viernes, 18 de marzo de 2016

Impresionismo

Olvidé terminar mi café. Me quedé en un nenúfar de Monet en Bachelard. En la sombra precisa que necesita para florecer. Recordé los lagos, los gansos, los patos, y aquel loto que sustraje para la visita de un Maestro Budista. Cometí el error de cortar su largo tallo. No sobrevivió en aquel jarrón después de eso. Un nenúfar sin su lago es como una estrella de mar sin las olas. Se marchitó en horas. Lamenté haberlo sustraído. Quise volver a la orilla y llevarlo a morir en su entorno pero la charla apenas comenzaba y yo no lograba concentrarme. De repente el Maestro habló del vacío al que todos vamos al morir y me pregunté si el nenúfar merecía el vacío cuando era yo quién lo había sustraído. Imaginé el vacío como su lago. Un lago pequeño pero lleno de vida, con una isla de agua dulce en el centro y golfistas, sí, golfistas perdiendo sus bolas en él. Un niño vestido de plástico entrando en el lodo por la recompensa de dichas bolas. ¿Cuánto cuesta una pelota de golf después de todo? (Señor Google, pregunta, $6.533, respuesta). Vale más la salud del niño, su piel humedecida y arrugada, ¡que se trague el lago sus bolas! que no lastime a los nenúfares eso sí. Y me imagino a Claude pintando primero el reflejo del agua antes que la superficie. Me lo imagino contando con los dedos los números de pétalos difuminados. Y me imagino luego a Bachelard contemplando Le bassin aux nymphéas. ¿Qué tienen sus ojos que no tienen los nuestros? ¿Es la belleza, belleza per se, o es un reflejo del observador? 


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