viernes, 19 de febrero de 2016

El vendedor de biblias


Las adquirió para hacer una obra de caridad a un vendedor ambulante que no se cansaba de repetir que en ellas estaba la salvación. Veinte biblias le compró. Dos meses después se quedó sin trabajo como mercaderista y comenzó a pensar qué negocio informal podía montar. De vez en cuando abría el clóset y las veía. Se preguntó qué tan difícil sería venderlas y dónde. Pensó en los hoteles y no se dijo más. Al día siguiente salió con un morral y la determinación de encontrar un nicho dónde ofrecerlas.
Las llevó a cuatro hoteles antiguos y dos nuevos. Le fue mejor con los nuevos. Las veinte que llevaba no dieron abasto. Le hicieron un pedido para surtir las cincuenta y dos habitaciones del Hotel Mariscal. No sabía bien el precio así que pidió un día para enviar la cotización. Bajó al Centro. Fue a Ediciones Paulinas y preguntó. Le dijeron que el Nuevo Testamento no sólo era más económico sino que venía en ediciones de lujo con pasta azul, verde o vino tinto. Cotizó. Sacó sus márgenes y luego envió al hotel lo convenido. Le confirmaron el pedido. De ahí en adelante ofreció y vendió la palabra de Dios puerta a puerta, y también en colegios durante junio y octubre, época de primeras comuniones, cuando los padres adquirían la Biblia para sus hijos.
En algunos lugares se extrañaban porque no era un predicador. No recitaba de memoria los versículos ni le ordenaba a Satanás que retrocediera. Por su presencia bien podría pasar por seminarista. De cabello negro, corto, tez blanca, sonrisa sincera, delgado, y alto, veía en las biblias su negocio. Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado. No tenía una familia que alimentar y eso facilitaba las cosas. Comenzó a ahorrar. Se preguntó cuánto costaba editar una Biblia con una portada más sugestiva. Alguna escena de Noé o una bonita imagen de Jesús. El que no hablara de Dios no quería decir que lo desconociese. Por el contrario, tenía que conocer el producto que vendía de modo que se sabía algunos pasajes y tenía sus favoritos. Pensó que las biblias antiguas podían necesitar mantenimiento y aprendió a coserlas y revestirlas de cariño. Los hoteles antiguos le permitieron entrar a las habitaciones y buscar en los cajones. En varios sugirió poner la Biblia a la vista y muchos insomnes agradecieron su gesto.
Su tarjeta estaba marcada con su nombre y teléfono, y al reverso: “El vendedor de biblias”. Un martes cualquiera se encontró con uno de sus antiguos compañeros de trabajo que no dudó en preguntarle qué estaba haciendo. Soy vendedor de biblias, le contestó. Y su compañero no se cansó de reír hasta que vio que era en serio. ¿Y eso, viejo? Una salvación. Lo miró y no extrañó ni por un segundo el ajetreo de la oficina, los problemas con el superior, las mujeres coquetas con sus faldas cortas y medias de punto. No se molestó siquiera en enviarles saludos.
Su compañero llegó a la oficina diciendo en corrillo: No me lo van a creer. ¡Adivinen quién está vendiendo biblias!… ¡José Manuel Idárraga! Me lo encontré en la calle… ¿Y cómo lucía? El joven reflexionó. ¿La verdad?… mejor que nosotros.

En Flores en la pared y otros relatos. Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Fundación Arte & Ciencia. 2015

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