jueves, 26 de febrero de 2015

Tres años

Te busqué al despertar. Me imaginé tu mano abriendo mis cobijas para ir a la misa. Te dije: cinco minuticos más. La mañana, entre brumosa y fría hizo juego con el luto del vestuario. En la Iglesia cantaron desde el comienzo no sin antes decir que la Eucaristía se hacía en tu nombre o el de tu eterno descanso. Moni no llegó, mamá no llegó y los papás de Santi llegaron antes que nosotros. Parte de la homilía fue la historia de Esther, luego, me elevé. Estuve parada de nuevo frente a ti en ese estrecho cuarto de cuidados intensivos. Te di la mano y un beso en la frente. Ya quedaba poco pulmón. Decidimos trasladarte a la habitación. No pasaron diez minutos antes de que dijeras adiós. Te acostaron y como un niño, en posición fetal, partiste. El amanecer fue de un rosado vibrante y de un amarillo tierno. El llanto de entonces no se parece al de ahora. Me he vuelto egoísta hasta de los recuerdos que hablan de ti. En cualquier momento del día te pienso y cuando lloro, es de ausencia. Antes era de pérdida. Existe aceptación pero no resignación. ¿Quién se resigna a no ver tus ojos, marea infinita de apacible mirar? 

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