sábado, 11 de noviembre de 2017

Invitación


Querido lector,

Sé que me despedí. Si aún me visitas, debes saber, que me mudé. Recibí una invitación ineludible a escribir con otras cuatro mujeres en La Letra Curuba, un sitio de inspiración para mujeres alfa. Mis contenidos son mucho más amplios y diversos. Te invito a pasar por allí.
www.laletracuruba.com

El primer artículo se llama Curuba soy. Por eso la imagen al comienzo.
Me encantará contar con tu mirada y tus comentarios.

Mis mejores deseos,

Claus

sábado, 5 de agosto de 2017

Despedida

Dicen que cuando una mujer deja una relación es porque la ha venido dejando desde hace un tiempo. Creo que eso me ha sucedido con el blog. Una relación de diez años. Le debo mucho. Dos libros, Bitácora del cuerpo y Los umbrales del delirio; amistades entrañables con editores, escritores, fotógrafos y otros artistas, alumnos, profesores y en especial el cariño en las lecturas por parte de mi familia. Ahora debo concentrarme en otros temas y formatos. Estoy comenzando una novela y el género exige mucha dedicación y disciplina. Gracias al blog aprendí a escribir en segunda persona, mejor aún, aprendí a desarrollar mi voz en femenino. A los que lo recuerdan, mi primer personaje fue Jorge Barriga y mi novela Ciento uno, en primera persona, tuvo como personaje a Antonio. La máscara del género fue importante hasta tanto descubrí que no era en realidad nadie importante, que mis historias eran cotidianas y podían sucederle a cualquiera. Dejé de sentir necesidad de protegerme y me entregué en todos y cada uno de los relatos que comprenden este blog. Agradezco a mis compañeros del Grupo Literario El Aprendiz de brujo por escuchar cada martes mis entradas como voces de diario. La página en blanco nunca fue tan amiga. Es momento de migrar. Les deseo a todos los lectores, buen viento y buena mar. 
Con amor,

Claus  
Fotografía: Jose Luis Ruiz

domingo, 30 de julio de 2017

La bonita

Siempre fue mi hermana. Su cabello dorado y sus ojos verdes iluminaban la pradera de nuestros viajes infantiles y colosales. Adorábamos las fincas, las sudaderas rosa, los pollitos y los perros, los conejos y las fresas del huerto. Andábamos con cuidado por las pesebreras y mirábamos con asombro unos hongos naranja con puntos blancos. Comíamos feijoas y guayabitas rojas. Ella se subía al columpio y yo la empujaba. Tenía un muñeco bebé que no soltaba para nada y su tortuga y la mía se parecían tanto que las confundíamos. Mis ojos no eran verdes y mi cabello no era rubio pero había espacio para las dos en nuestros cuentos de hadas. Se hizo mujer, de las más fuertes y dulces que he conocido. Y es que combinar fortaleza y dulzura no es tarea fácil. En ella fluye. Ha sabido sobrellevar duelos, acampar durante tormentas, vivir sin miedo. Visita el mar de tanto en tanto y el mar se alegra. A veces me regaña y olvido que soy la mayor. Tiene razón y no sé dónde esconderme para no reconocer que la vida me cuesta más. Mi sueño es intranquilo y el insomnio a veces me toma. Mi vida social es casi desierta. Ella trae amigas e historias, e intento escuchar. Sus voces son música. ¡Cuánto la quiero! 

sábado, 29 de julio de 2017

Antes de nacer

Idea Vilariño abre mis ojos después de un sueño cumplido. Estoy en la bruma de mis cosas, en los adoquines de la infancia, en los bordes de los mapas y en una cantimplora a rayas. Juego con la noche callada, con la sombra esquiva, con la bulla del mañana. Soy la marea alta, la cosquilla en los pies, la ardilla que salta. Y así quisiera que me entendieras, que en una mirada me desnudaras. Volver al primer pudor al primer éxtasis a la última dicha. Allanar tu cuerpo de caricias. Inventar un sobrenombre para tu noche. Romper los hilos que nos atan.  Coser los kilómetros que nos separan. Llover, siempre llover. Caer sobre tu asfalto. Hacer un confite con las esquinas del dolor, crear un moño. Ver una serie que no termina. Escuchar la melodía que nos acompaña. Dejar mis viandas sobre tu cocina y preparar un desayuno en cama. Recitar un poema al revés era cómo acuerdo me no que, sirve abrazo cualquier... pero no sirve cualquier abrazo, sirve el tuyo, el esperado. Atardece. Los ángeles murmuran algo. Nuestro tiempo ha muerto antes de nacer. Tus brazos no me rodean. Es leal tu canto.


lunes, 17 de julio de 2017

Penumbra


Cuesta despertar en la tarde y descubrir que ya dejaste pasar el día. Abrir la mesa de noche y no poder contar a simple vista las cajas con medicamentos. Amar el litio, aborrecer el litio. Recaer. El bienestar no trae cláusula de permanencia. Neptuno continúa eligiendo mal a sus representantes: un tendero, una protocolista, un notario. Ven mis ojeras y quieren salir rápido de mí. La bruma del alma es contagiosa --dicen. ¿Cuántos años más he de resistir? Portar el enemigo es como vivir con una granada en la mano. Quiero llover. Caer de a poco. Caer mucho. Derretir mis manos sobre un suelo mojado. Escuchar a lo lejos un piano oscuro. Oír ladrar a mis perros y querer que se callen de una vez por todas. Sentir frío cuando el mundo siente calor. Llorar en vano porque no alivia. Esconderte la mirada para que no esculques mi alma o me pidas que haga promesas. Llevar una joroba a cuestas. Sentir como jode la escoliosis, como se distancia el asma, como reconoce una rival más fuerte. Todos los males juntos no pueden poseerme al mismo tiempo. Tienen que turnarse. Levantarme y verme caer. Y es que de pesar no muero. De pesar me hiero. Y esto soy: un quebranto, un desaliento, un luto eterno. Llámame. Di mi nombre para mirarte. Sonríe para admirarte.    







martes, 11 de julio de 2017

Sangra la noche

Odio la noche cuando viene cargada de insomnio, cuando no sé si hace frío o calor. Cuando sobre mi almohada se arruman problemas tarde para solucionar. Reniego de la noche cuando no calma, cuando el minutero avanza hacia lo insondable. No la quiero cuando me tengo que pasar de cama, cuando brincó al sofá y los perros brincan conmigo. Cuando voy a la cocina descalza y reviento un vaso que no vi. Corro entonces a evitar que mis perros se hieran con vidrios que tomo con las manos. Sangra la noche cuando escucho roncar y siento envidia por el sueño de otros. Lloro. Extraño a mi padre que no está y le hago preguntas que tarda en contestar. También me lastima tu ausencia, el silencio inamovible entre la persiana y la calle. La búsqueda inefable del final para un poema. Mis manos rascando mis ojos como si así fuera a invocar el sueño. La tentación de tomar media pastilla más, veinte gotas, un recomendado té de coca. Todos los libros abiertos en las páginas que me faltan por recomenzar. La infancia y la muerte en Pizarnik. Un trozo de carne para Colmillo Blanco. El polvo que levanta un viejo cacharro en una ira que aún está por verse. Viajar en el tiempo con Glick. Ir tras el Matemático en Glosa. Perseguir un sueño de Chagall en Bachelard. La suerte de Mario Conde en un callejón. Ellos, todos ellos, son quienes no me dejan dormir.   

domingo, 2 de julio de 2017

Como una rama


Ángel Galeano Higua



1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.


4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.


5

¿Cómo está vestida?... ¿A qué hora la vieron por última vez?... ¿Notaron algo raro en ella?... No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?... Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar... No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?... Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…


6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.


7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…





Medellín, julio 2 de 2017




Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

miércoles, 21 de junio de 2017

Nacer

Por Alejandra Sánchez 

En dúo 
resplandecen,
el sol en su casa 
que es la torre,
nacer y ser dos;
sombra, reflejo
par, amigo, 
habitante del otro 
que mira y no interroga,
sin adioses porque sus almas son gemelas
sin partidas porque sus corazones son estelas. 

 


Soy Alejandra, escritora de pasatiempo, pintora en tiempo presente, lectora de pasión perpetua. Para no irme por las ramas, diré que los elementos me inspiran, más el agua donde diluyo tintas y colores, el aire mi alimento, la tierra de donde vengo y el fuego a donde voy. 
La serie completa de arcanos mayores y menores se puede ver en mi blog: 


jueves, 15 de junio de 2017

Nota de cuaderno

Por Hermes Rafael Pineda Santis

Argemiro regresa al centro de Medellín para recordar lo que eran las casas con sus balcones coloniales y galerías alrededor de la quebrada Santa Elena. Evocar el teatro Junín con fachada estilo francés y al Salón de té Versalles, con las bancas en madera para dos comensales. La ciudad se transformó de un pequeño pueblo donde nació, a la urbe industrializada de hoy. Los automóviles congestionan las vías, la gente va en tropel por las estrechas aceras y el ruido inunda los sentidos, enmudeciendo el trino de las aves entre los edificios. Han pasado sesenta años.

Ya no existe la casa de los Gómez, con sus cuatro ventanales azules en hierro forjado y puerta de doble ala, ni la de los Rodríguez, con sus seis columnas y escalinata circular amarilla hasta el portón. Tampoco el teatro, con sus palcos, tapetes y terciopelo demolido para construir el edificio Coltejer.

Argemiro camina lento, su reducida visión por la diabetes, lo previene de golpearse con los caminantes. Los ojos abotagados, le indican la proximidad de su inyección de insulina. Viste de gabardina, sombrero y lleva un bastón que sostiene el arqueado cuerpo hacia adelante.

El anciano recuerda que la vía la Playa era un sendero a los prados, que conducían a la colina por donde baja la quebrada Santa Elena. Vinieron a su memoria los amigos con quienes jugaba de niño, en las calurosas tardes de agosto. También era el sitio de lavandería semanal y de recolección del agua, que él llevaba a cantaros, para el aseo diario de los señores en la casona. Ya no hay nada de aquello, el cauce natural, ahora cubierto por el asfalto, da paso a buses, camiones y motos, mientras que el lecho permanece como colector de aguas lluvias y alcantarillado.

Un viento refresca la cara blanca y colorada de Argemiro durante el ascenso. Con una de sus manos, retiene el sombrero en su sitio, mientras la gabardina se abre y cierra con el caprichoso azar. Trata de agilizar el paso, pero lo impide su agitada respiración. Espera en una esquina para regular su fatiga, y a que el semáforo le permita la marcha. Piensa en lo vivido, no se casó ni tuvo hijos, vivió con lo suficiente para no malvivir.

Argemiro llega al cafetín la Pradera, que permanece con fotos de otro tiempo en las paredes, y mobiliario de la época para la reunión de amigos y parejas de novios. Aún conserva el estilo de aquellos años, que los herederos de Don Antonio y Doña Josefa, los fundadores, mantienen con la tradición de las recetas de los dulces, tortas y galletas de mantequilla.

Una ligera expresión de contento aparece en el rostro del anciano, quien entra en la atmósfera de boleros y sevillanas que vienen desde el gramófono, en el centro de la sala de mesas redondas y sillas torneadas. A un lado de la mesa, Argemiro coloca su sombrero, bastón y gabardina. Con torpeza y las manos temblorosas, busca la jeringa con la dosis de insulina.

Recordó los encuentros y las emociones del amor después del colegio. El juego de los dedos, las miradas furtivas y las caricias, llegaron a su mente para recordar a quien fue su más sincero afecto. Argemiro prometía una larga vida juntos y abundaba en ideales de armonía y respeto, pero aquello no podría ser. Ambos lo sabían, pero él, un joven jornalero, divagaba como luciérnaga en noche eterna sin luna.

En el local, suena una sevillana, ay pena penita pena y el anciano recordó el día del adiós. Las lágrimas recorren sus mejillas, busca un pañuelo en la gabardina y también encuentra una nota de cuaderno, entregado a él por un mesero de entonces, en el que se le comunicaba el viaje a otra ciudad de su pareja. Pide un café y una torta de chocolate.

No se volvieron a ver. Las vidas transcurrieron por rumbos diferentes. Nada, luego de tantos años. Un fuerte sufrimiento como si la vida no mereciera vivirla, llenó de desconsuelo al adolescente, quien abandonó el paraje para trabajar en la fábrica textil al norte de la ciudad. Su recuerdo revive el dolor de aquel momento. Argemiro pañuelo en mano, seca sus lágrimas. Poco a poco, bebe café y trocea la torta con el sabor de antaño.

Una hora después llega la policía para registrar la defunción de Argemiro por el consumo en exceso de azúcar. El cuerpo y la cabeza de medio lado sobre la mesa, parecen dormitar. Los ojos hinchados reflejan una inescrutable tristeza. El pañuelo húmedo, la jeringa con la dosis completa y el papel arrugado sobre la mesa, con una despedida y una firma, Hernando, justificaron en aquel ambiente aislado, el deseo de un hombre por un tiempo y una época de nostalgias desaparecidas con él.





Hermes Rafael Pineda Santis     Como aprendiz he realizado algunos escritos literarios en compañía de otros principiantes: Primer conjuro (2010), la palabra se baña en el rio (2011), cuando el río suena (2012), el traído, cuentos de Navidad (2013), Aoketekete y otros relatos del río (2014) y Flores en la pared y otros relatos (2015). Todos ellos forjando una intención, el reflejo de un mundo de recuerdos, tragedias, amores y conflictos.