viernes, 29 de mayo de 2015

Pie plano

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Solía caminar descalza entre las rocas con la ilusión de crear un puente para su pie plano. Pronto se encariñó con las piedras y aprendió a correr sin resbalar. Le molestaban las mañanas lluviosas porque interrumpían su ejercicio y no podía nombrar las rocas como lo venía haciendo. A veces los niños tomaban una o varias para jugar y extrañaba la suerte que corrían lejos de sus pasos. Para ella, eran más bellas juntas y apretujadas. Un jardín gris para hacer equilibrio frente al mundo. Ocurrió que la propiedad pasó una circular anunciando reformas, entre ellas la adecuación de un jardín apropiado para los niños en el preciso lugar donde sus pies se daban forma. Acudió a la Administración con premura pero la mayoría en la asamblea era irrevocable. Solicitó las rocas para sí y no se las negaron. Diseñó un camino de piedras al interior de su apartamento y pudo ejercitarse de día y de noche, tanto que se le olvidó caminar sobre otras superficies. Su manía no pasó desapercibida y los niños murmuraban que la señora del primer piso se había vuelto loca. Con disimulo se asomaban a verla y se compadecían de su apego a las piedras. A uno se le ocurrió que le harían un favor si las botaran e idearon la manera de entrarse a su casa y tomar el motín. Así lo hicieron. Cuando ella llegó de caminar vio la puerta entreabierta y se le enfrío el corazón. No había rastros de ellas. Supo al instante que llamar a la comisaría seria un desastre y sólo se acostó en el suelo, en posición fetal a recordar su jardín sin plantas. Conchita, Penélope, Circón, ninguna regresaría. Los niños continuaron espiándola y la vieron tan triste que sintieron por primera vez remordimiento. Optaron por poner de a dos piedras todos los días en el tapete de su casa y así lo hicieron. Ahora ella baila y anhela ese cartero de manos pesadas que todos los días le trae una ilusión para sus pies que cantan. 

2 comentarios:

Alejandra dijo...

Poema/ cuento/ terapia para caminar sintiendo la tierra, el césped, la palabra. Hace bien un intersticio en la mañana para leer La bitácora, cuando el sol se mete entre la rendija y debo caminar sobre las piedras calientes del día.
Saludos.

Claudia Restrepo Ruiz dijo...

Aleja, las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas en mí.