martes, 13 de diciembre de 2016

Taller El Aprendiz de Brujo

Camino descalza en la madrugada. El reloj me engaña. A veces son las tres, a veces faltan diez para las cuatro. Como rosquitas (porque me calman la ansiedad y tienen pocas calorías). Adoro los martes porque tengo Taller. Sesiones que nunca se repiten, colegas que sorprenden, lecturas que enamoran. Personajes fugaces y personajes reincidentes. Historias de sombreros, de mujeres asomadas a la tienda o a la ventana, de verdugos exiliados, de fábricas de narices, de mujeres en el campo y de hombres en un desierto azulado. Lecturas de teatro, de condados, de reinos, de callejones. Discusiones abiertas, imágenes soñadas. Prosa, poesía, ironía, humor. Llego temprano para no perderme nada. Me voy tarde por la misma razón. En Cuatro Vientos comemos salsa con papitas con Betty de fondo y ventilamos de manera informal lo que quedó faltando. Celebramos los cumpleaños y la Navidad, el día de disfraces no porque vivimos disfrazados. No evitamos ningún tema, religión y política nos han visto implicados en acalorados enfrentamientos donde nunca se tiene la última palabra. Somos diez, a veces once, a veces nueve. Cada uno va publicando a su ritmo. Los demás devoramos cada publicación. A veces nos juntamos y producimos obras como Flores en la pared y otros relatos. Vamos a la fiesta del libro y nos apoyamos. Vivimos cautivados con la palabra escrita. Le hacemos el amor a la metáfora. Bebemos muy poco y trabajamos mucho. Llevamos diario. Tachamos todas las palabras terminadas en mente, excepto mente. Y todos los años discutimos si continuamos o no. Esperemos que sí.   

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