sábado, 26 de septiembre de 2015

Y soñar, soñar contigo

Déjame presumir... de ti un poquito
Zenet

Me trajiste a casa ebria y sonriente. Me arropaste hasta los sueños. Dejaste una luz prendida para que no tropezara por ahí. Escribiste un te amo en las notas de la nevera y te marchaste sin hacer ruido. Me despertó el dolor de cabeza. Busqué tu rostro con desamparo sin saber dónde estaba ni qué hora era. Me levanté con dificultad y fui a la cocina por algo de beber. Vi tu nota y me abstuve. Recordé el baile, el tequila, mis brazos alrededor de tu cuello. Cuando te fuiste por una llamada, me puse a coquetear con el vecino. Si no llegas a tiempo, mis brazos habrían estado también en su cuello. Hope, me dijiste. Adoro como suena mi nombre en inglés y en tu boca. Es hora de irnos... ¡Tan temprano no! Y tardé en hacerte caso. Quería una canción más y otra más y otra. Tomaste mi rostro entre tus manos y con ternura dijiste No más. Me abriste la puerta del carro y me pusiste el cinturón. Vomité en tu auto recién lavado. No dijiste nada. Pusiste mi emisora favorita y no recuerdo más. ¿Te habré armado un show? Son las dos y media de la mañana y estoy llena de arrepentimiento. ¿Un mensaje de texto? Es lo mínimo. Y estabas tan lindo... Gracias Jean. La casa está llena de ti. Mañana hablamos. ¡No! muy parca. Delete. También te amo, gracias. Déjame esta noche soñar contigo. Mejor. ¿El timbre? ¿Jean? Quería asegurarme de que estuvieras bien. Vamos, déjame arroparte. Seguro. ¿Con quién soñarás esta noche? Contigo. ¿Qué soñarás? Que eres mi abrigo. ¿Mañana puedo presumir de ti? ¿Un poquito? No hay nada de qué presumir, ven, más bien abrázame otro ratico.  

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Incrédula y fría


No puedo creerte, no quiero. Déjame con mi incredulidad de ti. ¿Aceptar la realidad? Inadmisible. ¿Tarde que temprano? Nunca. Son las dos (hace una hora). Quedamos de vernos pero me retrasé. Compré algo en la farmacia y se largó el aguacero. Ningún taxi paraba. Las botas estaban encharcadas, agradecí no haberme puesto tacones o sandalias. Tomé mi celular y cuando iba a marcar, preciso: sin batería. Maldije el día. Me acurruqué junto a un montón de extraños bajo un techo con una gotera que salpicaba. Te imaginé esperándome y me aventuré a tomar un bus pero todos pasaban llenos. Decidí caminar y mojarme. Llegar tarde no era usual en mí. Te preocuparías, llamarías a la oficina, me imaginarías en la fila de un banco, llamarías a mi mamá. Un extraño se ofrecería a llevarme y por la premura accedería sin desconfiar. Sería lo último que las cámaras registraran de mi. Una mujer blanca, de casi uno setenta, subirse a un auto con matrícula borrosa. Es eso o creerte. Morir de cualquier forma, contigo o sin ti. Morir al fin y al cabo. 

martes, 15 de septiembre de 2015

Cuestión de luz



Escríbeme lento para que tus palabras me lleguen despacio. Dime por ejemplo dónde te sorprendió el atardecer. No me digas que te lo perdiste porque seríamos dos. Es noche de techo bajo: así como en los aviones, y no aspiro soñar y me voy a acostar temprano.  Tal vez mañana pueda ver los arreboles de amanecer y despertar con una mirada despejada. Planeo hacer fotos en exteriores y el día, aunque gris, promete buena luz. Vamos... escríbeme lento pero pronto que estoy graneando palabras anteriores y picando los números de tu teléfono. Es que quiero verte. Más: quiero hablarte. Decirte que siempre te miro cuando te miro y te escucho cuando te hablo. Pareciera que estás aquí. Ya casi puedo verte. Tus palabras vienen primero. Dos o tres indicaciones. Conozco el lugar que mencionas. Miro el reloj, tengo el tiempo preciso. Le pedí al día que nos retratara. Hizo bien en esperar dos silencios. Uno tuyo. Uno mío.

Acércate a la ventana



Mirar por la ventana se puede hacer de mil maneras o de la misma. Esta es sólo una proposición. No mirar abajo, mirar al frente. Contar las nubes con los dedos y los minutos que faltan para que sean las seis. No encender la luz a menos que sea estrictamente necesario. Evitar reconocer las voces que vienen del parque, la de tu hijo en especial. No esperar encontrar el paisaje de todos los días con la misma luz del vecino encendida y una sirena a lo lejos inquietando tu corazón. Completa disposición para el asombro. Ganas de hundirte en la espesura. Postura erguida. Manos sueltas. A lo lejos, algo que parece un papel, se acerca. No ves bien de lejos pero temes que al ir por los lentes, lo pierdas. Te arriesgas. Al regresar está cada vez más cerca. Es como un platillo volador con forma de diario. Sabes que tiene escrito algo con la caligrafía de alguien más. ¿Qué dice? Está muy lejos aun. Se acerca con algo que parece una pluma y te preguntas si es para que tú le añadas algo. Lees la ventana con desconfianza y lo próximo que sabes de ti, son unas ganas inmensas de agarrarla. Tienes la cámara cerca así que iluminas su noche para dejar constancia. Es una carta. Querida Linda... ¿Es Linda el nombre o puede ser cualquier mujer? El diario vino a ti. Eres Linda. Quien escribe lo hace desde un bote en un río con poca luz. Lo sabes por el vaivén de su letra y el olor a pescado que acompaña las hojas. No sabías que una ventana también sirve para escribir pero te lo permites.  Una ventana también es una cita. 




lunes, 7 de septiembre de 2015

El viaje

Con las provisiones listas pusimos el despertador a las 4:00 a.m. Surtimos la nevera y cargamos los sándwiches. Pude ver en los ojos de papá que tampoco había dormido bien. Yo estuve inquieta toda la noche. Luego discutió con mamá por el tamaño de las maletas. Era un lío acomodar a cinco en el baúl de un carro. La nevera quedó por fuera y mamá tuvo que llevarla entre las piernas. Tan pronto arrancamos papá puso un cassette con la música del Puma y protestó cuando mi madre intentó cantar algunos coros. Si tuvieras buena voz... Yo estaba en la ventana y desde allí podía ver el amanecer cuando se aproximara. En aquel tiempo, la costa estaba a 12, a 10 horas, yéndonos bien. El Renault 18 amarillo estaba brillante despues su visita por el taller. Alineación bien, balanceo, bien. Tanque, full. Mis hermanas dormían y la mona no podía soltar a su bebé, un bebé calvo y aburrido que para ella era el tesoro más grande. Moni no tenía apegos, ni a cobijas, ni a bebés, ni a nada. Le gustaba el puesto de la mitad para dormir mejor. Mamá sonreía, era feliz. Después de dos horas, Moni despertó y preguntó por primera vez si faltaba mucho. Ya era de día y debió pasar mucho tiempo para ella. Papá se ofuscó. Siempre nos advertía que el viaje era largo. No íbamos ni por Santa Rosa de Osos cuando Moni preguntó. ¿Quieres un sándwich? le preguntó mamá. Y pronto el carro olía a mostaza con mayonesa. Los regueros eran algo inevitable y en eso sí no se ofuscaba papá, ni en eso, ni en las veces que quisiéramos ir al baño. No había afán. Salía de vacaciones con sus princesas. Pronto hicimos la primera parada, y la siguiente, y la subsiguiente y así se nos fue el viaje sin darnos cuenta. Lo único que revelaba el tránsito eran los nombres de los pueblos que papá mencionaba para que fuéramos aprendiendo. Atrás Ventanas, atrás Puerto Valdivia, adelante mucho más adelante Ovejas. Había momentos que todos los demás en el carro se quedaban dormidos y yo era la encargada de despertar a papá con una fruna o un chocolate. Hablábamos del camino y de cuántas veces había hecho ese recorrido. Era agradable conversar con papá. Me mostraba la zona ganadera o los cultivos de maíz y se notaba que disfrutaba estar frente al volante. Entonces me explicaba cómo conducir, cuándo meter el cambio, la importancia del oído de un conductor. Y cuando estaba por anochecer, llegábamos. La primera parada era en la casa de la abuela. Las risas, los abrazos, el "cuánto has crecido" "¿Sigues escribiendo Claudi?". A los once años ya le escribía cartas a mi abuela. Los primos siempre estaban muchos centímetros más altos que la última vez. Las primas, pequeñas y traviesas. Las tías igual de conversadoras y bellas. Algún primo tenía la ocurrencia de esconder el bebé de la mona y el paseo para ella empezaba con lágrimas amargas. Mi padre intervenía, por supuesto y nos disponíamos a ocupar el lugar que papá había alquilado para no molestar. Fueron muchos los lugares pocos los nombres que logro recordar: Antares, El Coral. Y el primer día, íbamos al mar con la nevera repleta de Ron Medellín y Coca-cola. Papá entonces separaba una carpa descomunal y se la pasaba gritando que el espolón estaba muy cerca, que nos hiciéramos más al centro, que no tan hondo y así... año tras año, las vacaciones eran visitar a su mamá. La abuela sonreía de contento, de tener su familia unida, de ver año tras año, nuestro crecimiento. Ahora papá y la abuela hicieron un viaje a dónde no podemos seguirlos. Las tías siguen igual de conversadoras y los años parecen no hacerles mella. El viaje de entonces, ya se hace en avión. El tío Gustavo todavía me recoge y aunque no he querido molestar, alguna vez importuné. ¡Cuánto añoro los viajes de ayer!

jueves, 3 de septiembre de 2015

Gracias a los lectores

A todos los lectores que han llegado hasta aquí, gracias. A sus voces y sus lentes y sus likes, gracias. Lo que empezó como un ejercicio íntimo ya tiene familia. Gracias por soportar mis delirios, mis inseguridades, mis ejercicios con la imagen (no siempre exitosos). Gracias por comprender la reincidencia en el amor, la fe en la primera cita, el horror en un clóset, Gracias por creer en los pliegues que hago de la realidad, por seguir los sueños, por estar abiertos a la fantasía. 
Cuando intenté cerrar el blog este año, muchos de ustedes me hicieron caer en la cuenta de que era un error. Por ustedes regresé con más ganas, con más fuerza, con la misma disciplina y siempre atenta a las lecturas y los comentarios. 
Es cierto que la música invadió al blog, también que a veces suena a poesía, que el hipertexto es inevitable en algunas entradas y que yo misma me doblo para dar un efecto de una mente cambiante. Gracias de nuevo por pasar por aquí. Con ustedes cada palabra escrita adquiere un sentido nuevo. Por ustedes aprendo, me pulo, perfecciono. Ocho años... espero que vengan muchos, muchos más. 
Con cariño,
Claus