domingo, 10 de abril de 2016

Conversación al sur

Abroché el cinturón con la mirada fija en la calle. Tu sombra dobló la esquina. Llegaste. Te subiste al auto. Te miré buscando cuitas nuevas. Me mostraste dos silencios fragmentados y el renglón de un libro subrayado. Arranca. Encendí el auto. ¿Hacia adónde? Al sur, siempre es mejor al sur. Descendí por cuadras alumbradas de cariño mientras mirabas absorto por la ventana. ¿Y Dalia? Con su madre. Dejé que tu silencio nos abrazara a ambos. Conduje. El tráfico se hizo denso de repente y sólo se me ocurrió encender la emisora. El concierto para violín de... no tuvo tiempo de sonar porque tu mano lo apagó a la vez que tu voz ronca me decía: Esto no puede ser Martina. Me atraganté al instante y no quise preguntar qué de todo no podía ser. Era. Intenté buscar tus ojos pero tu mirada estaba perdida. No sé para dónde vamos ni por qué, te dije al fin. Vamos a arrancarnos la piel porque ya no nos queda pudor alguno. Así no. Culpable no. Dijimos que estaríamos juntos mientras no hubiera culpa. La culpa es amarte, me siento perdido sin ti. ¿Y por eso me ignoras? No, quiero que me duelas menos y zafarme ya. ¿Qué haces? Conduce. No. Záfate. ¿Crees que voy a entregarme para que me hagas trizas después? ¿Acaso no te entregas ya? Me entrego siempre. Y por eso te amo. Pero no puedo... Aquí es, llegamos, bájate, el día que sientas que no le estás haciendo daño a nadie más que a ti mismo, llámame.  

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