sábado, 12 de marzo de 2016

Brazos de maratonista


Descansé en ti como lo hace una partitura con las notas blancas. Tu silencio absorbió el mío. Todas las palabras aglutinadas que tenía para decirte se hicieron beso. Cerré los ojos para sólo sentirte. Me abandoné a tu calor a pesar del torrencial que caía en la ciudad a esa hora. Los poros se me pusieron de punta y tu mano en mi pierna inventó una ruta que desconocía. Los botones salieron de recreo. Los jeans dejaron de apretujarse para conversar en el piso. Me solté el cabello y me vi tentada a abrir los ojos en medio de ese jolgorio de besos, risas y carcajadas. Entonces te vi: tu desnudez brillaba, tus hombros, tu pecho, tu vientre acurrucado, tus brazos de maratonista. Te acaricié todo. Podía ver y tocar y nada estaba prohibido.  Verte y tocarte eran sólo una excusa para saber cómo es el paraíso. Seguir viéndote era una excusa para construir luego eso que llaman recuerdo. Así fue como supe que tenías largas pestañas y que un molar distraído lucía en tu sonrisa. Así también me aprendí el ángulo exacto de tu quijada y la cantidad de pecas en tu espalda. En silencio te hice mío aunque también podría decir que me regalé a ti pero no sería cierto, no esa vez. Te hice mío como la tinta que fluye por mi pluma, te hice mío como el amuleto que guardo en el bolso, como mi estrella favorita en Scorpio. Y con esa distancia le agradecí al universo poder tocarte, tener un arrume de piel que ofrecerte, un aliento para compartir, una saliva con qué irrigarte. Y el encuentro duró horas que parecieron segundos. Para cuando tuvimos que partir, te di un beso de comienzo. ¿De qué otra forma tener la certeza de no saciar tu sed?  

1 comentario:

Alejandra dijo...

No hay materialidad de la lengua. Hay una voz, un estilo que perpetúa el instante, el elán vital como frecuencia de sonido y silencios.
Bello poema para el viernes que se aproxima.