sábado, 28 de noviembre de 2015

Reminiscencias

¿Sabes cómo te beso cuando no estás? Repaso tu boca en mi mente. Escribe tus labios mi deseo. Escucho el eco de tu voz. Araño el teclado como si fuera tu espalda. Regreso a casa con vos. Uso perfume para verte sin salir. Alegro la mañana con el recuerdo de tu fuego en mí. Beso las páginas que parecen escritas por ti. Doblo las hojas donde el personaje se entrega. Me doy a tu compasión. Hablo contigo. Anulo del diccionario la palabra adiós. Presente te llevo, te traigo, te acuno, te amparo. Y cuando llega la hora de dormir es cuando menos sola me siento. Si mis pensamientos de hoy son las acciones del futuro, soy caricia para ti. No quiero alejarte de mi presente. No quiero pensar que llegó el tiempo del olvido. Eres memoria, grieta en mi piel. Palpitas a setenta / ciento veinte. Me entrego a ti. Soy ojiva nuclear para tus ojos. Soy pétalo para tu voz. No me guardo nada. Me desnudo toda. Me quito hasta la piel. Soy roja. Ardo en moléculas que explotan cada vez que pienso que no te volveré a ver. Sí te veré. Lo sé. Lo intuyo. Nuestros caminos están demasiado cerca como para no cruzarse. Así vayas por río y yo por tierra, tendremos la misma orilla, el mismo límite, la misma distancia. Y mi silencio te querrá. Y mil voces te callarán. Y cuando nos acostumbremos a vernos así, romperé el límite, daré dos pasos, te besaré en la esquina de tu boca y te daré la espalda para no ver tu reacción. Caminaré hacia el horizonte con tu saliva en mí y me inventaré de nuevo como cuando no sabía qué era ser tuya. 


domingo, 15 de noviembre de 2015

A mi madre

Fallecí. Se hizo el silencio y renací. No pensé ya en tus ojos ni en tu boca, el nuevo comienzo se fascinó con las aves y los árboles, con las rayas pintadas en las calles y con la luz de los semáforos. Encontré divertido el tamaño de los niños y el sabor hostigante de un mazapán. No supe el tiempo de expiración de un trapeador, ni el uso de la última actualización para el teléfono. Desperté con las cuentas por pagar y la casa viniéndose a trocitos. Adoré la llamada de mamá y las noticias de lejos que se sienten tan cerca. Le saqué punta los lápices y coloreé un Mandala azul. Saqué a pasear a los perros, me abracé a un pino y le pedí permiso para extraer un fragmento de su corteza y convertirlo en separador de libros. Leí un poco de poesía de Baudelaire aunque decir poco, no es suficiente. Extraje una carta del Tarot y la interpreté. Dos de copas, celebración. Agradecí una oportunidad de empleo y me dije que ahora todo sería distinto como si todo no cambiara segundo a segundo. Tuve que echarme cuatro goticas en los ojos por una conjuntivitis resistente y conducir con extra de cuidado para no pegarme mucho a los demás carros. Recogí a mamá. Es una sensación rara eso de ir por ella cuando tantas veces ella fue por mí. La vi hermosa y como suelen decirnos que nos parecemos, tuve la certeza de que si mi vejez como la de ella sería bella. Pero no por la belleza física sino por la entereza, por la templanza con la que ha recibido los años y los días, vengan como vengan. Su conversación, me sedujo; su compañía, me abrazó.