domingo, 15 de febrero de 2015

Segunda parábola de las manos

Fotografía: Daniel Efe Restrepo


La calle está en las manos, el corazón también. Surcos de piel y grietas hablan por montones. Palpita el amor de ayer. Late el querer de hoy. Nace la historia del mañana. Surcos de piel dibujan aes o emes. Danzan los dedos, se abrazan nudillos. Y la calle sigue en las manos, abruptos encuentros de caminos y encrucijadas no tienen la fortuna o la molestia de un semáforo. A altas velocidades se presume una edad, se inventa el tiempo. El tacto tiene forma de yema y entre todas las cosas prefiere tu piel. Las uñas son la máscara que juega a confundirte, se escoge un color se inventa un estado de ánimo. De noche recordamos cuando se jugaba al conejo o el ave con la pared. Volaban las manos, volaban, hasta que aprendieron a transformarse en un magnánimo beso. 
Ganan mis manos cada vez que apuestas por mí. Se hacen boca, sonríen de infinitas maneras y hasta tiemblan de placer. Te escriben con pluma, te guardan en una esquela. También temen las manos, lloran y acompañan al rostro cuando el mundo es azaroso e incierto. ¿Cuándo no es el mundo azaroso e incierto? Temen mis manos cuando te vas, cuando juras no regresar. No es el mundo el azaroso sino tú. Tú y tus manos que inventan un horizonte en mí. 

3 comentarios:

Alejandra dijo...

La primera vez que bese las manos de mi hija entendí que el amor siempre pasaría a través de ese contacto con las manos. Tu poema es táctil, al arte sin esa característica no sería arte, al igual que el amor.

Claudia Restrepo Ruiz dijo...

Tu hija, ¡qué bello! Yo tuve fijación con los pies del mío. Por ahí hay una entrada con una foto de ellos. Sí, los sentidos deben aflorar en el arte. De otro modo no nos transportaría a los rincones de la memoria y el sueño.

Claudia Restrepo Ruiz dijo...

http://poesiaculinaria.blogspot.com/2014/06/los-pies-que-mas-amo.html

Esta es la entrada de los pies de mi hijo.