domingo, 24 de mayo de 2015

Mi nombre en tus labios

Cuento tu nombre con los dedos, lo murmuro, te llamo, invento formas de saludar, te asigno una canción. Hice una siesta de tres horas y no sólo te vi pasar, nos tomamos un café. Tres horas... es mucho tiempo para una siesta. Alcanza para otras cosas. Me pregunto si la piel sabe que sueña o vive esos ratos con la misma lujuria de un recién despertado. Te pienso. Tenías que habitar mi sueño. ¿Y si dormimos al tiempo? ¿Si por decir a las once nos acostamos y a las dos treinta nos habitamos?
Me pienso. Preparo una clase. Escucho Jarabedepalo. Tengo el título de mi próximo cuento. Una llamada se asoma y evito contestar. Celebro. Estoy de fiesta por tus besos. El aquelarre es íntimo y confeso. De repente alguien pasa y lee y ve a una mujer enamorada que con lo dicho hasta ahora no tiene forma de defenderse y cada palabra afirma lo que Pedrina y Río bien canta. No le hago luto a las penurias, las dejo pasar. Y ya pasaron. Me alegro con tu búsqueda, con tu mirada en mí, con un diálogo que no cesa.  Vuelvo a leer el cuento de Egüez, Conciencia breve y debo reconocer que me siento diferente cuando hallo un cuento, una novela o una película donde aparece mi nombre verdadero. Es como cuando se está en la calle y alguien cerca lo pronuncia en voz alta, uno voltea a mirar a ver quien llama si te llama o es otra Claudia. No hay muchos libros con mi nombre pero me lo cambio para ser muchos personajes. Lo mismo ocurre con las canciones. Hay días en que todas me salen. Y cuánto me gusta cantar a todo pulmón. Por suerte el vehículo no es un estudio de grabación. 
Atardece, la luz es rosa, una nube tiene la forma de una bruja sobre su escoba. Me siento en el estudio a mirar cómo el tiempo se detuvo en un reloj verde que decidió no trabajar más. Alguien me llama. No hay duda. Debo contestar esta vez. Luego te busco... 


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