anticipando quizás, una lágrima. Tus Anturios florecen y yo de a poco, muero. Evoco tu sonrisa con los ojos, tu torpe caminar. Los recuerdos se aglutinan hasta confundir o mentirme. Las prendas que usabas: la corbata azul y los zapatos uva, con el traje a duo -por supuesto- traen texturas a mi memoria. Tu dormir, como yo, al lado izquierdo de la cama nos hace cómplices. El cenicero vacío es falacia. Tu ansiedad de entonces, le suma peso a mis horas. Fueron pocos tus llamados de atención. Tu sinceridad me abría. El amor era excusa para discutir sobre grandes temas: el horror a la muerte, el deseo de prolongación. Mi promesa fue no deprimirme. Mis manos cerraron tus ojos... ¡Cuánto daría por una charla más! Por meter mis dedos entre tu cabello y apretar tus manos con todo mi cuerpo. Cuánto daría por un abrazo más, por tu voz, por tu ahínco. La terraza está desnuda sin ti. Las demás plantas son ajenas a mi mirada, solo los Anturios llevan mensajes de aquí para allá. Te dicen mis plantas que escribo y te escribo. No puedo responderte al si soy feliz porque la felicidad nunca es siempre. Tengo momentos felices. Todos debimos avanzar y has de saber que no siempre supimos cómo hacerlo. El dolor de ti, atropella mis quehaceres más sencillos. Partiste muy pronto, demasiado pronto quizás. Y sin embargo: en el momento preciso. Tu música me acompaña. Entre Agustín Lara y Lucho Bermudez trato de entender como veías la vida. Me pesan discusiones finales por asuntos triviales. Aún no sé perder y te he perdido.  Por eso hablo con los Anturios ahora que es un quinquenio donde aún no me resigno.    

sábado, 11 de febrero de 2017

Orillas sin ti

Estoy sin ti. Sin ti conmigo. Se me hace agua la boca con pensar en tus labios y siento dolor al recordar tu última caricia. Estoy sin ti conmigo. Porto tu acento y los lunares que te gustan. Clamo por ti. El espejo me ha dicho ¡hasta nunca! No le he creído. Escucho las marchas, veo tu mano agitando una varita imaginaria. En el sur de mi vida eres amuleto. Posees el don de la ternura. Habitas mis costas, te bajas en mis orillas. ¿Qué será de mis orillas sin ti? ¿Se agitarán mis costas? Atracara un crucero... En el sur de mi cuerpo eres caricia. Tu violencia me atrapa. Con delicadeza me robo tu clavícula. Te miro de perfil. Te arranco un pedazo de rostro, lo inmortalizo. Discuto con lo que queda de ti. Tomo la varita. Invento una melodía. Lloro tu ausencia como se lloran los hijos. Respiro hondo, araño el recuerdo de un beso. Soy Eva. Te me antojas Adán. Te di a morder el conocimiento de mi cuerpo. Te regalé la aurora. Te hice poema. Inhale tu adiós. Me congestioné al instante. No sé perder y tanto he perdido. No sé perder y tampoco ganar. No entiendo el ganar un poco. Y llega el asomo de tus ojos. La dulce luz que los viste. El brillo que los nombra. Entre tus ojos y tú, perdida. Entre tus ojos y tú, hallada. ¿Hasta cuándo sin ti? Luz hasta entonces.


París

Un nocturno. Cuatro dosis de confianza. Alegría sin ti. De ninguna otra forma te habría gustado verme. Chopin. La adorable redundancia en mi música clásica. El callejón perfecto, la salida más dulce. Aquella esquina en París frente al Ritz. Las notas perforando mi sien. Tu tácita compañía. Mi conversación al morir la tarde. Un vino. Los pasos sobre adoquines en rombo. La Torre. Hinchas borrachos. Antonio y la pata de pato. La pata de pato, exquisito plato. Los columpios mecánicos. La librería en francés, mi analfabetismo. Las portadas de los libros de fotografía, el blanco y negro supremo. El olor del papel. El Louvre desierto... distracción, el Louvre atestado, el mundo queriendo fotografiarse con Leonardo. La Victoria de Samotracia, aquellas alas enormes, aquel lino en mármol. Versalles sin el salón de los espejos, inconcebible. La Bastilla. Los inválidos. El arco sin triunfo, la rotonda en movimiento. Los Campos Elíseos. Lo que evoca un nocturno. 

lunes, 6 de febrero de 2017

En espera del alba

Desperté a las tres sin una pizca de sueño. Fui a la cocina por chocolate con leche y me senté a esperar que el sueño regresara. No fue así. Di vueltas en la cama. Me asusta el insomnio pero lo tomé por los cachos y vine a hacer algo productivo con él. Es adorable el silencio de las cuatro. A ratos se escucha un carro o una moto pero a lo lejos. A lo lejos alguien llama. No tardan en llegar con el periódico y la leche. Ya hay luces encendidas en apartamentos vecinos. Gente que madruga para hacer rendir el día. El silencio me sobrecoge. El silencio me abruma. Dos autos en la carretera pasan veloces sin saber que los escucho. El freno de una volqueta se siente potente. Tengo la ventana abierta y es fresca la madrugada. Me pregunto a qué hora sale el rocío, a qué hora se condensa quiero decir. Y escucho las primeras aves  despertar. El cielo es más oscuro y recuerdo a mi padre cuando decía que cuando la noche se pone más oscura se aproxima el amanecer. Profundo eso. Hay que darle oficio a la noche para que no pese. Bostezar, ver como es factible que regrese el sueño, si regresa. Pensar en todas mis oscuridades reunidas: un aquelarre de incertidumbres y angustias. Un aquelarre con un camión reversando justo en la portería, ¿la leche? 
Esta semana se han entrado dos mariposas a la casa. Una chapola grande y café y una pequeña con adorables puntos naranjas. La última debe seguir aquí. A la primera la saqué aún con el terror que me producen. El impacto de sus alas pesadas y su ligero tropezar. Siempre pienso que son emisarias de algo. Como del insomnio por ejemplo. 
Ya faltan 10 para las 5 y creo que voy a ver el amanecer. El cielo está despejado así que será bello. Si aguanto porque llevo varios bostezos. El frío, se intensificó. Hago un paréntesis y leo a Jose Emilio Pacheco mientras descubro –por redes– que ya se levantó una de mis tías. Pronto la web será un lugar habitado con un día 6. Estoy esperando el amanecer entre píos y un globo que descubro tras mi ventana.  También pronto se levantará mi hijo para asistir al colegio. Se sorprenderá al verme despierta. Ya sonó su alarma. Ya me vio en el estudio, ya se sorprendió. Los pájaros ya se despertaron todos. Aún no aclara el día. Hice trampa, me recosté un segundo. ¡Pero si faltan minutos para el alba! Unos atletas disciplinados salen a hacer ejercicio. Y nada que llega el día. Falta un cuarto para las 6 y no aclara. Estoy ansiosa es evidente. Comenzó a aclarar. Apagaron las luces de afuera. Una nube rosa delata la presencia de luz. Y amaneció...


miércoles, 1 de febrero de 2017

Para qué despierto al olmo si no tengo nada que decirle. Mejor escucho al guadual sediento tras la piscina, con este verano inmóvil y le doy a beber unos cuantos baldes. Para qué escucho el rumor de sus tallos si también saben de ti y mi espera. Mejor me sumerjo y hago del baño de luz un baño sagrado. Elijo creer que el amor no es líquido y que el placer no es esquizofrénico. Sin embargo a veces duele, lacera, corroe, desquicia. Y el canto del guadual te pregunta. Cada que se arquea menciona un habitar tuyo en mi memoria. Una manera de cruzar las piernas, una forma de mirar. Cientos de estilos de besar. Una temperatura casi uniforme. Dos colores que te lucen más. Tenis para salir corriendo si yo tiemblo. Vasos bajos para tragos fuertes. Emisoras locales, emisoras nacionales. Música de cámara. Retrato en fuga. Como te amo entre las cinco y las seis cuando la luz se va... cuando tu luz me toca.