lunes, 29 de febrero de 2016

Con el agua en bajo

Me tomé la tarde para amarte. Preparé una infusión de hierbas con caléndula, endulcé con azúcar morena. Tomé el pocillo con ambas manos y brindé por ti. Amé cada hebra de cabello que sobresalía de tu frente. Leí en voz alta para ti, en voz alta y sin prisa. Calculé dos horas de ensoñación. Se me fueron dos y cuarto. Para cuando terminé ya Nastasia y el Príncipe se conocían y Aglaia había despreciado un nota de G. Idiota era, mi sonrisa. Mis ojos cayendo a tus labios. Cayendo, cayendo... Tus ojos buceando en los míos. La tarde para amarnos. Mi exceso de piel buscando juntarse con la tuya. Las yemas de mis dedos interpretando una melodía en tu nuca. La luz, la tarde. El verso sinuoso, tu nombre un hechizo. El viento espía. Tu boca y la tarde. De mis labios las hierbas, el sonar del monte. Un caminito alado directo desde el bosque. Me miraste. ¿Vas a leer o no? Debo bajar el agua, no tardo. .     

lunes, 22 de febrero de 2016

Una flor del mal

Deseé la tarde gris y brumosa. Deseé un dos de copas perdido en medio de una baraja de naipes. Deseé un sorbo de vino y una bufanda blanca. Partí la tarde en un antes y un después de ti. Contigo me entró coraje. Vine corriendo a escribir. Te imaginé como la lluvia, menguando mis excesos de calor. Te hice líquido, te vi caer. Inundaste mi estudio de palabras por no decir de la gastada inspiración. Me leíste una frase sobre el infinito de Avski y me dejé caer sobre el sillón a ver morir la tarde. Cambié el vino por un café y regresé a Mishkin, Ningún príncipe se le compara. O tal vez sí, tal vez tú, tu bondad. Y mientras me lloran los bronquios procuro no cesar de tomar bebidas calientes. El frío me hace toser. Desgarro mi pecho en frases sueltas. Escampa. Salgo de mi refugio mirando al cielo. La tarde está gris y brumosa. El dos de copas sigue perdido aunque abrí el naipe, y llevo un gorro en lugar de una bufanda. Tú partiste y me dejaste un paisaje desahuciado: decenas de libros con hojas marcadas. Frases subrayadas a lápiz, notas de pie de página. Mi poesía revuelta y expuesta. Mis cariños literarios desnudos y en silencio. No supe a quién tomar primero. Dejar a Mishkin. Pronunciar a Baudelaire. Ser una flor del mal. Permitir que me ame igual que a la bóveda nocturna. Ser una rosa negra y espinosa... o un tulipán para Celan... o un girasol para Pessoa. Ser una flor después de todo. ¿Efímera? Como la tarde. ¿Mala? Como mi alma.     

viernes, 19 de febrero de 2016

El vendedor de biblias


Las adquirió para hacer una obra de caridad a un vendedor ambulante que no se cansaba de repetir que en ellas estaba la salvación. Veinte biblias le compró. Dos meses después se quedó sin trabajo como mercaderista y comenzó a pensar qué negocio informal podía montar. De vez en cuando abría el clóset y las veía. Se preguntó qué tan difícil sería venderlas y dónde. Pensó en los hoteles y no se dijo más. Al día siguiente salió con un morral y la determinación de encontrar un nicho dónde ofrecerlas.
Las llevó a cuatro hoteles antiguos y dos nuevos. Le fue mejor con los nuevos. Las veinte que llevaba no dieron abasto. Le hicieron un pedido para surtir las cincuenta y dos habitaciones del Hotel Mariscal. No sabía bien el precio así que pidió un día para enviar la cotización. Bajó al Centro. Fue a Ediciones Paulinas y preguntó. Le dijeron que el Nuevo Testamento no sólo era más económico sino que venía en ediciones de lujo con pasta azul, verde o vino tinto. Cotizó. Sacó sus márgenes y luego envió al hotel lo convenido. Le confirmaron el pedido. De ahí en adelante ofreció y vendió la palabra de Dios puerta a puerta, y también en colegios durante junio y octubre, época de primeras comuniones, cuando los padres adquirían la Biblia para sus hijos.
En algunos lugares se extrañaban porque no era un predicador. No recitaba de memoria los versículos ni le ordenaba a Satanás que retrocediera. Por su presencia bien podría pasar por seminarista. De cabello negro, corto, tez blanca, sonrisa sincera, delgado, y alto, veía en las biblias su negocio. Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado. No tenía una familia que alimentar y eso facilitaba las cosas. Comenzó a ahorrar. Se preguntó cuánto costaba editar una Biblia con una portada más sugestiva. Alguna escena de Noé o una bonita imagen de Jesús. El que no hablara de Dios no quería decir que lo desconociese. Por el contrario, tenía que conocer el producto que vendía de modo que se sabía algunos pasajes y tenía sus favoritos. Pensó que las biblias antiguas podían necesitar mantenimiento y aprendió a coserlas y revestirlas de cariño. Los hoteles antiguos le permitieron entrar a las habitaciones y buscar en los cajones. En varios sugirió poner la Biblia a la vista y muchos insomnes agradecieron su gesto.
Su tarjeta estaba marcada con su nombre y teléfono, y al reverso: “El vendedor de biblias”. Un martes cualquiera se encontró con uno de sus antiguos compañeros de trabajo que no dudó en preguntarle qué estaba haciendo. Soy vendedor de biblias, le contestó. Y su compañero no se cansó de reír hasta que vio que era en serio. ¿Y eso, viejo? Una salvación. Lo miró y no extrañó ni por un segundo el ajetreo de la oficina, los problemas con el superior, las mujeres coquetas con sus faldas cortas y medias de punto. No se molestó siquiera en enviarles saludos.
Su compañero llegó a la oficina diciendo en corrillo: No me lo van a creer. ¡Adivinen quién está vendiendo biblias!… ¡José Manuel Idárraga! Me lo encontré en la calle… ¿Y cómo lucía? El joven reflexionó. ¿La verdad?… mejor que nosotros.

En Flores en la pared y otros relatos. Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Fundación Arte & Ciencia. 2015

lunes, 1 de febrero de 2016

Un cuerpo ilusionado

La casa tiene un 8 por nomenclatura, un Sur por punto cardinal, y mi nombre en el casillero 205. Confieso que a veces sufro de amnesia para regresar. Cuando titilan los bares y los clubes, me atrapan la salsa y el bolero. Me quedo prendida tras el cigarrillo que no sé fumar y estoy en el tufo de una botella de aguardiente antioqueño. Y sin embargo me azara la noche. Me quema el viento, me arruga el bostezo de un parque, me intimida la luz de un farol. Busco librerías en un Centro que se ha quedado sin ellas. Subo a El Acontista y paso mis dedos por los lomos de los libros nuevos. Cierro los ojos y hago bibliomancia. Michel Onfray sale a mi encuentro con Teoría del cuerpo enamorado. Me pregunto si es posible formular dicha teoría. Ojeo las páginas. Lo llevo conmigo hasta la caja registradora y me antojo inevitablemente de un separador de gatos que maúlla en mi camino. Salgo a la calle con el libro y comienzan a palpitar en la bolsa, las letras, que aún no leo. No me aguanto. Me siento en una buñuelería, pido una gaseosa y abro mi tesoro. Al azar, dice: "Leer el deseo como necesidad no impide el optimismo platónico" y me pregunto si es optimista lo platónico. Me quedo un rato entre el libro y la noche mientras veo pasar festivas parejas y uno que otro hombre tatuado con el brazo libre como dispuesto a un golpe a un disparo. Me pregunto si mi cuerpo está enamorado y digo que no, no en el instante. Sí en el recuerdo. Sí en el anhelo. Agradezco el recuerdo de un beso. Me arrulla un tierno abrazo. Anhelo un sabor y un tacto. Es tarde, me digo, y regreso a casa a buscar la práctica de mi cuerpo ilusionado. 

Perplejidades

Empecemos de la nada. Digamos que hemos estado ausentes. Describamos esa ausencia como oscura y sofocante. Volvamos al comienzo, escribamos la palabra origen. Reconozcamos un fin en ese origen. Desnudemos el silencio. Seamos silencio. Silencio no mudez. Ausencia de sonido. Ausencia de eco también. Un sentimiento: tristeza. Una actitud: perplejidad. De pronto una sílaba, una negación. Un no corroe el espacio. El cuerpo comienza a hablar: cruzados los brazos, trenzado el cabello, apretados los labios y aguados los ojos. ¡No! Como si negar el presente sirviera de algo. Como si negar el ayer pudiera cambiarlo. Un momento, de pronto otros ojos hacen contacto. Una mirada es suficiente para rescatarnos. La nada no está sola después de todo. ¿Cuánto valoro tus ojos en mi caos? Me haces mirar el cielo que atardece. Y cuánto vale la pena alzar la mirada. Perpleja, tomo tu mano y abandono mi vacío.