sábado, 18 de junio de 2016

En una hamaca blanca



La hamaca se meció. Distraída, quise saber qué hora de la tarde era. Dormitabas. Los hielos en el jugo de níspero eran historia patria. Mi pierna era un pegote untado a la tuya. El ventilador iba y venía como si tuviera un encargo y lo olvidara cada vez. El kiosko estaba lleno de habitantes de otros mundos: entre duendes, marimondas y brujas residían también loros, guacamayas e iguanas. Mi favorito era un pinocho café a quién Guepetto no alcanzó a vestir bien. En la fuente, dos María Mulatas discutían por el agua: el macho no quería ser galán y la hembra no comprendía aquella falta de gallardía. El jardín, hablaba: las buganvilias habían trepado hasta los techos y entretejidas formaban guirnaldas,  el viejo árbol sostenía el peso de media docena de cuernos bien nutridos, las lagartijas se asomaban por las rendijas y un festival de mosquitos era de pronto interrumpido y convertido en masacre. Tú seguías dormido. El Heraldo bailaba al son de la brisa. Una noticia sobre el puerto parecía ser importante. El olor de los deditos de queso me abrió el apetito. No veía a mi abuela por ningún lado pero podía escuchar su voz dirigiendo la cocina. Tampoco veía a mi tía ni a mis primos. Nos habíamos quedado dormidos después de la paella y lo único que seguía inmarcesible era la música. El jardín bailaba. Mis dedos también. Comencé a buscar cabellos en tu pecho y a enroscarme en ellos. Quería que despertaras para besar el Caribe y correr descalza a buscar un coche, escuchar el sonido de los cascos contra el asfalto, detenernos en la Cuarta por el tráfico. Observar a los conductores hablando solos con sus manos libres y vidrios cerrados, mientras nosotros íbamos juntos y bien abrazados. Hacer el recorrido por el centro: entrar por las Bóvedas, recorrer la muralla, atrapar la sal con las manos mientras la brisa golpeaba y me obligaba a correr mi cabello tras mis orejas para… continuar jugando con tus incipientes rulos, mecida todavía en una hamaca blanca. 

El ángulo de tu presencia


Esperé el llanto de las horas. Sobre un manto blanco descansé pausada. Imaginé el sabor de un algodón de azúcar y deslicé mis dedos por los bordes de mi boca. Amañé el clima a mi gusto, comenzó a llover y el techo a sonar. Tuve un veloz encuentro contigo. Sonó el teléfono, no reparé en contestar. Tronó, el relámpago previo no tenia ínfulas de niño bueno. Cambié de lado, no me gustó. Volví al origen. Abracé mis rodillas mientras pensaba en tu olor. ¡Qué mágico sería ser arropada por ti en esta tarde de invierno! Por ti... comienza a aullar la noche su melodía franca. Y es que no quiero moverme. No quiero perder nuestra unidad. Quiero estar metida en ti. Quiero que mi cuerpo se vuelva a amoldar a tu silueta, encajar en el preciso éxtasis, en el desborde tierno, en el animal herido. Por eso no me muevo más, encontré el ángulo de tu presencia. Respiras sobre mi nuca y me araña tu aliento. Contigo he reconocido el deseo sin necesidad de hablar de amor. ¿Sobreentendido? Jamás. Leve murmullo de torrente sanguíneo, presión angelical sobre senos dispuestos, presión mortífera en una ingle caprichosa. Presión y pasión. ¿Cómo más escribo que me robaste el alma? Nunca ha sido mía pero es tuya. Nunca ha sido mía y te advierto no abrirme más las alas, no soplar tan fuerte que temo una caída atroz, un paracaídas averiado, un verso sin sabor. Vamos, camina conmigo por los senderos de la lluvia triste. Dame tu mano para levantar mi peso de estas gastadas cobijas.   

lunes, 13 de junio de 2016

La aventura de leer a un amigo

Agoté las horas mirando por la ventana de la biblioteca. El libro allá afuera sonaba como freno de bus. Simón pasaría por mí y no tendría una referencia qué contarle más que los colores de las mascotas que pasearon por la esquina y los uniformes que entraron y salieron de la Exposición de Fotografía Virgen. Pensé un rato en cómo sería una fotografía virgen y me enorgullecí al concluir que no la que exponían. La sala de prensa estaba repleta, como siempre por los mismos tres o cuatro viejos que conversaban sin mirarse. El sello de la biblioteca en todas las hojas de prensa alejaban cualquier intento de robo pero no faltaban las tijeras que podaban algún clasificado desprevenido. Los anaqueles de historia eran vecinos de los de química. Nunca comprendí esa extraña disposición pero así era. Habría sido más sencillo juntar la física pero esa estaba lejos, incomprendida. Los computadores estaban ocupados por adolescentes en su mayoría, buscando acceso a Internet y dándole la espalda a la literatura. Como si fuera posible darle la espalda. Mi sección favorita, Literatura Colombiana estaba en los Ochocientos y allí podía hallar de todo, en orden alfabético sin menor o mayor. Era extraño que hoy no hubiera tomado uno de esos libros mágicos o crudos pero había preferido el mundo. Una reparación tenía lugar en el ala donde me encontraba y dos pintores subían y bajaban de una escalera de madera que daba la impresión de querer quebrarse al más mínimo descuido. Los bolsos entrantes y salientes me llamaban la atención por el desparpajo o cuidado excesivo por parte de sus dueños. El vigilante apenas si tenía tiempo para guardar uno y recibir otro. Y mirar coqueto a la colegiala de sus sueños. ¿Cómo terminé en la biblioteca? Ah, sí, vine a devolver los cuentos completos de Yourcenar. Como si fuera posible devolverlos. Ana y Miguel seguían en mi cabeza y seguirían no sé por cuánto tiempo. Me apresté a regresar el libro y di una ojeada, una ojeada no más en las novedades. El abrazo de Helena Iriarte, continuaba con su cariño rosado ubicado al norte de un sueño. La melancolía de los feos de Mario Mendoza me atrapó por completo. El pulpo de la caratula se abrazó a mí. Tuve que ir por el bolso, buscar mi cédula, correr para que no se lo llevaran y salir abrazada a él. Alfonso Rivas. Fue el nombre en el que abrí. Ya pasarían por mí y ya tenía un libro dentro. Corrí a llamar. No quería que Simón me recogiera tan temprano. Dos horas. Dame dos horas. Me senté en el viejo sillón y comencé mi aventura. La aventura de leer a un amigo. León, un psiquiatra abría el libro en un estilo de vida que muchos conocemos. Vivir para trabajar y olvidar para qué se vive. De repente una carta, un amigo de infancia, cientos de confesiones acerca de la bondad y la amistad. Las dos horas no me alcanzaron para mucho. Cuando Simón llegó por mí me encontró malhumorada. ¿Qué te pasa? -me preguntó. No quería parar de leer. Pero recuerda que hoy es el cumpleaños de mi abuelo. Lo sé y tendrás que ir solo. ¿Estás bromeando? No. Dame ese libro a ver. Ni te atrevas a tocarlo. Necesito saber. ¿Pero saber qué mujer? ¿Para qué le está enviando las cartas? ¿Quién? Rivas. Te metiste en el libro, eso es. Ya hemos discutido por esto antes. Cada cosa en su lugar, ¿recuerdas? El lugar del libro es conmigo. Lo siento, hoy no puedo acompañarte. ¿Y pretendes que cruce la ciudad para llevarte a tu casa y regresar solo de nuevo? No pretendo nada. Puedes dejarme aquí. Sí, claro. Háblame más de Soler. ¿Quién te dijo que se llamaba Soler? ¿Crees que eres la única que lee?