miércoles, 4 de enero de 2017

Lluvia tenue


Cuatro de enero.
Cosmo, mi perro, olfatea la orquídea en el jardín. No hace calor. Está nublado. Ventea. Los adornos de Navidad comienzan a fastidiarme. Aún no llegan los reyes, pero nunca fue tradición en mi familia celebrar su llegada. Estoy esperando a alguien más. Un ser disfrazado de lluvia que me tome por sorpresa y cubra mis ojos. Y parece que me escucha porque diminutas gotas comienzan a sonar sobre el tejado. Ahora Víctor ladra (sí, son dos) y Cosmo se hace bajo mis piernas dobladas. Es un concierto esto que escucho. Con una podadora de fondo mutilando el pasto. El concierto sube de tono. No hace frío. Llovizna. Tus ojos humo se pierden en el ligero aguacero que comienza. Gotas largas, gotas firmes, gotas anchas. La podadora no se calla. También hay Anturios en mi terraza. Anturios blancos, anturios rojos y una abundancia que huele a asfalto húmedo. Pensé poner música pero supe que estaría atentando contra la belleza natural. Me antojé de una paleta de coco y traté de recordar cuándo fue la última vez que comí una. Tuvo que ser contigo amor. Tuvo que ser contigo. Debió llover o atentar llover y quizás otra Navidad se desdibujaba. Ahora hace sol. Un arcoiris en algún lugar debe sorprender con su belleza. La podadora se calló, terminó su jornada, se intimidó. Parece no ser mucho lo que transcurre en un jardín de casa. No hay laberintos ni figuras, ni aves tras un bocado. Está la bicicleta rota, la manguera empinada, los Eugenios casi calvos, el helecho en el suelo y el cuerno con un par de hojas secas. Más sol... escampa. Tu figura encallada hace eco en mi mirada. En algún rayo de sol te busco. En alguna hoja mojada te palpo. 

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