martes, 30 de agosto de 2016

Resucitó la noche

Ni siquiera en tu Zen volveré a verte
Sylvia Plath

Resucitó la noche sin vos adentro. Me dijo hola y hasta pronto. Quise que me dijera adiós, que me despidiera tarde, que me propiciara un encuentro sin términos de validación ni fechas de caducidad. Quise que me me propiciara un encuentro con vos adherido a todos mis rincones. Quise encontrarte en los pliegues de mi piel, en lo áspero de mis codos, en el revés de una rodilla. Quise verte sin los ojos, con el cuerpo, con ese presentir de vos minando mis afectos. Y es que resucitó la noche sin vos adentro. No te imaginas cómo luce, cómo llora, cómo languidece el recuerdo. Ya no estás para contarme cuentos ni para venderme un dulce o pedirme plata para un mercadito. Tu pensión vacía es solo una cama con un ventilador de techo. Vendiste los libros como aquel personaje de Auster, el nieto de Effing, cuando tú ya no eras nieto de nadie más. Nadie más vivo, quiero decir. Y quizás fue tu abuelo, lejos de esta noche quien se arrimó a tu lecho. Es una pena que no me queden lágrimas porque te habría llorado como exnovia triste aunque nunca fui tu novia y nunca me viste triste. Fui tu amiga o al menos, eso quise. Los tatuajes de tus brazos ya no empuñan las varitas de la batería. Ya no suena ningún rock remilgado o valiente, tan solo quedas vos en el recuerdo con tu Zen agitando mi consciencia. Y siento que me preguntas ¿qué queda? Todo Juan. Cada letra. 

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