viernes, 31 de julio de 2015

Pesadilla

Fotografía; Daniel Efe Restrepo
Déjame salir. Abre la puerta del cobertizo. Háblame al menos. Dime qué hora es. Hace hambre. ¿Hay alguien en casa? Me voy a enloquecer. Estoy cansada de dormir. Tengo sed. Me tienes secuestrada, alienada, perdida. Deja de jugar, abre el cobertizo. Aquí sólo hay luz. Háblame te digo. Necesito un baño y una toalla limpia. O mátame si es lo que piensas hacer conmigo. Pero no lo pospongas más. No me tortures a este silencio vago. Sé que estás ahí. Puedo oírte respirar. Y no me cansaré de golpear la puerta. Quiero salir. El aire es pesado muy pesado. Necesito salir. ¿Cómo llegué aquí?  Estaba en el estacionamiento del supermercado cuando... estoy sangrando... déjame salir. Nadie te va a dar un peso por mí. ¡Cállate! Si hay alguien ahí. Por favor escúcheme... no le he hecho nada malo. Mis hijos me esperan. Lo sé Marinés, despierta ya que tienes al edificio desvelado con tus gritos.  

sábado, 25 de julio de 2015

Mis pies, mi mundo

Sostienen mi mundo. Durante los sueños hacen equilibrismo. A veces transcurren horas de horas sin ver el suelo. De noche se tropiezan, les dicen torpes y aceptan con resignación el morado consecuente. Le tienen fobia a la lima y por ley siempre dañan una uña cuando hay cambio de esmalte. Nacieron sin puente. Como a los siete discutieron durante eternas mañanas con zapatos ortopédicos que igual tuvieron que deslucir en el colegio. Son friolentos pero no soportan dormir con medias. Agradecen el agua y descubrieron tarde las sandalias. No toleran los tacones aunque a veces toque ponérselos para algún evento especial. Sus zapatos favoritos son unos tenis negros. Sus pies favoritos... guardan el secreto. Su madre dice que se parecen a los de ella, con el segundo dedo muy Restrepo. Es probable. Mientras escribo, uno toca el piso, el otro se balancea en un carrizo. Ninguno siente vértigo, son algo gatunos porque adoran subirse a los muebles. Sólo lloran cuando sangran, y sólo sangran cuando la cocina está oscura y los vasos caen y se quiebran y encender la luz requiere un paso de valor. No sudan, por eso no conocen al mencionado talco. A veces repiten medias y aunque se sienten sinvergüenzas, nadie lo sabe, entonces es más bien una fechoría encubierta. Son mimados, muy mimados. Tanto que vuelven a ser gatunos cuando alguien los consiente y aunque suene infantil, son felices en el regazo de mamá.  


Fotografía; Daniel Efe Restrepo 

Pinocho tuvo que crecer

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Es más cómodo así aunque ella caiga. Aunque se pierda en el remolino de amores, en destellos de besos y cuerpos en movimiento. Abrazos con ansías. Llantos en soledad. Es más cómodo así aunque la pierda en el camino. Aunque su mirada no me busque más y tenga que darle la espalda. Nadie la amó más que yo. Nadie la ha visto llorar con un libro entre manos ni cortarse partiendo una cebolla. Nadie la ha escuchado suspirar cuando termina la tarde ni tararear un bolero en busca de su padre. Nuestra complicidad tiene que morir. Sólo ella ha percibido mis ganas de fugarme. Sólo ella se ha preguntado de qué madera estoy hecho. Y ha besado mi frente como quien besa un muñeco de infancia. Debo dejarla caer, no extender mis manos a su llamado. Sentir como tropieza y maldice a la vez. Para rescatarla están sus amores. Que apele a la dulce noche y se tumbe en la cama con los ojos secos. Secos los sueños y las horas y los rezos. ¿Pero cómo dejarla si la estoy viendo? Mientras no pueda moverme seguiré siendo testigo de su insensatez. La veré entrar y salir del estudio. La escucharé teclear frenéticamente y con suerte, la veré bailar cuando salga por algo que necesita con urgencia. No es cierto, no es más cómodo así, no quiero que caiga. No quiero perderla en un torbellino de amores ni saber que su boca besa otros labios y otros labios la besan con frenesí. Quiero brazos de carne, piernas de hombre, trasero de adonis, pecho amplio y voz gruesa. Quiero vivir para que su búsqueda acabe. 

miércoles, 22 de julio de 2015

En la mesa de un fotógrafo

Fotografía: Daniel Efe Restrepo

Cada vez son más tenues los hilos que sostienen mi existencia en este mundo. Adorno el escritorio de un fotógrafo que rara vez me mira. Compito con un duende que por atraer la prosperidad es más que consentido, monedas nuevas de quinientos y de mil se depositan a sus pies mientras estoy cansado de preocuparme. Hago equilibrio porque no fui diseñado para dormir, con lo bien me caería una siesta. A veces pasa ella y aunque no puedo sonreír, sé que sonrío. Se va con una manta para la sala y se recuesta a leer todas las tardes, al menos una hora y siempre, al menos una vez mira hacia mí. Dos o tres veces ha cambiado mi posición y ha querido darle velocidad a mis pasos pero como no soy suyo, no se atreve ni a retratarme. Y eso que alguna vez retrató un figurín para un psicoanalista famoso... Con alguien como yo, aprendió la proporción. Es una lástima que no pueda convocarla al pastel o la sanguina. Ahora soy yo quien la observa leer. A veces se fatiga. Lo sé por la manera como cierra el libro de manera momentánea, toma aire y vuelve abrirlo. Me pregunto si hay figurines en las historias que lee o si los personajes no son los figurines de alguien más. A mí me gustaría ser escrito, poder delatar mi antipatía con el vecino y el cariño que me despierta la mujer de las alas rotas. Me gustaría tener voz para invitarla a salir y boca para tomarme un trago. Y sí, mi anatomía es insuficiente para mis deseos, soy superficie, capricho de arquitecto. Y capricho suyo también, ahora que me toma en sus manos y con dulzura baja mi mano a un costado. 

lunes, 20 de julio de 2015

Descalza

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
La noche en tus labios me supo a pecado. La risa, las bromas, mi cuerpo vencido. Ahora te veo dormir y no quiero llegar a casa. ¡Cuántos suspiros! Me estoy aprendiendo de memoria tu cuerpo. Tu plácido rostro que intenta despertar. Un exceso de luz se cuela por la ventana. Las toallas gastadas sin cisnes aglutinándolas, conversan en un rincón. Mi nuca te extraña. Mi rostro se agacha, te beso antes de que abras los ojos. Digo tu nombre en voz baja. Arqueas la ceja, será que te preguntas cómo amaneció tu mundo. Por fin me miras y me descubres mordiéndome el labio. Buenos días. Buenos días. ¿No te has vestido aun? Estaba esperando verte despertar. ¿Y valió la pena? Toda. ¿Nos duchamos o prefieres que te lleve a casa? Nos duchamos. Bajo el agua tu dorso es más bello. ¿Decías algo? No... y no sé por qué siento que me llevarás a casa y esto será todo. Eso es todo. Nada más puede ser. ¿Te vas a ir descalza? Sí. 

lunes, 13 de julio de 2015

Marañones con yogur

La receta es tan sencilla como deliciosa. Picar fruta, pera y manzana roja. Ponerla en un par de recipientes de vidrio. Verter yogur de melocotón y rociar con pasas y marañones al gusto.  La media mañana ideal.
No me mires así que me asusto. No soy marañón aunque en las madrugadas, acurrucada, parezco uno. ¿Qué tal está? Me sigues mirando así y tomas la media mañana solo. Ah, es tu manera de decir que te gustó. Me gusta que te haya gustado. ¡Qué exceso de gustos por Dios! Ahora... déjame mirarte así. Mi marañón. ¿Para qué me dices cursi si sabes que no me importa? No tengo forma de prepararme para tu amor. No eres receta sencilla. No prometes larga vida como una manzana ni te dejas rodear por mis palabras. La acurrucada soy yo velando tu calor. Quizás la receta sea yo. Pero hasta tanto no me demuestres que puedo confiar en ti, no diré el ingrediente secreto, ni la temperatura... ¡ay que calor! ¿Por qué me haces cosquillas? Conoces mis debilidades. No las explotes, no hoy. Mira que estoy siendo fuerte a pesar de tus ojos que me encandilan. Marañón, voy a masticarte como un marañón, así no tendré que temerte y te tendré en mí todo el día o al menos lo que dure su digestión. Ah, no te gustó. Eso nos pasa por andar compartiendo recetas. 


miércoles, 8 de julio de 2015

Los confesionarios


Tómate un café conmigo. Hablemos de los años, la infancia y los sueños. O del calor, la brisa y lo etéreo. Siéntate en mí con todos tus pesos. Nadie nos mira. Alega, llora, maldice si tu mundo no es un rincón tranquilo. Deposita en mi tus desconfianzas. Alude en un renglón, tu mayor deseo. Aprieta los ojos, cierra las manos, implora una alegría. Voy a decirte algo: llevo una década esperando por ti. Necesito que dejes en mí eso que te agobia. Los confesionarios estamos muy lejos de las iglesias. Somos azules, verdes, grises, con o sin cojines. Confía en mi prudencia. Ni puedo, ni quiero decir nada diferente a que te conocí. Eso es, llora. Entiendo cuando dices que te sientes pequeña para el mundo, pero mira, qué precisa eres para mí. Vamos sube los pies, nadie te regañará. Siéntate en esa posición de loto que tanto te gusta. Mira al frente. ¿Qué ves? Árboles con guayabas y adorables montañas. Un paisaje que siempre ha estado ahí sin importar cuantos mundos se derrumben o parezcan derrumbarse en mí. Deja que tu mundo se derrumbe. No te apegues a la Torre ni a su número. Todo es susceptible de ser interpretado. Mira lo fugaces que somos, lo eternos que nos creemos... mira. Cambia de posición, no intentes mecer las piernas, soy bajito, no puedo prometerte una altura que no poseo. Recuéstate. Tómame por almohada. Descansa tu preocupación en mí. Muévete a una posición fetal, soy un útero para ti. No puedo traerte una manta pero puedo esperarte mientras vas por ella. Y allá vas... hace un instante creías no poder con el mundo, que dulce eres, ya hasta le sonríes.