sábado, 28 de enero de 2017

Canción muda


Me quema el tiempo en que no estás. La burbuja amarilla en las pompas de jabón. El salado roce de un ejercicio incompleto. La música de Dustin O`Halloran. El labial sin besos. Los dedos sin anillos. Las esferas del cielo. Una nube unicornio y un cardumen de palomas en pleno vuelo. Me duele el silencio tras el verso. Mi callada inquietud frente a un manifiesto. La alcachofa de Mercedes Carranza que solo he probado como adorno en pizzas en restaurantes con manteles de cuadros rojos. Me arde el silencio. El esperarte en Ayurá, la estación del Metro y ver bajar docenas de hombres que ni se te parecen. Encontrarte al fin entre el tumulto. Distinguirte por esa gorra plateada y esos jeans con ratoncillos dentro. El chicle de hace dos estaciones. La agenda de este año en una del año pasado. Los libros en la mochila. Tú última argumentación de lo ilógica que te resulta la clase de química. Mi cambio de emisora hacia la electrónica. Tu afán de ir a la Jaula a enfrentarte con tus amigos en fútbol. ¿Te quedarás? Aún no lo decido. Mamá... aún elijo verte chico. Hace dos años cantábamos la canción de la mamá y el niño. Ya no. A ningún hombre le gusta ser el niño de mamá. Y como tengo que hacer ese duelo, elijo ponerte al volante y ser yo quien mire por la ventana del auto.       

miércoles, 25 de enero de 2017

Los perros


Mi vida estaría incompleta sin los perros. Desde que era una niña jugaba con los ajenos. Soy asmática y crecí creyendo lo que decía Papá de que no podíamos tenerlos. En las fincas, podía pasar horas acariciando a un Labrador o rascando las orejas de un Pastor Alemán. Cuando me mude a Ontaneda tuve la fortuna de tener de vecina una casa grande con tres perras: Any, Lina y Laura. No me pregunten por los nombres. Laura era la más brava y me la gané a punta de costillas que recogía en los almuerzos de casa. Bajaba y le pasaba por la reja los huesitos. Con el tiempo llegó a despedirme en la mañana y a esperarme en la reja al llegar del colegio. Le silbaba desde la ventana y se hacía en la explanada del jardín a mirarme. Mi sueño estaba casi completo cuando nos mudamos. Un pedazo mío se quedó con esa Afghana. Luego, en la universidad, solía parar en Kanú de la 10 para mirar los perritos en la vitrina. Cuando tenía tiempo, porque siempre sobraban ganas, entraba y me ofrecía a bañar los que llegaban a peluquería. Otras veces, iba con mi hermana y nos deleitábamos horas con los cachorros de pug que llegaban desde el criadero. Y sucedió un milagro: al almacén llegó una pug negra que por alguna razón ninguna familia escogía. Se me hizo habitual ir por esos días. Iba, me desinfectaba las manos y jugaba con ella. Establecimos una conexión profunda. Ahorré y convencí a mi madre de dejarme tenerla. Fue el año más maravilloso que recuerdo. Salía sin collar y no se desprendía de mi paso. Se subía a la mesa, pero no era dañina. Dormía conmigo y era seguro dormir. Sin embargo el clima empeoró y mi asma también lo hizo. Mi madre me llevó al neumólogo y su orden fue salir de Luna. La decisión fue devastadora. La dejamos con un veterinario amigo que le encontró un hogar con mucho amor. Todavía me siento culpable de ese abandono. Y luego, después de muchos años, llegó Víctor. Hay entradas en este blog sobre él. Un pug carlino, maravilloso. Y cuando me creía completa, mi hijo me pidió uno para él y Cosmo llegó para acompañarnos. Desde entonces dormir una siesta es un plan para tres. En la noche, la cama es de cuatro o cinco y aunque no tengo que darles huesos, soy necia en la mesa con la comida, me parece infame no compartir. También les compro la carnita preparada que vende Dog Chow y ese es su filet mignon. A las seis, llegan al estudio en ronda. Se paran en patitas y me miran fijamente. Es la hora del paseo. Inamovible, inaplazable. Y los mismos arbustos siempre son distintos para ellos. Están cargados de información sobre los otros habitantes del condominio, sobre el estado en calor de las hembras, sobre el último poste elegido por el macho dominante, sobre la ubicación del último amigo y así... volvemos a casa y ladran con propiedad por las terrazas. Les gusta acostarse temprano y lo hacen sentir cuando me paso de horas en el estudio por algo. Una vida con perros es una vida dulce. Se desarrollan otros lenguajes, se interpretan las miradas, es uno quien se gana las caricias, es adorable. Es una lástima que no podamos decirles gracias y que nos entiendan, que toda su bondad y magnificencia es un regalo para el que no estamos preparados pero con el cual fuimos bendecidos. 

lunes, 23 de enero de 2017

Ciénaga


El almíbar de mi devoción proviene de tu boca. El saladito de la lágrima, de tu pérdida. Desde que no visitas mis costas me siento en el muelle de San Blas. Mi cordura se alista para pasar examen y el insomnio delata mi ansiedad. Una hamaca triste mece mis horas. Entre Carranza y Jaramillo, intento leer el amor en el amor que ha sido dicho y es la cotidianidad una hoz de la pasión, un alegato de rutina. No tenemos eso, no. No discutimos por los servicios. Hablamos a calzón quitado de mi locura y le tomamos la temperatura a un gesto. Despierto en las mañanas buscando tus ojos esculcarme. Y la cama vacía es una cama sucia, es una cama perversa. No me provoca tenderla ni cambiar los cojines, ni sacudir la tierra que los perros entran a la casa. El saladito se ha hecho ciénaga y manglar. Tu guitarra me ha sorprendido tocándola a golpes. Tus habanos, con ganas de fumar. No estás en el amor que otros mencionaron, no te pareces a esta soledad. Un muro blanco tejí entre sueños con un papelito arrugado con tu nombre escrito. Y tienes que perdonarme pero era necesario. Tenía que construir una barrera entre tu y yo, porque me esculcaste mucho, tanto... que no supe donde más esconderme ni a quien más inventar. Llegaste a mi raíz. Descubriste mis pasiones musicales, mis personajes favoritos, mi intimidad sin ti y no tuve más remedio. Ahora el muro se yergue al sol y hay pimienta en mis manos. Preparé tu platillo favorito por si acaso. 

Si p entonces no q


¡No puede ser! El basto infierno que no fuimos, la cama destendida que dejamos esperando, el ocaso triste sin nuestras risas, mi tatuaje sin tu caricia. Encallada, desnudo el día en que nos conocimos. La perezosa noche de compromisos y alter ego con mi mirada desconociendo la tuya. Mirada virgen sin ti, mirada sosa,  mirada declive. No puede ser que nos perdimos al reconocernos amigos. No habría de sospechar tu sabor ni tu olor. No habría de anhelar tu humor diurno. Estaríamos confinados a la noche y los sueños. A las cartas y a los versos. ¡El infierno que no fuimos! Aquel postulado de lógica contradiciendo una unión como la nuestra. Si p entonces no q. ¡La cama destendida! Nos espera en una fría maleza. Llegues tú, llegue yo, llegaremos ambos. Y el musgo de tu despedida será almohada para mi lecho. ¡El ocaso triste! sin nuestras risas, sin nuestro pálpito, sin nuestro juego de referencias y citas, sin nuestros nombres de mujer bañando la literatura. ¡Mi tatuaje! cicatriz marina de una cruz náutica que no vive cerca de las olas. Añoranza infinita de una tarde en que infierno, te conocí.   

martes, 17 de enero de 2017

El censo




Hace frío. Llueve también. Ojeo poemas de Sylvia Plath. Escucho algo de Wolf Larsen. Bebo café, el último café del día. Pienso en llamarte. ¿Qué te diría? Se asoman mis ganas de poblarte a besos. Se asoman apenas. Las contengo. No las dejo salir. Porque para poblarte a besos tendría que responder a tu precio justo de alquiler y solo tengo lo que llevo conmigo. Dos billetes arrugados en el bolsillo con una moneda de mil. Eso sí, estoy habitada. Puedo canjear uno de mis habitantes por dos fragmentos de tu sonrisa. Puedo decirle a otro que el abrazo es dulce y que no estamos en dieta. Puedo invocar tus habitantes. Decirle al señor de Gris que me gusta su bufanda. Hablar con el de Blanco y pedirle un consejo. Intentar calmar al Rojo que se golpeó con la mesita de la sala. Hacer que sople el aire el Azul y que comparta su intelecto el Amarillo. Puedo hasta intentar convecerte de poblar las esquinas de tus cosas. El libro en la cómoda, el cuadro en la pared, el pocillo cuadrado. Puedo intentar ir también a tus raíces. Buscar un sabor de la comida de tu tierra. Preparar un bocadillo. Decirte cómo adoro una aceituna o un champiñón, confesarte que aprendí a comerlos adulta y que ahora me provoca es un Gin&Tonic. Un Gin... y tú. No ha servido para nada este ejercicio. Dejé salir las ganas y ahora tengo que censarlas.      

viernes, 13 de enero de 2017

Quiero


Invoco el peso de tu sonrisa, la elegancia de tu esencia, el cuerpo de tu caricia. Calmas mi ansiedad, devoras mis miedos, arrullas con ternura mi inseguridad. Haces que quiera transitar contigo el laberinto de un cosmos violeta. Arrugas mi perversidad, domas mi rebeldía, igualas mi curiosidad. Estás al oeste de mi vida, a la izquierda de mi soledad. Junto a ti hurgo los pañales de las ideas. Por ti inflo globos de helio con mirada al cielo. Es a ti a quien veo en cada atardecer, en cada nube huraña... en cada ave dispersa...  en cada hoja viajera... Y no, no quiero mirar más el fondo del abismo. Ya no quiero acompañar a Orfeo. Ya ha tenido bastante de mí la laguna Estigia. Quiero acompañar al sol en un amanecer. Quiero subir corriendo al Olimpo y ser un mensaje de Hermes para ti. Quiero sellar mis cartas con cera y besar los sobres que van dirigidos a ti. Quiero incendiar mi oscuridad para ser solo una llama.  Una llama que se apaga. Y tener el don del fénix para avivar la chispa cuando las palabras revelen mis deseos de adorarte.  Eso, me basta. 

La desaparecida

Y si decidiera desaparecer. Si lograra mudar mi esquina, ¿adónde me buscarías? ¿me buscarías? Sentirías acaso el flagelo triste de un adiós en entredicho... verías rastros de mí tras mis cosas. Abrirías mis libretas, leerías mis diarios... ¿acusarías a mi soledad? Qué dejarían en tu recuerdo vago la ausencia de mis besos y caricias. ¿Colmarías de anuncios los diarios? ¿Harías cadenas por la verdad? Te leerías en mí y sentirías pánico. No habrías visto cómo te adoré y te preguntarías el vano por qué. Notarías entonces la punta de mis lápices, mi libro de Mandalas, mi cariño hacia Sogyal Rimpoché. Buscarías las fotografías donde te amé. No era a mí a quién retrataba, era mi amor por ti lo que evidenciaba. Te acostumbraste a verme y me hice parte de tu paisaje. Con el tiempo dejaste de escucharme. Ya no leías mis notas ni me preguntabas dónde estuve. Y entonces tuve que desaparecer primero frente a ti antes de llevarme lo poco que de mi quedaba. Aprendí a acostarme antes que tú y a despertar después para no notar cuándo te marchabas. Viví tu silencio durante semanas hasta que me atreví a poner un pie fuera de casa. Descubrí atardeceres grises y moradas mágicas. Me mecí en un columpio y dejé que mis pies volaran. Fui hasta el origen de los víveres y hasta el fin de obras literarias. Y ya había desaparecido cuando lo noté. Tomé el Metro y me bajé en la última estación. Caminé hasta que me dolieron los pies y me senté ilusamente, a esperarte. 

miércoles, 11 de enero de 2017

Exceso de coco

Carezco de tu sonrisa. Adolezco de tu ausencia. Soy punto cardinal al sur. Tú estás al norte de mis batallas. Un capricho es una canción que se lleva bien con la guitarra y también es el nombre de un helado con finura de galletas trituradas. La noche, es un evangelio según mis búsquedas. Hay flores en la pared y mujeres en la ventana. Espectros testigos y ruiseñores... conjugaciones, submarinos, bardos y abismos. Arena plateada de Castillogrande. Cocodrilo de mar. Iguanas salteadas. Cocos en las nubes, cocos en aceite, aderezos de coco, limonadas blancas. Ansío el mar que no tengo. El mar que no he visto. La ola que irrumpe, el crucero que llega. Anhelo la batea de frutas, el raspado con cola, el mango ácido y la cerveza roja. Me urge el Caribe. Me llaman sus aguas. Extraño sus vientos, sus brisas, sus coletazos de huracán hembra. Me urge muralla. Tímido beso de cachaca enamorada. Acento sin ese, caribe en las lenguas, caribe en las hojas. Buganvilia rosada trepando por los balcones. Buganvilia morada en los patios como bosques. Ansíame Caribe, llévame a ti, condúceme por el malecón de su mano. O déjame perdida en esta urbe sin playas. Pero no digas luego que no te advertí que mi cordura necesita de la sal en el cuerpo, del exceso de coco, del portal de los dulces y la esquina aquella en Santo Toribio donde descansar el paso.  

martes, 10 de enero de 2017

De esos primeros novios

Cuando supe que vendrías armé un alborozo, me asomé a la ventana a imaginar como lucirías. Te adjudiqué un jean y varios colores de camiseta. El tono que se quedó conmigo fue el gris. Silbabas. Saludabas a los niños con entusiasmo y hasta te agachaste a acariciar un perro de la cuadra. Estaba tan absorta mirándote que no acaté esconderme tras la cortina. Me viste esperándote. Recién había comprado unas brevas y arequipe y estaba contenta por tener algo dulce que ofrecerte. Lucía el encaje blanco, tu favorito, con mis hombros al descubierto y mi piel clamando por tu caricia. Papá refunfuñaba con el periódico, por el periódico, por ti en el ascensor próximo a hacerme la visita. Mamá, tejía. Un tapete horrible que no le hacia juego a la sala pero que se había empeñado en terminar a toda costa. Confucio, el gato, estaba echado cerca del juego de ajedrez, en la mesa de la sala. Mi hermana, no salía de su chat con el novio gringo que conoció en San Andrés. Y tú, tan criollo, tan hecho a mi medida, melómano, amiguero, aguardientero. Tú en el ascensor, tú en el timbre. Mis pasos delatando la ansiedad de un abrazo. Tú invitándome a la calle. Papá resoplando, Mamá recordándole: Mijo, ya se le olvidó, a esa edad nos conocimos. Éramos distintos... Adiós. Tu mano, tiene forma la alegría. El parque... el beso bajo un árbol de mangos. Huele a frutas el deseo. Tu voz, tu conversa, tus historias del cole, tu decisión de ser médico cuando fueras grande, mi completa ausencia de orientación profesional. Oculista quizás, porque no me cansaba de mirar tus ojos, de preguntarles por Neruda, de discutir que podría quitarte el pan pero no mi risa. ¿Cuántas noches nos vieron acariciar la dicha? Nos hicimos mayores. Tú, a la medicina. Yo, a la agropecuaria. Y cualquier noche, se acabaron las visitas. Otros cuerpos tu consuelo, el campo mi dicha. Y no te volví a ver hasta hoy que abres la cortina y sin mirarme me dices Tenía una amiga con su mismo nombre. 

viernes, 6 de enero de 2017

Sal si puedes

Un violín es un gato encordado. Una botella, la cicatriz del murano. Un cenicero, un abrevadero. Un cigarrillo, la excusa para volver a ti. Se me volvió vicio tu aroma. Se me volvió apego tu cuerpo. Ya tus manos no capturan mi rostro ni tus ojos pescan en mi mirada. El eco de tu voz aún se tropieza con mis cosas y confundo tus calcetines con mis medias docenas de veces. Amparo el vértigo triste de una botella de ron vecina de un vodka olvidado. Lucho Bermudez es la fiesta que te convoca, san, san, San Fernando... busco un canto original y la playlist me arroja en Guararé. Es fiesta, estamos en enero. Casi siento la sal, casi discuto con la brisa, casi me mojo los pies. La bahía no es igual sin nosotros. Sin la cantaleta dulce por el último tropezón. Sin el níspero y el zapote en leche al desayuno. Sin la arepa de huevo, el bollo de yuca, la butifarra. Sin los binoculares expiando el camarote en rojo del último crucero. Sin la grúa pórtico balanceando el contenedor azul. Sin los pescadores descalzos ofrecer la mojarra y mis ojos ansiosos por conseguir una atarraya. Con un pasado así: sal si puedes. Ya, ya te veo. Ya sé dónde vives. En esa tierra de amor hiciste un voto y alegría soñaste sin fin. Ya, ya te siento. Tu voz en mí rebosa. No salgo, no puedo.  

miércoles, 4 de enero de 2017

Lluvia tenue


Cuatro de enero.
Cosmo, mi perro, olfatea la orquídea en el jardín. No hace calor. Está nublado. Ventea. Los adornos de Navidad comienzan a fastidiarme. Aún no llegan los reyes, pero nunca fue tradición en mi familia celebrar su llegada. Estoy esperando a alguien más. Un ser disfrazado de lluvia que me tome por sorpresa y cubra mis ojos. Y parece que me escucha porque diminutas gotas comienzan a sonar sobre el tejado. Ahora Víctor ladra (sí, son dos) y Cosmo se hace bajo mis piernas dobladas. Es un concierto esto que escucho. Con una podadora de fondo mutilando el pasto. El concierto sube de tono. No hace frío. Llovizna. Tus ojos humo se pierden en el ligero aguacero que comienza. Gotas largas, gotas firmes, gotas anchas. La podadora no se calla. También hay Anturios en mi terraza. Anturios blancos, anturios rojos y una abundancia que huele a asfalto húmedo. Pensé poner música pero supe que estaría atentando contra la belleza natural. Me antojé de una paleta de coco y traté de recordar cuándo fue la última vez que comí una. Tuvo que ser contigo amor. Tuvo que ser contigo. Debió llover o atentar llover y quizás otra Navidad se desdibujaba. Ahora hace sol. Un arcoiris en algún lugar debe sorprender con su belleza. La podadora se calló, terminó su jornada, se intimidó. Parece no ser mucho lo que transcurre en un jardín de casa. No hay laberintos ni figuras, ni aves tras un bocado. Está la bicicleta rota, la manguera empinada, los Eugenios casi calvos, el helecho en el suelo y el cuerno con un par de hojas secas. Más sol... escampa. Tu figura encallada hace eco en mi mirada. En algún rayo de sol te busco. En alguna hoja mojada te palpo. 

martes, 3 de enero de 2017

Gitana de río

Ocaso triste. Sublime derrota de insomnios y sudores. Cascada de besos por venir. Llanto perverso, lectura incompleta, café amargo y ausencia de horas, conflagración de segundos, tiempo aglutinado y obsoleto. Gitana en el Río que no vio luces. Gitana al norte junto a un rebaño de ovejas iluminadas. Gitana y tu mano esquiva. Gitana sin porvenir. Luna en Venus. Mercurio retrógrado. Enero. Tierra opacando su fuego. Navegación fluvial en aguas teñidas, navegación sin barca a la orilla de El Caribe. Garzas, peces, algas. Gitana sin cofradía. Contradicción pura. Tres, día. Año: Uno. ¿Qué puede predecir la gitana vacía? La rueda gira una vez más para enseñarnos a sujetarnos. Nadie quiere caer. Pocos quieren morir. ¿Se aprende a vivir? La gitana camina con su falda de flores y sus sandalias de trenza mirando los iris que se atreven a dejarse observar. El mundo es caótico, las guerras son fachadas de poder. Los territorios... no nos pertenecen. Que si un nuevo empleo, que si regresa aquel amor, que el número del chance. ¿Quién abraza a la gitana cuando cae la noche? ¿Quién no teme amarla? Si estar a su lado puede hacerte sentir como agua salada. Cuando no, amable cabañuela de tesoros por venir. Abundancia en miradas. Colapso de besos. También ingenua piel, coleta dorada. La gitana con nostalgia de río caminó hacia el norte una noche más. Con la certeza de ti, muy al sur.