miércoles, 25 de enero de 2017

Los perros


Mi vida estaría incompleta sin los perros. Desde que era una niña jugaba con los ajenos. Soy asmática y crecí creyendo lo que decía Papá de que no podíamos tenerlos. En las fincas, podía pasar horas acariciando a un Labrador o rascando las orejas de un Pastor Alemán. Cuando me mude a Ontaneda tuve la fortuna de tener de vecina una casa grande con tres perras: Any, Lina y Laura. No me pregunten por los nombres. Laura era la más brava y me la gané a punta de costillas que recogía en los almuerzos de casa. Bajaba y le pasaba por la reja los huesitos. Con el tiempo llegó a despedirme en la mañana y a esperarme en la reja al llegar del colegio. Le silbaba desde la ventana y se hacía en la explanada del jardín a mirarme. Mi sueño estaba casi completo cuando nos mudamos. Un pedazo mío se quedó con esa Afghana. Luego, en la universidad, solía parar en Kanú de la 10 para mirar los perritos en la vitrina. Cuando tenía tiempo, porque siempre sobraban ganas, entraba y me ofrecía a bañar los que llegaban a peluquería. Otras veces, iba con mi hermana y nos deleitábamos horas con los cachorros de pug que llegaban desde el criadero. Y sucedió un milagro: al almacén llegó una pug negra que por alguna razón ninguna familia escogía. Se me hizo habitual ir por esos días. Iba, me desinfectaba las manos y jugaba con ella. Establecimos una conexión profunda. Ahorré y convencí a mi madre de dejarme tenerla. Fue el año más maravilloso que recuerdo. Salía sin collar y no se desprendía de mi paso. Se subía a la mesa, pero no era dañina. Dormía conmigo y era seguro dormir. Sin embargo el clima empeoró y mi asma también lo hizo. Mi madre me llevó al neumólogo y su orden fue salir de Luna. La decisión fue devastadora. La dejamos con un veterinario amigo que le encontró un hogar con mucho amor. Todavía me siento culpable de ese abandono. Y luego, después de muchos años, llegó Víctor. Hay entradas en este blog sobre él. Un pug carlino, maravilloso. Y cuando me creía completa, mi hijo me pidió uno para él y Cosmo llegó para acompañarnos. Desde entonces dormir una siesta es un plan para tres. En la noche, la cama es de cuatro o cinco y aunque no tengo que darles huesos, soy necia en la mesa con la comida, me parece infame no compartir. También les compro la carnita preparada que vende Dog Chow y ese es su filet mignon. A las seis, llegan al estudio en ronda. Se paran en patitas y me miran fijamente. Es la hora del paseo. Inamovible, inaplazable. Y los mismos arbustos siempre son distintos para ellos. Están cargados de información sobre los otros habitantes del condominio, sobre el estado en calor de las hembras, sobre el último poste elegido por el macho dominante, sobre la ubicación del último amigo y así... volvemos a casa y ladran con propiedad por las terrazas. Les gusta acostarse temprano y lo hacen sentir cuando me paso de horas en el estudio por algo. Una vida con perros es una vida dulce. Se desarrollan otros lenguajes, se interpretan las miradas, es uno quien se gana las caricias, es adorable. Es una lástima que no podamos decirles gracias y que nos entiendan, que toda su bondad y magnificencia es un regalo para el que no estamos preparados pero con el cual fuimos bendecidos. 

2 comentarios:

Alejandra dijo...

Una entrada especial, con nostalgia, amor y amistad. Los perros, esos amigos que siempre tienen ternura y son compañía incondicional. Qué suerte tienes de tenerlos, de poder hacer siestas con ellos, que te hablen a su manera y que sean familia.
La sensibilidad de la vida la expresas en tu poesía cada vez con más y más delicadeza, tus palabras crean espacios, sueños, emociones. Como lectora solo puedo agradecerte por abrir las puertas a nuevos descubrimientos, y dejar que el aire circule en la casa para inspirarnos y seguir en la aventura. Buena mar bitácora.

Claudia Restrepo Ruiz dijo...

Dejar que el aire circule... me gusta tu propuesta.
Vamos a ver qué sigue...
Gracias Aleja.