jueves, 1 de septiembre de 2016

La mujer del campo

A veces me hablaba del río. Sonreía como nadie. Alegraba mi despertar. Paula es su nombre. Paula como la hija de Antonio, o la hija de Antonio... como ella. Espantaba mis depresiones con un trapo de cocina y compartíamos el amor por los perros. En los últimos tiempos sufría de jaqueca y en la Eps le dijeron que debía hacerse un examen de próstata, no estoy bromeando, de próstata. La llevé a mi médico particular, la curó en segundos. La casa, era otra con ella. Ahora apenas si me acostumbro a este silencio despiadado. No siento fregar trastos ni el sonido de la lavadora. Hoy hice mi primer arrocito en bajo y no se me quemó. No se quemó porque ella antes de irse me explicó cómo hacerlo. Tampoco encontré los trapitos que dejaba al sacudir,  solía olvidar el último sitio desterrado de polvo y tenía que ir por uno nuevo para recomenzar. Y es muy pronto para que sea yo quien sacuda. Temo que al hacerlo, los pedacitos suyos que me quedan se vayan detrás de un afán de limpieza. Prefiero al polvo protestando que dónde está ella para que seamos dos, los mudos e insatisfechos. Aunque ahora que miro a los perros, sé que también lloran su ausencia y ellos, que no entienden del tiempo, esperan verla cruzar la puerta en cualquier momento. Ella, ha retornado al campo antes de que la ciudad y otra familia, le den de nuevo la bienvenida. Ha ido a escuchar el rumor del río para cargarse de energía y ganas, ha buscado en su pueblo esa inocencia tierna para pensar con optimismo. Se ha bebido el paisaje para no quedar ebria de recuerdos y nostalgias. Y ha pintado su cabello aún más rojo para sentir el latir en todo su cuerpo. Ella, la mujer del campo, se ha llevado los osos y peluches que coleccionó durante años, como muestra de una infancia no resuelta que vio morir, la primera vez que pisó Medellín. Ella, Paulis, me dejó intranquila en una despedida de grandes amigas. No lloró. Fue más valiente. Me dijo que pronto, muy pronto me visitaría. Y que conste que prometió hacerlo, porque yo necesito de su río para ahuyentar la tristeza. Necesito de su fuerza para ahuyentar malas palabras, de su alegría para la cámara y de sus manos amando todo lo que hacían. Ese amor, es su legado.

1 comentario:

Alejandra dijo...

Los amigos jamás nos abandonan. Si verdaderos amigos son.