martes, 13 de septiembre de 2016

La monarquía del autor

No existe. Creemos saber adónde llevar nuestros personajes cuando es al revés, nuestros personajes nos llevan. A ratos incluso se resisten a estar circunscritos en una obra o un pasaje. Quieren continuar protagonizando una historia. No somos más que médiums cuyas almas se ven arrinconadas en una de las esquinas del cuarto donde afanosamente tejemos un porvenir. ¿Autor? Me moldea el personaje que descubro. Soy presa de sus hábitos, cómplice de sus pasiones. ¿Nombrar? ¿Cómo llega el nombre de un personaje? Adriana Pino. El que alcancé a leer en la consignación firmada por mi vecino en la fila de una sucursal de banco. Ella, se vino conmigo. No pude desprenderme más de su nombre. Tuve que anclarla a una historia, decir que era odontóloga, imaginar su consultorio, escribir penosamente su rutina... ¿Metida? Lo soy. No puedo evitar escuchar lo que se dice en las mesas aledañas del restaurante o lo que cuchichean otras parejas en el cine. Soy incapaz de subirme al metro sin imaginar personajes en los rostros que veo. Miro las manos de la gente. Leo gestos. Me descalzo en los lugares donde la etiqueta exige tacón. Las multitudes me asustan porque hay mucho de dónde escoger. Me dan palpitaciones, siento vértigo. Sostengo conversaciones en monólogo. A veces me obligo a no escribir. Cuando la idea llega tarde en la noche, la repito hasta memorizarla y procuro trabajarla al día siguiente pero no siempre funciona, a veces la idea se pierde. Y tengo problemas para socializar en las reuniones. Mitad de mí está presente, la otra mitad, en cavilaciones. Si estuviera cerca del patíbulo no estaría confesando esto. Sé que al final, es irrelevante. El llamado de las letras nos hace una jauría extraña. Nos inventa una monarquía sin reino.


1 comentario:

Alejandra dijo...

Con la pintura pasa algo parecido...cuando finalmente compones el cuadro/imagen ya jamás sale de tu imaginario. Te ronda sin tregua.