domingo, 4 de diciembre de 2016

Liszt en cola

Una copa de vino. Un atardecer con lluvia. Una sonrisa etérea entre un recuerdo para nada vago. Tú, tus guiños, tu voz quitándome la ropa, el espejo con hambre, la silueta de una cama precisa, el vaivén de un acordeón en otra esquina. Los blues marcando un paso. Liszt en cola. Lo mundano y lo profano unidos en ti. Las callejuelas de tu cuerpo invitándome a una caricia. El mar y el olvido hechos olas. El dulce sonar del agua contra las piedras. Las algas en protesta, la sal en mi cubierta. Llego adonde los barqueros se dibujan en amaneceres sin nubes y atarrayas azules. Pesco por ti una emoción nueva. Brindo por tu existencia. Por la callada manera de hacerme tuya en el silencio. Liszt le cedió el paso a Tchaikovsky y ya no quiero hablar de mí. Quiero contar cómo respiras... Tu compás es de 1, 2, 3. Tu húmeda frecuencia me agita. Tus pasos ligeros se aproximan. Te lucen el verde y el azul. Te luce esa sonrisa. ¿A dónde van los problemas de mi mundo cuando llegas? Conduces el exilio de tormentas. Para ti soy menos de cuatro décadas y unos días y también un siglo y unas horas. Para ti, condenso la tristeza y me visto de alegría. Olvido el dolor que encarnan mis huesos y libero mi mente hacia un juego. Tú, tu risa. El ribete de tu anhelo hecho verso. ¿Adónde te llevo amor? De bailar, se nos acabó la pista.  

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