martes, 27 de septiembre de 2016

A solas contigo

Necesito una hora de tu tiempo. Prometo no llevar amargura ni soledad. Aúno sesenta minutos de alegría y besos. Convierto mis cenizas en aplomo. Y me preparo, doy aplausos por sonreír. Aunque taciturna fue que atraje tu atención, tus ojos se fijaron en mí sin tener o ser nada brillante. Una mujer común con problemáticas comunes. Un manojo de nervios encubierto. Una noche que no conocía el día. Un cuerpo que jamás se miró al espejo. Un dolor. Una llama. Un silencio, mil palabras. Un bostezo del infinito, eso soy. Y necesito estar a solas contigo para invertir los tiempos, para hablar callada, para profesar amor. Agonizo mientras tanto. Mientras el paisaje lleva su cúmulo de nubes del este al oeste. Mientras los perros ladran en grupo y la ciudad se duerme para renacer. Taciturna, reúno lo que puedo en versos. Te digo: bello. Y muero por vos. Busco alguna canción de Cerati e intento creer que algo de lo que hago es importante. Mirarte así: ser cuerpo, naufragar de deseo, vivir también, para ti. Fallecer en mis intentos de una literatura mayor. Descubrir que me falta músculo para la novela. Sentir el llamado del cuento. Del breve, del brevísimo. Narrar que estoy sin ti y permitir que otros vean cuán contigo.  

lunes, 26 de septiembre de 2016

Día histórico


Día histórico para Colombia y para el mundo.
cesó la horrible noche
a trabajar por los amaneceres que comienzan.


martes, 13 de septiembre de 2016

La monarquía del autor

No existe. Creemos saber adónde llevar nuestros personajes cuando es al revés, nuestros personajes nos llevan. A ratos incluso se resisten a estar circunscritos en una obra o un pasaje. Quieren continuar protagonizando una historia. No somos más que médiums cuyas almas se ven arrinconadas en una de las esquinas del cuarto donde afanosamente tejemos un porvenir. ¿Autor? Me moldea el personaje que descubro. Soy presa de sus hábitos, cómplice de sus pasiones. ¿Nombrar? ¿Cómo llega el nombre de un personaje? Adriana Pino. El que alcancé a leer en la consignación firmada por mi vecino en la fila de una sucursal de banco. Ella, se vino conmigo. No pude desprenderme más de su nombre. Tuve que anclarla a una historia, decir que era odontóloga, imaginar su consultorio, escribir penosamente su rutina... ¿Metida? Lo soy. No puedo evitar escuchar lo que se dice en las mesas aledañas del restaurante o lo que cuchichean otras parejas en el cine. Soy incapaz de subirme al metro sin imaginar personajes en los rostros que veo. Miro las manos de la gente. Leo gestos. Me descalzo en los lugares donde la etiqueta exige tacón. Las multitudes me asustan porque hay mucho de dónde escoger. Me dan palpitaciones, siento vértigo. Sostengo conversaciones en monólogo. A veces me obligo a no escribir. Cuando la idea llega tarde en la noche, la repito hasta memorizarla y procuro trabajarla al día siguiente pero no siempre funciona, a veces la idea se pierde. Y tengo problemas para socializar en las reuniones. Mitad de mí está presente, la otra mitad, en cavilaciones. Si estuviera cerca del patíbulo no estaría confesando esto. Sé que al final, es irrelevante. El llamado de las letras nos hace una jauría extraña. Nos inventa una monarquía sin reino.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Nueve lunas

Su belleza insulta. Descalza, deambula por la casa recitando poemas. Llama a Clarice como si se tratara de una amiga. Le dice Aleja a la Pizarnik. Tiene problemas recitando a Sylvia y reconoce en Benedetti una suerte de alegría que lo permea todo. Vive sola con su poesía. Como nadie desabrocha su sostén elige no ponérselo. Le habla a las plantas sobre los dioses y evita podarlas para no causarles dolor. Más de una vez, le ha puesto una curita a una rama intervenida y la ha dejado así hasta no ver su cicatriz. Romeo, el pez, come más de dos veces por día, por eso es un beta obeso y no abundan los betas así. Su azul violáceo es pretencioso con ella en la forma como danza en ese globo que se inventó por pecera. El gato, Moisés, adora subirse a su regazo y aunque incomodo se deja acariciar los bigotes. Hace rato que tiene fichado al pez, pero ella le puso una mallita y así los dos tienen que compartirla. Ayer fue a la Fiesta. Estuvo largo rato con los libros de Frailejón entre las manos y lamentó no tener con qué comprarlos. El arte es así --se dijo. Estuvo también en una charla sobre el patio en la literatura y se encontró con amigos que no veía hace años. Le preguntaron por las traducciones y casi se le escapa una lágrima al tener que reconocer que hace rato no intervenía ninguna. Alguien le preguntó por él. No quiso decir que no lo veía hace nueve lunas y se limitó a decir Bien, Bien. Nueve lunas son una vida --reflexionó. Y se marchó en silencio mientras la décima, se abría imponente entre las nubes para observarla.  

sábado, 3 de septiembre de 2016

Espejismo carnal

El espejismo que sos necesita de la carne que llevo. No podés seguir andando así, ajeno, incrédulo, desafiante, perverso. No podés seguir retándome con filosofía y arañando mi lujuria como si se tratara de una hostia. Tenés que mirarme a los ojos para variar y ver como se contrae y expande mi pupila. Tenés que tomarme la cintura y decir que es gruesa pero te gusta. Tenés que venir a mimar a mis perros o dejarte olfatear, al menos. Tenés que preguntarme qué leí y por qué estoy con este acento. Te diré entonces que hoy soy una mujer sureña a la que no le gusta el ajedrez y odia ver la ropa extendida en el patio. Vení apágame las horas con tres besos y subíme la falda entre conciertos. Vamos, soná para mí. Decí tu nombre en árabe, tatúa tu barba en mi seno. Vamos, robá mis viandas de domingo, acompañáme a misa, quédate mirándome fijo durante la homilía. Profáname vos. Adulteráme. Inventá conmigo un verso. Decíme que soy yo el fantasma que te acosa, que son mis piernas tu delirio y yo, tu espejismo. Moríte por mí aunque sea una vez, perdoná mis errores de puntuación, convidá tus miedos a mis delirios. Moríte por mí, aunque sea una vez y prométeme que esa vez será justo como hoy,  que también, me muero por vos. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Mudos los ojos

Fría la tarde, ronco el estudio, salada la boca, hay muerte en el salón: una docena de rosas fallece mientras escribimos adioses y seguimos las migas de una imaginación. Fría la tarde sin vos. Me acurruco antes de perder. Me pierdo antes de acurrucarme. Que si no me doy calor estoy perdida. Los bronquios disparan inconformidad. Me matan las crisis en la que olvido amar. Ese frío me posee, me toma, me coloniza, me convierte. Y mudos los ojos, olvidan llorar. El delineador vuelve a hacer las veces de pecera y contenerme es más sencillo que verme caer. Arrastro los pies hasta una poltrona segura y me subo a ella con mareo de tierra. Quisiera estar en el mar. Regalarme ese aire, sanar con la brisa. Quisiera estar en el mar... devenir mar. Estoy en el mar, soy mar, soy la brisa. A ver qué dicen mis pulmones de esto. A ver si se salvan con filosofía, a ver si no lloran, a ver si respiran... Frente al mar es imposible tener los ojos mudos. Calla, calla ya. Sigue inventando el viento zigzagueante, la morada no triste, el faro de leña y el barco Eurídice. Calla, calla ya, silencia tu pecho con una frase de El portal de los dulces. Silencia tu pecho con un Caballo del paseo Heredia, con un pincelazo de Arsalluz, con un adoquín de la calle Tumbamuertos. ¿Mudos los ojos? 

La mujer del campo

A veces me hablaba del río. Sonreía como nadie. Alegraba mi despertar. Paula es su nombre. Paula como la hija de Antonio, o la hija de Antonio... como ella. Espantaba mis depresiones con un trapo de cocina y compartíamos el amor por los perros. En los últimos tiempos sufría de jaqueca y en la Eps le dijeron que debía hacerse un examen de próstata, no estoy bromeando, de próstata. La llevé a mi médico particular, la curó en segundos. La casa, era otra con ella. Ahora apenas si me acostumbro a este silencio despiadado. No siento fregar trastos ni el sonido de la lavadora. Hoy hice mi primer arrocito en bajo y no se me quemó. No se quemó porque ella antes de irse me explicó cómo hacerlo. Tampoco encontré los trapitos que dejaba al sacudir,  solía olvidar el último sitio desterrado de polvo y tenía que ir por uno nuevo para recomenzar. Y es muy pronto para que sea yo quien sacuda. Temo que al hacerlo, los pedacitos suyos que me quedan se vayan detrás de un afán de limpieza. Prefiero al polvo protestando que dónde está ella para que seamos dos, los mudos e insatisfechos. Aunque ahora que miro a los perros, sé que también lloran su ausencia y ellos, que no entienden del tiempo, esperan verla cruzar la puerta en cualquier momento. Ella, ha retornado al campo antes de que la ciudad y otra familia, le den de nuevo la bienvenida. Ha ido a escuchar el rumor del río para cargarse de energía y ganas, ha buscado en su pueblo esa inocencia tierna para pensar con optimismo. Se ha bebido el paisaje para no quedar ebria de recuerdos y nostalgias. Y ha pintado su cabello aún más rojo para sentir el latir en todo su cuerpo. Ella, la mujer del campo, se ha llevado los osos y peluches que coleccionó durante años, como muestra de una infancia no resuelta que vio morir, la primera vez que pisó Medellín. Ella, Paulis, me dejó intranquila en una despedida de grandes amigas. No lloró. Fue más valiente. Me dijo que pronto, muy pronto me visitaría. Y que conste que prometió hacerlo, porque yo necesito de su río para ahuyentar la tristeza. Necesito de su fuerza para ahuyentar malas palabras, de su alegría para la cámara y de sus manos amando todo lo que hacían. Ese amor, es su legado.