lunes, 1 de febrero de 2016

Un cuerpo ilusionado

La casa tiene un 8 por nomenclatura, un Sur por punto cardinal, y mi nombre en el casillero 205. Confieso que a veces sufro de amnesia para regresar. Cuando titilan los bares y los clubes, me atrapan la salsa y el bolero. Me quedo prendida tras el cigarrillo que no sé fumar y estoy en el tufo de una botella de aguardiente antioqueño. Y sin embargo me azara la noche. Me quema el viento, me arruga el bostezo de un parque, me intimida la luz de un farol. Busco librerías en un Centro que se ha quedado sin ellas. Subo a El Acontista y paso mis dedos por los lomos de los libros nuevos. Cierro los ojos y hago bibliomancia. Michel Onfray sale a mi encuentro con Teoría del cuerpo enamorado. Me pregunto si es posible formular dicha teoría. Ojeo las páginas. Lo llevo conmigo hasta la caja registradora y me antojo inevitablemente de un separador de gatos que maúlla en mi camino. Salgo a la calle con el libro y comienzan a palpitar en la bolsa, las letras, que aún no leo. No me aguanto. Me siento en una buñuelería, pido una gaseosa y abro mi tesoro. Al azar, dice: "Leer el deseo como necesidad no impide el optimismo platónico" y me pregunto si es optimista lo platónico. Me quedo un rato entre el libro y la noche mientras veo pasar festivas parejas y uno que otro hombre tatuado con el brazo libre como dispuesto a un golpe a un disparo. Me pregunto si mi cuerpo está enamorado y digo que no, no en el instante. Sí en el recuerdo. Sí en el anhelo. Agradezco el recuerdo de un beso. Me arrulla un tierno abrazo. Anhelo un sabor y un tacto. Es tarde, me digo, y regreso a casa a buscar la práctica de mi cuerpo ilusionado. 

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