lunes, 7 de septiembre de 2015

El viaje

Con las provisiones listas pusimos el despertador a las 4:00 a.m. Surtimos la nevera y cargamos los sándwiches. Pude ver en los ojos de papá que tampoco había dormido bien. Yo estuve inquieta toda la noche. Luego discutió con mamá por el tamaño de las maletas. Era un lío acomodar a cinco en el baúl de un carro. La nevera quedó por fuera y mamá tuvo que llevarla entre las piernas. Tan pronto arrancamos papá puso un cassette con la música del Puma y protestó cuando mi madre intentó cantar algunos coros. Si tuvieras buena voz... Yo estaba en la ventana y desde allí podía ver el amanecer cuando se aproximara. En aquel tiempo, la costa estaba a 12, a 10 horas, yéndonos bien. El Renault 18 amarillo estaba brillante despues su visita por el taller. Alineación bien, balanceo, bien. Tanque, full. Mis hermanas dormían y la mona no podía soltar a su bebé, un bebé calvo y aburrido que para ella era el tesoro más grande. Moni no tenía apegos, ni a cobijas, ni a bebés, ni a nada. Le gustaba el puesto de la mitad para dormir mejor. Mamá sonreía, era feliz. Después de dos horas, Moni despertó y preguntó por primera vez si faltaba mucho. Ya era de día y debió pasar mucho tiempo para ella. Papá se ofuscó. Siempre nos advertía que el viaje era largo. No íbamos ni por Santa Rosa de Osos cuando Moni preguntó. ¿Quieres un sándwich? le preguntó mamá. Y pronto el carro olía a mostaza con mayonesa. Los regueros eran algo inevitable y en eso sí no se ofuscaba papá, ni en eso, ni en las veces que quisiéramos ir al baño. No había afán. Salía de vacaciones con sus princesas. Pronto hicimos la primera parada, y la siguiente, y la subsiguiente y así se nos fue el viaje sin darnos cuenta. Lo único que revelaba el tránsito eran los nombres de los pueblos que papá mencionaba para que fuéramos aprendiendo. Atrás Ventanas, atrás Puerto Valdivia, adelante mucho más adelante Ovejas. Había momentos que todos los demás en el carro se quedaban dormidos y yo era la encargada de despertar a papá con una fruna o un chocolate. Hablábamos del camino y de cuántas veces había hecho ese recorrido. Era agradable conversar con papá. Me mostraba la zona ganadera o los cultivos de maíz y se notaba que disfrutaba estar frente al volante. Entonces me explicaba cómo conducir, cuándo meter el cambio, la importancia del oído de un conductor. Y cuando estaba por anochecer, llegábamos. La primera parada era en la casa de la abuela. Las risas, los abrazos, el "cuánto has crecido" "¿Sigues escribiendo Claudi?". A los once años ya le escribía cartas a mi abuela. Los primos siempre estaban muchos centímetros más altos que la última vez. Las primas, pequeñas y traviesas. Las tías igual de conversadoras y bellas. Algún primo tenía la ocurrencia de esconder el bebé de la mona y el paseo para ella empezaba con lágrimas amargas. Mi padre intervenía, por supuesto y nos disponíamos a ocupar el lugar que papá había alquilado para no molestar. Fueron muchos los lugares pocos los nombres que logro recordar: Antares, El Coral. Y el primer día, íbamos al mar con la nevera repleta de Ron Medellín y Coca-cola. Papá entonces separaba una carpa descomunal y se la pasaba gritando que el espolón estaba muy cerca, que nos hiciéramos más al centro, que no tan hondo y así... año tras año, las vacaciones eran visitar a su mamá. La abuela sonreía de contento, de tener su familia unida, de ver año tras año, nuestro crecimiento. Ahora papá y la abuela hicieron un viaje a dónde no podemos seguirlos. Las tías siguen igual de conversadoras y los años parecen no hacerles mella. El viaje de entonces, ya se hace en avión. El tío Gustavo todavía me recoge y aunque no he querido molestar, alguna vez importuné. ¡Cuánto añoro los viajes de ayer!

2 comentarios:

Alejandra dijo...

Hermosa historia de familia. El viaje que nos desplaza con la mente y el corazón: Allá nos quedamos sin retorno.
Y la bitácora sigue su viaje.

Claudia Restrepo Ruiz dijo...

Sí Aleja, la bitácora continúa su viaje.