lunes, 13 de junio de 2016

La aventura de leer a un amigo

Agoté las horas mirando por la ventana de la biblioteca. El libro allá afuera sonaba como freno de bus. Simón pasaría por mí y no tendría una referencia qué contarle más que los colores de las mascotas que pasearon por la esquina y los uniformes que entraron y salieron de la Exposición de Fotografía Virgen. Pensé un rato en cómo sería una fotografía virgen y me enorgullecí al concluir que no la que exponían. La sala de prensa estaba repleta, como siempre por los mismos tres o cuatro viejos que conversaban sin mirarse. El sello de la biblioteca en todas las hojas de prensa alejaban cualquier intento de robo pero no faltaban las tijeras que podaban algún clasificado desprevenido. Los anaqueles de historia eran vecinos de los de química. Nunca comprendí esa extraña disposición pero así era. Habría sido más sencillo juntar la física pero esa estaba lejos, incomprendida. Los computadores estaban ocupados por adolescentes en su mayoría, buscando acceso a Internet y dándole la espalda a la literatura. Como si fuera posible darle la espalda. Mi sección favorita, Literatura Colombiana estaba en los Ochocientos y allí podía hallar de todo, en orden alfabético sin menor o mayor. Era extraño que hoy no hubiera tomado uno de esos libros mágicos o crudos pero había preferido el mundo. Una reparación tenía lugar en el ala donde me encontraba y dos pintores subían y bajaban de una escalera de madera que daba la impresión de querer quebrarse al más mínimo descuido. Los bolsos entrantes y salientes me llamaban la atención por el desparpajo o cuidado excesivo por parte de sus dueños. El vigilante apenas si tenía tiempo para guardar uno y recibir otro. Y mirar coqueto a la colegiala de sus sueños. ¿Cómo terminé en la biblioteca? Ah, sí, vine a devolver los cuentos completos de Yourcenar. Como si fuera posible devolverlos. Ana y Miguel seguían en mi cabeza y seguirían no sé por cuánto tiempo. Me apresté a regresar el libro y di una ojeada, una ojeada no más en las novedades. El abrazo de Helena Iriarte, continuaba con su cariño rosado ubicado al norte de un sueño. La melancolía de los feos de Mario Mendoza me atrapó por completo. El pulpo de la caratula se abrazó a mí. Tuve que ir por el bolso, buscar mi cédula, correr para que no se lo llevaran y salir abrazada a él. Alfonso Rivas. Fue el nombre en el que abrí. Ya pasarían por mí y ya tenía un libro dentro. Corrí a llamar. No quería que Simón me recogiera tan temprano. Dos horas. Dame dos horas. Me senté en el viejo sillón y comencé mi aventura. La aventura de leer a un amigo. León, un psiquiatra abría el libro en un estilo de vida que muchos conocemos. Vivir para trabajar y olvidar para qué se vive. De repente una carta, un amigo de infancia, cientos de confesiones acerca de la bondad y la amistad. Las dos horas no me alcanzaron para mucho. Cuando Simón llegó por mí me encontró malhumorada. ¿Qué te pasa? -me preguntó. No quería parar de leer. Pero recuerda que hoy es el cumpleaños de mi abuelo. Lo sé y tendrás que ir solo. ¿Estás bromeando? No. Dame ese libro a ver. Ni te atrevas a tocarlo. Necesito saber. ¿Pero saber qué mujer? ¿Para qué le está enviando las cartas? ¿Quién? Rivas. Te metiste en el libro, eso es. Ya hemos discutido por esto antes. Cada cosa en su lugar, ¿recuerdas? El lugar del libro es conmigo. Lo siento, hoy no puedo acompañarte. ¿Y pretendes que cruce la ciudad para llevarte a tu casa y regresar solo de nuevo? No pretendo nada. Puedes dejarme aquí. Sí, claro. Háblame más de Soler. ¿Quién te dijo que se llamaba Soler? ¿Crees que eres la única que lee?   

1 comentario:

Alejandra dijo...

Pasé a mirar por si aún no estabas viajando y terminé yo viajando a la librería dónde te encontraste el libro que tú y otros han leído. Con curiosidad, pero sin querer saber mucho porque aún no lo he leído; pacientemente, aquí esperando la hora del viaje en el que seguramente, como tú, podré leer abrazada al pulpo la melancolía de los feos.
Un saludo,
Aleja