miércoles, 23 de septiembre de 2015

Incrédula y fría


No puedo creerte, no quiero. Déjame con mi incredulidad de ti. ¿Aceptar la realidad? Inadmisible. ¿Tarde que temprano? Nunca. Son las dos (hace una hora). Quedamos de vernos pero me retrasé. Compré algo en la farmacia y se largó el aguacero. Ningún taxi paraba. Las botas estaban encharcadas, agradecí no haberme puesto tacones o sandalias. Tomé mi celular y cuando iba a marcar, preciso: sin batería. Maldije el día. Me acurruqué junto a un montón de extraños bajo un techo con una gotera que salpicaba. Te imaginé esperándome y me aventuré a tomar un bus pero todos pasaban llenos. Decidí caminar y mojarme. Llegar tarde no era usual en mí. Te preocuparías, llamarías a la oficina, me imaginarías en la fila de un banco, llamarías a mi mamá. Un extraño se ofrecería a llevarme y por la premura accedería sin desconfiar. Sería lo último que las cámaras registraran de mi. Una mujer blanca, de casi uno setenta, subirse a un auto con matrícula borrosa. Es eso o creerte. Morir de cualquier forma, contigo o sin ti. Morir al fin y al cabo. 

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