jueves, 17 de diciembre de 2015

Bruma


Cuántas veces he transitado el camino de la bruma, tantas como mis años... tantos tiempos con o sin estación. Primaveras desiguales, otoños deslucidos, ¿Inviernos? El invierno es el interior. Para sobrevivir tuve que aprender a estar sola. Para estar sola, tuve que alejar gente de mí, personas que amaba, personas que herí y por supuesto, perdí. He aprendido a perder pero no me acostumbro. No soy gran cosa. No he logrado nada. No voy por el mundo fijando metas ni cumpliendo objetivos. Me cuesta madrugar. Vivo del asombro y de la ficción. Cada rostro es una historia que intento descubrir. Atrapo sueños. Condeno auroras. Mi único vicio es sobrevivir. Capotear la palabra hiriente, ignorar los ocasos tristes, comprender a mi cuerpo, que no responde y aprender a leer cada vez que lo olvido. ¿Cuántas veces bruma? ¿Tantas? He de padecerte siempre y has de convivir conmigo hasta que te hastíes. Caerás en un cuarto menguante cuando mi cabello muera a manos de unas tijeras ágiles. Caerás y de nuevo tendré la ilusión de la alegría. Sonreiré con la vainilla del helado, con la cola de mi perro, con un beso de buenos días. Y seré tan cíclica, tan cíclica que mi periodo dibujará una mueca en mí todos los 16. Siempre llegaré al 28 llena de preguntas. Y soñaré más el 7, el 17 y el 27. Habrá bruma por los hijos que no concebiré. Habrá bruma por esos versos que olvidé. Y mis pies volverán a estar helados y mis manos continuarán encalambrándose. Y perderé la paciencia en el tráfico mientras lloro sin que nadie vea. Y lloraré una canción de Bob Marley y no sabré si girar a la derecha está bien. La bruma será neblina ante mis ojos y recordaré a quién me dijo que eran negros no cafés. ¿Cuántas veces bruma? No sé. Hoy me levanté contigo y es tu oscuridad la que me cubre.     

sábado, 28 de noviembre de 2015

Reminiscencias

¿Sabes cómo te beso cuando no estás? Repaso tu boca en mi mente. Escribe tus labios mi deseo. Escucho el eco de tu voz. Araño el teclado como si fuera tu espalda. Regreso a casa con vos. Uso perfume para verte sin salir. Alegro la mañana con el recuerdo de tu fuego en mí. Beso las páginas que parecen escritas por ti. Doblo las hojas donde el personaje se entrega. Me doy a tu compasión. Hablo contigo. Anulo del diccionario la palabra adiós. Presente te llevo, te traigo, te acuno, te amparo. Y cuando llega la hora de dormir es cuando menos sola me siento. Si mis pensamientos de hoy son las acciones del futuro, soy caricia para ti. No quiero alejarte de mi presente. No quiero pensar que llegó el tiempo del olvido. Eres memoria, grieta en mi piel. Palpitas a setenta / ciento veinte. Me entrego a ti. Soy ojiva nuclear para tus ojos. Soy pétalo para tu voz. No me guardo nada. Me desnudo toda. Me quito hasta la piel. Soy roja. Ardo en moléculas que explotan cada vez que pienso que no te volveré a ver. Sí te veré. Lo sé. Lo intuyo. Nuestros caminos están demasiado cerca como para no cruzarse. Así vayas por río y yo por tierra, tendremos la misma orilla, el mismo límite, la misma distancia. Y mi silencio te querrá. Y mil voces te callarán. Y cuando nos acostumbremos a vernos así, romperé el límite, daré dos pasos, te besaré en la esquina de tu boca y te daré la espalda para no ver tu reacción. Caminaré hacia el horizonte con tu saliva en mí y me inventaré de nuevo como cuando no sabía qué era ser tuya. 


domingo, 15 de noviembre de 2015

A mi madre

Fallecí. Se hizo el silencio y renací. No pensé ya en tus ojos ni en tu boca, el nuevo comienzo se fascinó con las aves y los árboles, con las rayas pintadas en las calles y con la luz de los semáforos. Encontré divertido el tamaño de los niños y el sabor hostigante de un mazapán. No supe el tiempo de expiración de un trapeador, ni el uso de la última actualización para el teléfono. Desperté con las cuentas por pagar y la casa viniéndose a trocitos. Adoré la llamada de mamá y las noticias de lejos que se sienten tan cerca. Le saqué punta los lápices y coloreé un Mandala azul. Saqué a pasear a los perros, me abracé a un pino y le pedí permiso para extraer un fragmento de su corteza y convertirlo en separador de libros. Leí un poco de poesía de Baudelaire aunque decir poco, no es suficiente. Extraje una carta del Tarot y la interpreté. Dos de copas, celebración. Agradecí una oportunidad de empleo y me dije que ahora todo sería distinto como si todo no cambiara segundo a segundo. Tuve que echarme cuatro goticas en los ojos por una conjuntivitis resistente y conducir con extra de cuidado para no pegarme mucho a los demás carros. Recogí a mamá. Es una sensación rara eso de ir por ella cuando tantas veces ella fue por mí. La vi hermosa y como suelen decirnos que nos parecemos, tuve la certeza de que si mi vejez como la de ella sería bella. Pero no por la belleza física sino por la entereza, por la templanza con la que ha recibido los años y los días, vengan como vengan. Su conversación, me sedujo; su compañía, me abrazó.    

martes, 13 de octubre de 2015

La bicicleta roja




Ilustraciones: Alejandra Waibel. Para conocer más sobre su obra, visitar www.acuarelasdeaguaclara.blogspot.com

Hace un tiempo compartí este cuento con Aleja y ella decidió ilustrarlo por su cuenta. Cuando recibí las imágenes estaba de viaje y me conmoví profundamente. Lo compartió todo durante un tiempo en su blog y es mi turno de regalarles esta ternura. Espero lo disfruten tanto como yo.

Saludos,

Claus


Conversatorio en San Fernando Plaza, este viernes a las 6:30 p.m.



¿Quieres conocer a un vendedor de biblias? En Flores en la pared, podrás encontrar a José Manuel. Acompáñanos este próximo viernes en el Auditorio de San Fernando Plaza a las 6:30 p.m. Cuentos del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Te esperamos.

lunes, 12 de octubre de 2015

Lloro

¿Cómo comienza un llanto? Hilvanado al corazón, venitas receptoras tras los ojos escuchan con atención. Alguien llega, alguien se va, algo se pierde, un dolor no amaina, aparece un recuerdo. La poderosa lágrima se asoma en las celosías de los ojos que miran al mundo. Se mece allí donde el arco es propicio y se arroja sin más a un vacío de piel y viento. La primera lágrima bien puede ser una líder o una renegada. Depende de cuánto tarden en saltar las demás. ¿Cuál ojo llora primero? Hemos llorado toda una vida y estoy segura jamás hemos auscultado el llanto. Yo me ahogo por el izquierdo. Y digo ahogo porque sí sé que el derecho sigue después. Cuando algunas gotas yacen en los labios y deslizan su sabor hasta mi boca. Y se llora por temporadas también. Con mesura, con vehemencia. En soledad, en compañía. ¿Qué hacer cuando otro llora? ¿Cómo no abrazarlo? ¿Qué hacer cuando nos sentimos responsables, cuando un adiós es el motivo? Se llora porque se llueve por dentro. El invierno necesita precipitarse. No hay instrucciones no. Tampoco estancias favoritas aunque debajo de la ducha sea recurrente y llorar sin ser visto sea un secreto fácil de guardar. Llorar en el auto, llorar en un avión. Llorar en el Metro, ver cómo los demás se preguntan si pueden hacer algo. Llorar en la oficina. Llorar en el colegio. Llorar por fechas, en esos inefables aniversarios de los muertos. Llorar por alguien. Llorar de rabia. Llorar de contento...
...y lloro, una lágrima salta al vacío de mi rostro.

Salida de emergencia


Cada vez que voy a Carepa, le tomó una fotografía a esta puerta. Corresponde a la salida de emergencia de una institución educativa. Sin embargo, cada que la veo, siento que es una entrada, un llamado al silencio, una invocación. Jamás la he visto abierta. He notado como la maleza quiere untarse de ella y como a un par de bicicletas suelen dejarlas cerca. A veces he pensado que tras ella se alberga un enorme árbol con un nido de iguanas de largas colas y colores vibrantes como las que veo en Apartadó, pero no puedo estar más equivocada. Lo que se oculta tras la puerta según mis indagaciones es un parque, vecino de la zona de rumba, desde donde se puede escuchar reggaettón con fuerza. También hay un carrito con venta de minutos de celular y limonada helada y la basura que el viento ha llevado hasta allí. Lo cierto es que pero prefiero mi invocación: una estancia sagrada. Las iguanas coloreando el lugar y un ágora de piedra, a la sombra, con peldaños marcados de ternura. Un espacio para escuchar el silencio y el propio pensamiento. Tú, allá, debajo de las hojas de tallos arqueados por el peso. Tú, sentado sobre una antigua maleta café de esas con clave que tu marcaste como 123. Tú, con vista al mar y a mis sueños. Tú, preguntándome qué hay de nuevo. De guayabera blanca, tan cerca y... tan lejos. Estás en mi salida de emergencia, en la estancia de mis más dulces recuerdos. Contigo papá, converso y converso. Y me cuentas que la puerta para ti, es una ventana, y que me has visto y escuchado mientras leemos a Primero estaba el mar o mientras hablamos de Frank Molina o nos dejamos seducir por La pluma de Ana Frank de Aidan Chambers. Me dices que la literatura no es tan abstracta como tu pensabas y sonríes cuando me nombras La bicicleta roja que Aleja, ilustró con belleza. Me instas a escribir sin bajar la guardia y cuando me subo al carro de Don Henry los boleros, sus boleros, tus boleros... me perforan. Entonces imagino la puerta para salir corriendo cuando toquen el timbre o la campana. 

martes, 6 de octubre de 2015

Cuando se dificulta decir te amo

Con ímpetu arrastro mi cuerpo hacia tu risa. Temblando, levanto la vista hacia a tus ojos. Soñadora, tejo caminos hacia tus noches. Me escurro entre el silencio y lo oscuro, en la luz tenue que te abriga para leer. Sostengo la hoja que miras y la palabra que guardas. Soy la inicial de un nombre de mujer que atrapa tus sentidos. Soy también la hoguera donde la ves desparecer. Si bien en el libro podemos ser otros los personajes no pueden ser nosotros. ¿O sí? Ahora mismo te leo asomado en un balcón, al norte de mis sentimientos. Ya mismo te leo ir a la cocina y poner a hervir agua para una infusión de calendula. Alguien te dijo que era buena cicatrizar y lo que quieres curar es mi nombre. Atravesé tu dermis, acaricié membranas, apuñalé tus fibras sin más anestesia que mi aroma. Y tus umbrales se quejan de tan débil coraza, de tan reveladora emoción. Y te leo odiarme por estar en ti, por no conciliar el sueño, por tomar ese whisky contra el dolor y sentirlo como agua, sin efecto alguno. Y de repente te paras y me miras. Me miras sostener tu libro entre mis manos y decides ser yo. Me lees. Sentada frente al computador escucho una canción de Gloria Trevi y me digo que nadie puede amarte más que yo. O sí, si pueden, pero yo no puedo amar más de lo que te amo. ¿Estamos hablando de amor? Debe ser una equivocación. Hay un cambio en el libreto. Ahora un lector nos mira con compasión. ¿Qué les está pasando a estos dos? ¿Con la fuerza de los mares? (hay que poner la canción)  ¿Para qué se comparan?... siempre es pegajosito ese coro.  
--¿Con quién hablas?
--¿Qué? Ah, yo aquí solo. Ven, has oído esta canción. 
--¿Yo? Sí ¿por? ¿Debo convencerme de algo? 
--Quizás. Mejor no. De pronto te asustas y te vas.
--¿Adónde? 
--Mientras no sea lejos de mí puedes ir donde gustes.
--¿Tú, Rodrigo Carvajal, me estás diciendo que me amas? Sigue escuchando a la Trevi. 




lunes, 5 de octubre de 2015

La mitad de mí

Mitad de mí, te extraña. Te observa en la distancia. Te ve tomar un taxi o un café. La mitad de mí añora tus caricias, tus besos magros, tu despertar compasivo, tu habano a deshoras. Parte de mí no soporta tu música, el estruendo de esa emisora, los chistes flojos, los personajes mal contados. Y es que todo no es rosa ni Serenade. Parte de ti no tiene tiempo de extrañarme, me observas de cerca, pero no demasiado. Añoras mi cabeza en tu pecho, mis piernas inventándote una encrucijada. Jamás me has visto fumar porque ni yo misma me he visto. Lo más cerca que estuve de un cigarrillo fue de la cajetilla que por algún favor, le pasaba a mi padre. Parte de ti lee lo que escribo, la otra parte prefiere que se lo cuente. Y entre parte y parte llevamos quince años de cariño y muy pocos agravios. Y puedo responder por esta mitad de mi que no se halla si no has llegado a casa. Sé cómo es. Lo mimada que se inventa. La alegría que le da al verte consentir a los perros. La otra mitad... esa, sale de la habitación en puntillas por la noche y se acuesta en la sala después de mecatear. Se queda dormida y sueña con todo el mundo menos contigo. Es por eso que se asusta cuando me llamas con voz ronca Claudia, a la cama. Dejo los sueños para otra noche y regreso a tu lado con las mitades trocadas y el velo de tus ojos miel resguardando mi insomnio.

Vicios de oficio


En mi rostro desnudo interviene el pasado con ínfulas de presente. ¿Quién puede decir que ha dejado su pasado atrás? El mío a ratos viene adelante. Se escribe con Mayúscula y Melancolía. No sabe qué hacer un domingo aparte de leer y caminar millas descalza por la casa. Hacer orden es una opción que sin embargo resulta repulsiva por la atmósfera del día. Dormir, en cambio, es un placer. A las dos y seis ya he dormido cuatro horas. Y cuando el ciático me obliga a levantarme pienso en regar las matas. De almuerzo, comida china. Las riego mientras llega el domicilio. Me miro las plantas de los pies y son una sola sombra de quereres y estancias. Y llego aquí, a una entrada que bien puede ser una salida, sí, una manera de describir el mundo que habito. Un mundo pequeño muchas veces bello, algunas aterrador.  Un mundo después de todo. ¿Y qué es escribir sino dar vueltas en círculo?
Confieso que tengo más de cuarenta entradas en borrador, historias que no han encontrado un final afortunado, historias que voy publicando o borrando según el ánimo. Ya es lunes. Tarda cocinar esta entrada. Me pregunto si les gustaría que habláramos de los obstáculos de la escritura como oficio, del consabido temor a la hoja en blanco, de los decálogos del cuento y... por qué no, de los vicios del bloguero y los trucos del twittero. ¿Qué dicen?

sábado, 26 de septiembre de 2015

Y soñar, soñar contigo

Déjame presumir... de ti un poquito
Zenet

Me trajiste a casa ebria y sonriente. Me arropaste hasta los sueños. Dejaste una luz prendida para que no tropezara por ahí. Escribiste un te amo en las notas de la nevera y te marchaste sin hacer ruido. Me despertó el dolor de cabeza. Busqué tu rostro con desamparo sin saber dónde estaba ni qué hora era. Me levanté con dificultad y fui a la cocina por algo de beber. Vi tu nota y me abstuve. Recordé el baile, el tequila, mis brazos alrededor de tu cuello. Cuando te fuiste por una llamada, me puse a coquetear con el vecino. Si no llegas a tiempo, mis brazos habrían estado también en su cuello. Hope, me dijiste. Adoro como suena mi nombre en inglés y en tu boca. Es hora de irnos... ¡Tan temprano no! Y tardé en hacerte caso. Quería una canción más y otra más y otra. Tomaste mi rostro entre tus manos y con ternura dijiste No más. Me abriste la puerta del carro y me pusiste el cinturón. Vomité en tu auto recién lavado. No dijiste nada. Pusiste mi emisora favorita y no recuerdo más. ¿Te habré armado un show? Son las dos y media de la mañana y estoy llena de arrepentimiento. ¿Un mensaje de texto? Es lo mínimo. Y estabas tan lindo... Gracias Jean. La casa está llena de ti. Mañana hablamos. ¡No! muy parca. Delete. También te amo, gracias. Déjame esta noche soñar contigo. Mejor. ¿El timbre? ¿Jean? Quería asegurarme de que estuvieras bien. Vamos, déjame arroparte. Seguro. ¿Con quién soñarás esta noche? Contigo. ¿Qué soñarás? Que eres mi abrigo. ¿Mañana puedo presumir de ti? ¿Un poquito? No hay nada de qué presumir, ven, más bien abrázame otro ratico.  

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Incrédula y fría


No puedo creerte, no quiero. Déjame con mi incredulidad de ti. ¿Aceptar la realidad? Inadmisible. ¿Tarde que temprano? Nunca. Son las dos (hace una hora). Quedamos de vernos pero me retrasé. Compré algo en la farmacia y se largó el aguacero. Ningún taxi paraba. Las botas estaban encharcadas, agradecí no haberme puesto tacones o sandalias. Tomé mi celular y cuando iba a marcar, preciso: sin batería. Maldije el día. Me acurruqué junto a un montón de extraños bajo un techo con una gotera que salpicaba. Te imaginé esperándome y me aventuré a tomar un bus pero todos pasaban llenos. Decidí caminar y mojarme. Llegar tarde no era usual en mí. Te preocuparías, llamarías a la oficina, me imaginarías en la fila de un banco, llamarías a mi mamá. Un extraño se ofrecería a llevarme y por la premura accedería sin desconfiar. Sería lo último que las cámaras registraran de mi. Una mujer blanca, de casi uno setenta, subirse a un auto con matrícula borrosa. Es eso o creerte. Morir de cualquier forma, contigo o sin ti. Morir al fin y al cabo. 

martes, 15 de septiembre de 2015

Cuestión de luz



Escríbeme lento para que tus palabras me lleguen despacio. Dime por ejemplo dónde te sorprendió el atardecer. No me digas que te lo perdiste porque seríamos dos. Es noche de techo bajo: así como en los aviones, y no aspiro soñar y me voy a acostar temprano.  Tal vez mañana pueda ver los arreboles de amanecer y despertar con una mirada despejada. Planeo hacer fotos en exteriores y el día, aunque gris, promete buena luz. Vamos... escríbeme lento pero pronto que estoy graneando palabras anteriores y picando los números de tu teléfono. Es que quiero verte. Más: quiero hablarte. Decirte que siempre te miro cuando te miro y te escucho cuando te hablo. Pareciera que estás aquí. Ya casi puedo verte. Tus palabras vienen primero. Dos o tres indicaciones. Conozco el lugar que mencionas. Miro el reloj, tengo el tiempo preciso. Le pedí al día que nos retratara. Hizo bien en esperar dos silencios. Uno tuyo. Uno mío.

Acércate a la ventana



Mirar por la ventana se puede hacer de mil maneras o de la misma. Esta es sólo una proposición. No mirar abajo, mirar al frente. Contar las nubes con los dedos y los minutos que faltan para que sean las seis. No encender la luz a menos que sea estrictamente necesario. Evitar reconocer las voces que vienen del parque, la de tu hijo en especial. No esperar encontrar el paisaje de todos los días con la misma luz del vecino encendida y una sirena a lo lejos inquietando tu corazón. Completa disposición para el asombro. Ganas de hundirte en la espesura. Postura erguida. Manos sueltas. A lo lejos, algo que parece un papel, se acerca. No ves bien de lejos pero temes que al ir por los lentes, lo pierdas. Te arriesgas. Al regresar está cada vez más cerca. Es como un platillo volador con forma de diario. Sabes que tiene escrito algo con la caligrafía de alguien más. ¿Qué dice? Está muy lejos aun. Se acerca con algo que parece una pluma y te preguntas si es para que tú le añadas algo. Lees la ventana con desconfianza y lo próximo que sabes de ti, son unas ganas inmensas de agarrarla. Tienes la cámara cerca así que iluminas su noche para dejar constancia. Es una carta. Querida Linda... ¿Es Linda el nombre o puede ser cualquier mujer? El diario vino a ti. Eres Linda. Quien escribe lo hace desde un bote en un río con poca luz. Lo sabes por el vaivén de su letra y el olor a pescado que acompaña las hojas. No sabías que una ventana también sirve para escribir pero te lo permites.  Una ventana también es una cita. 




lunes, 7 de septiembre de 2015

El viaje

Con las provisiones listas pusimos el despertador a las 4:00 a.m. Surtimos la nevera y cargamos los sándwiches. Pude ver en los ojos de papá que tampoco había dormido bien. Yo estuve inquieta toda la noche. Luego discutió con mamá por el tamaño de las maletas. Era un lío acomodar a cinco en el baúl de un carro. La nevera quedó por fuera y mamá tuvo que llevarla entre las piernas. Tan pronto arrancamos papá puso un cassette con la música del Puma y protestó cuando mi madre intentó cantar algunos coros. Si tuvieras buena voz... Yo estaba en la ventana y desde allí podía ver el amanecer cuando se aproximara. En aquel tiempo, la costa estaba a 12, a 10 horas, yéndonos bien. El Renault 18 amarillo estaba brillante despues su visita por el taller. Alineación bien, balanceo, bien. Tanque, full. Mis hermanas dormían y la mona no podía soltar a su bebé, un bebé calvo y aburrido que para ella era el tesoro más grande. Moni no tenía apegos, ni a cobijas, ni a bebés, ni a nada. Le gustaba el puesto de la mitad para dormir mejor. Mamá sonreía, era feliz. Después de dos horas, Moni despertó y preguntó por primera vez si faltaba mucho. Ya era de día y debió pasar mucho tiempo para ella. Papá se ofuscó. Siempre nos advertía que el viaje era largo. No íbamos ni por Santa Rosa de Osos cuando Moni preguntó. ¿Quieres un sándwich? le preguntó mamá. Y pronto el carro olía a mostaza con mayonesa. Los regueros eran algo inevitable y en eso sí no se ofuscaba papá, ni en eso, ni en las veces que quisiéramos ir al baño. No había afán. Salía de vacaciones con sus princesas. Pronto hicimos la primera parada, y la siguiente, y la subsiguiente y así se nos fue el viaje sin darnos cuenta. Lo único que revelaba el tránsito eran los nombres de los pueblos que papá mencionaba para que fuéramos aprendiendo. Atrás Ventanas, atrás Puerto Valdivia, adelante mucho más adelante Ovejas. Había momentos que todos los demás en el carro se quedaban dormidos y yo era la encargada de despertar a papá con una fruna o un chocolate. Hablábamos del camino y de cuántas veces había hecho ese recorrido. Era agradable conversar con papá. Me mostraba la zona ganadera o los cultivos de maíz y se notaba que disfrutaba estar frente al volante. Entonces me explicaba cómo conducir, cuándo meter el cambio, la importancia del oído de un conductor. Y cuando estaba por anochecer, llegábamos. La primera parada era en la casa de la abuela. Las risas, los abrazos, el "cuánto has crecido" "¿Sigues escribiendo Claudi?". A los once años ya le escribía cartas a mi abuela. Los primos siempre estaban muchos centímetros más altos que la última vez. Las primas, pequeñas y traviesas. Las tías igual de conversadoras y bellas. Algún primo tenía la ocurrencia de esconder el bebé de la mona y el paseo para ella empezaba con lágrimas amargas. Mi padre intervenía, por supuesto y nos disponíamos a ocupar el lugar que papá había alquilado para no molestar. Fueron muchos los lugares pocos los nombres que logro recordar: Antares, El Coral. Y el primer día, íbamos al mar con la nevera repleta de Ron Medellín y Coca-cola. Papá entonces separaba una carpa descomunal y se la pasaba gritando que el espolón estaba muy cerca, que nos hiciéramos más al centro, que no tan hondo y así... año tras año, las vacaciones eran visitar a su mamá. La abuela sonreía de contento, de tener su familia unida, de ver año tras año, nuestro crecimiento. Ahora papá y la abuela hicieron un viaje a dónde no podemos seguirlos. Las tías siguen igual de conversadoras y los años parecen no hacerles mella. El viaje de entonces, ya se hace en avión. El tío Gustavo todavía me recoge y aunque no he querido molestar, alguna vez importuné. ¡Cuánto añoro los viajes de ayer!

jueves, 3 de septiembre de 2015

Gracias a los lectores

A todos los lectores que han llegado hasta aquí, gracias. A sus voces y sus lentes y sus likes, gracias. Lo que empezó como un ejercicio íntimo ya tiene familia. Gracias por soportar mis delirios, mis inseguridades, mis ejercicios con la imagen (no siempre exitosos). Gracias por comprender la reincidencia en el amor, la fe en la primera cita, el horror en un clóset, Gracias por creer en los pliegues que hago de la realidad, por seguir los sueños, por estar abiertos a la fantasía. 
Cuando intenté cerrar el blog este año, muchos de ustedes me hicieron caer en la cuenta de que era un error. Por ustedes regresé con más ganas, con más fuerza, con la misma disciplina y siempre atenta a las lecturas y los comentarios. 
Es cierto que la música invadió al blog, también que a veces suena a poesía, que el hipertexto es inevitable en algunas entradas y que yo misma me doblo para dar un efecto de una mente cambiante. Gracias de nuevo por pasar por aquí. Con ustedes cada palabra escrita adquiere un sentido nuevo. Por ustedes aprendo, me pulo, perfecciono. Ocho años... espero que vengan muchos, muchos más. 
Con cariño,
Claus

lunes, 31 de agosto de 2015

Taxi

Ya viene, móvil 273, tres minutos. Qué rápido se fue la tarde. Qué clara se hizo la noche. Sí, cálzate. Me quedan tus huellas desperdigadas por la sala. ¿Me dejas el vino? Me embriagaré pensándote. Minuto y medio. Que espere. Préstame tu boca. Sí, como si no la hubiera tenido toda la tarde. Con la premura sabe distinto. Gracias por haber venido. Ya olvidé en qué esquina dejé a mi soledad. Espero no recordarlo cuando partas. El teléfono. Es de la portería. No quiero contestar. Sí, ya sé. Un minuto, va para allá. Recuérdame ¿quieres? Es solo una carrera mujer. No te angusties. Lo sé. 273. Ve. Espera... dejas tu suéter. No sería mala idea para abrigarte. Tu mirada me abriga. Coqueta. Tú me hiciste así. ¿Y qué tal si te quedas esta noche? No puedo. Madrugo a trabajar. El taxi... el taxi me va a dejar. 

viernes, 28 de agosto de 2015

BOCA NADA

Por Marco Ramírez / YOMARCO

Nunca antes quise ser cucaracha, cada vez que salía con una mujer que me movía el piso aparecía una de esas voladoras arruinándome la velada, lo más probable era que simplemente hubiera acentuado lo que por defolt ya estaba pactado entre el diablo y la chica de turno, sin embargo mis taras adolescentes me recordaban que la esperanza es lo último que se pierde aunque hayas destrozado tu dignidad tratando de conservar el verde en tu memoria. Esa noche, el bar estaba lleno, aturdido por la perdida me vestí de negro, los tenis naranja fosforescente me mimetizaban con el olor a papaya impregnado en el ambiente. El licor en la mano, me heló. Un trago más y a caminar por el lugar, estaba seguro que pasaba desapercibido aun teniendo los ojos maquillados por el llanto. En la esquina bajo el televisor, está Lorena, la flaca de sonrisa amplia que nunca me mira a los ojos, en realidad yo a ella tampoco, solo me intriga con que tipo de ropa interior combina el color de sus uñas;  a su lado una chica de ojos verdes ceiba abraza un tipo de pueblo norteamericano, él se baja del caballo y ella le besa las botas o al menos es lo que parece. 
Sigo con mi plan hasta lograr encontrarla, está de yines prestados, camiseta sisacortaestampada y tacones altos, en la mano derecha un Martini se derrama a gotas y en la otra una pulsera color dorado la protege de los murciélagos, me acerco cautelosamente para oler su cuello descubierto, el pelo recogido en forma de fuente medieval me permite ver que no es del todo natural, ni el pelo ni ella. Una última bocanada, humo al cielo y giro brusco sobre la derecha. Quedamos tan cerca que sin pensarlo le dimos continuidad al encuentro con un beso de telenovela de esos que dan por terminada la pelea. Sus manos grandes de dedos delicados y uñas bien cuidadas me abrazaban por la nuca y la espalda, su lengua rosaba mi paladar y mis ojos lo poco que podía ver de sus orejas. 10 pasos antes de verla logré reparar el atrapasueños rosado México que afloraba sobre la pretina trasera del bluyín que le ajustaba el culo, en la distancia permitida entre las sillas y la gente pude verla toda. Durante el ajetreo del beso y los estrujones de las hormonas su pelo empezó a desmoronarse sobre sus hombros, el rubio sol que llevaba en las puntas le tocaba los pezones erguidos y evidentes, de ahí y hacia arriba el degradé de cafés coronaba en lo más alto con un castaño oscuro que se replicaba en sus cejas oscuras y delineadas, le enmarcaban el azul petróleo de los ojos profundamente maquillados. Hasta el momento el insecto no aparecía y la noche comenzaba a ganar en intensidad y envidias. Sin soltarme me tomó de la mano y caminando como unidos con pega loca cruzamos el bar hasta llegar a la terraza donde tenía una mesa reservada. La luz morada de la noche evitaba que nos detalláramos los defectos, era perfecto  así, al fin y al cabo sería tan solo un rato, con el cielo expuesto y abierto mi mente solamente esperaba la estampida de cucarachas voladoras. La miré detenidamente, estaba demasiado buena y estaba sola conmigo, parecía cierto que no valía la pena dar por perdida la esperanza, se dio cuenta que me tenía bobo aunque no supiéramos nuestros nombres, se apoyó en la mesa, cruzó su pierna izquierda cerrando la brecha y me miró directamente a los ojos. Quise llorar pero el rojo de sus tacones hizo que los convirtiera en cama, levante la mirada y la enfrenté. Sabía que me lo propondría. Terminó el cigarrillo, botó la colilla con delicadeza y abrazándome por la nuca me respiró en el oído como tomando aire para decir lo que yo esperaba.

- Me llamo Alex y tú?

El ronco de su voz y el tamaño de sus pies me sacaron de dudas, me levanté bruscamente y sin despedirme busqué a Lorena para rogarle un beso, quería convertirme en cucaracha, al fin y al cabo me habían estripado el ego con unos tacones rojos.

Fotografía: Daniel Efe Restrepo

Marco Ramírez Autor de Trece conversaciones para dormir solo. Diseñador y creativo. La calle es un pretexto para inventar historias. Ella siempre está presente. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Breve historia sobre un número primo

La altiva desnudez de un número primo se cruzó con la melosería de un número par. Fingió no estar interesado y se escondió tras un muro a observar. El 8 era muy hábil en abrazos y nudos y su exacta proporción le daba una figura generosa y coqueta. Al 7 no le quedaba más que esperar un adición simple. Eso era todo lo que necesitaba para gozar de un cuerpo más apetecible. Y como el uno no llegaba, se entretuvo con trucos de magia y tantos trucos inventó que el mundo entero lo reconoció. Ya unos hacen fila para emparentarse con él o tomarse una fotografía y el ocho se ha engordado de ansiedad. El gran truco del 7 ha sido dejar de esperar. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Indecisión onírica

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Es apenas lógico que no quiera ir, que no quiera encontrárselo, que no esté segura del sí. En sueños besó su futuro y se encontró con un hombre diferente. Uno con ojos grises y boca plateada. Así como se ven los recuerdos, casi a blanco y negro. Ese hombre la besaba y sentía el cosmos en el cuerpo. El recuerdo de una noche que no paso aún. Y los preparativos: algo prestado, algo azul, algo robado. No logró robar algo. ¿Será por eso? ¿Pero quién era? ¿Quiénes eran ambos? Gorda ya está tarde. Estás lista. El liguero. Aún no mamá. ¿Te ayudo? Pero mira si no te has vestido... ¿Lo piensas dejar esperando? No. Y los ojos grises... ¿lo conocería a pesar de? Estás elevada. ¿Qué pasa cariño? Te ves hermosa. Eres la novia más bella que he visto. Soy la única que es tu hija mamá. Pamplinas. Tu padre ya llamó. Viene por la Transversal, y ya recogió a los pajes. ¿Mamá? Sí. ¿Algún hombre aparte de papá te hizo sentir como con el cosmos en el cuerpo? Qué cosas dices Maribel. Ven te pongo el tocado. Lista. Mamá, ¿David si será así? Tú mejor que nadie sabes como es. Llevas un año planeando esta boda. ¿Qué pasa hija? Ah, nada. Mejor me retoco los labios, estoy por besar el resto de mi vida. 

martes, 11 de agosto de 2015

Sin título

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Ya tampoco soy ni el rostro que veo en el espejo. Me he fundido en Salt Paradise, en Frank Molina, en Leonardo con su Magdalena, río testigo; en Kurtz, en Ixca y en Ana Soror. Quise ser como Remedios la bella y descubrí que tenía más de Melquiades. Como mujer ilustrada mi lunar me mostró los lugares del mundo por los que no debía transitar sola. Lugares que coinciden con pasajes de mi intimidad. Fragmentos de horas hablando con extraños y formulando maneras de llegar a K-pax. Una vida tratando de ser normal cuando lo normal no existe. Y seguir intentándolo porque duele no serlo. Continuar de siete años hablando con el diablo en el clóset y de diez, esperando con mi abuela y las ventanas bien cerradas, el temido apocalipsis. He vivido en la fantasía como quien tiene un cuarto alquilado justo al frente. Y he sido afortunada porque he tenido buenos amigos, he tenido hermanas amigas y un esposo amigo. A ninguno le importa el rostro, para todos soy la voz y un corazón. No desconocen mis tinieblas: saben que hablo poco y duermo menos; que lloro mucho, hasta secarme; que a veces no puedo leer ni escribir y que tan solo me queda recitar de memoria textos en proceso. Mis muertes, si puedo llamarlas así, suceden de otoño a invierno. Por eso aprovecho hoy, que estamos en verano para sacudir mis entierros.    

sábado, 8 de agosto de 2015

Disertación de un beso

Por: Andrea Halaby Fernández
 Mirada en el horizonte
sin rayos que la partan
o la dejen ciega.

Manos abiertas
pies anclados
enraizados
firmes.

Boca y boca
entreabiertas,
con sed
y hambre.

Cuerpos
como palmas
palmas como
peces.

Agua y sal
entre dos bocas.
Arena que sepulta
la tarde en el lomo
de un caballito de mar.


Andrea Halaby Fernández 
(Medellín, Colombia) 
Noviembre 6, 1973
Diseñadora Industrial-Universidad  Pontificia Bolivariana
Escritora, Poeta
Blog: www.ahalabyf.wordpress.com
twitter: @ahalabyf
Ha participado en diversos concursos y festivales de poesía desde el 2014 entre ellos Concurso Bajo el Cielo de Ana, VI Festival de poesía por la paz. Mujeres Poetas en Cartago. XXX Encuentro de Mujeres Poetas Museo Rayo. XII Parlamento Nacional de escritores. VII Festival de Poesía por la Paz (2015). II encuentro de Mujeres Poetas en Cartago y ha publicado en diversos premios y antologías.
  1. Publicación de Poemas en Antología del museo Rayo (2014-2015)
  2.  Segundo lugar en Concurso Nacional de Casa Poesía Silva “El amor en la           poesía”. Poema “Despacio” (Oct 2014) Colombia
  3.  Mención Concurso Internacional Mil Poemas por la Paz de Colombia. Poema “Ruinas” (Abril 2015) Colombia 
  4. Premio Especial en el Concurso Internacional  de Prosa “La belleza en 1000 palabras”.  Prosa “Hermosura perpetua” (Abril 2015) España
  5. Finalista del Certamen Mundial Excelencia Literaria- Narración Breve   (Junio 2015) Cuento “Círculo”.
  6.  Lanzamiento del libro “La puerta del león”. (2015).








jueves, 6 de agosto de 2015

Tres cuerpos

Fotografía: Daniel Efe Restrepo 

Por Marta Cecilia Cadavid
Cuerpos  (1)

Abrasa la canícula los montes
en oscuras callejas de los cielos
revientan nubarrones
Enajenados
los árboles se mecen
al vaivén de unánimes tormentas

Igneo derrame, soles de arena
crujido de silencios, arrasadoras voces
ulula el verbo, agoniza la tierra


Cuerpos  (2)

En mi casa duermen sus espectros
carbones encendidos que llamean recuerdos
estampan alfabetos en mi cuerpo

Asaltan gota a gota mi torrente
se desnudan en mi piel
son fogonazos eternos

Cómplices de nacimientos
navegantes de mi océano
bucean en mi secreto

Sinfonía chorreando eras


Cuerpos (3)

Como un asombramiento de cocuyos
el lumínico polvo
se encajó en los ijares
indómito escozor encendió las crines
dos flamas azules me abrasaron
encabritado, denso, refulgente
se lanzó desenfrenado hacia el abismo


Marta Cecilia Cadavid En el 2012 publicó algunos cuentos con el grupo Voz de nosotras. En el 2014 con el grupo Aprendiz de Brujo, Aoketekete y otros relatos del río.

Los tacones de la noche




Por Marta Cecilia Cadavid

La noche se entacona con chispazos de luna. Sus cabellos rojos golpean el viento cuando acaricia la alameda. Provoca ardorosos suspiros  y agitados resuellos. Ella sabe coquetear con la muerte, desata cintas naranja y ocre al atardecer, retoza con las sombras. Su risa es cópula de luciérnagas, tiene mil soles en los ojos y su voz resuena en todas las cavernas.

Vespertina, ensombrecida, va tiñendo con sus huellas los caminos. Sus pisadas son densas explosiones que encarcelan la luz en oleadas de azabache, inventando tinieblas. En los ámbitos celestes, miríadas de luceros cuelgan de su velo, como refulgentes cristales. Un concierto de grillos hace vibrar sus alas, hechiza como los magos, fermenta las semillas, acoge a los amantes.

En la ventana, Griselda sueña con la noche.  El índigo velo palpita al contacto de  su piel tersa y joven. Ella conversa con la señora de las sombras y se deja acariciar por los plateados dedos de la luna. La noche, en íntimo conjuro, se hace más oscura y misteriosa para que la argentada luna desabotone uno a uno sus crespones.

La noche se entacona con chispazos de luna. La noche tiene sueños de medio día.


Marta Cecilia Cadavid En el 2012 publicó algunos cuentos con el grupo Voz de nosotras. En el 2014 con el grupo Aprendiz de Brujo, Aoketekete y otros relatos del río.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Presencia




Por Nubia Mesa

Yo sé que existes. He visto tus ojos brillar entre la penumbra. Sé que tienes alas pero las retraes para posarte muy cerca y escuchar mi canto en las mañanas. He sentido tus pasos livianos de pájaro acompañando mis largas caminatas por el campo.

Yo sé que existes. La otra noche, al entrar al cuarto sentí un olor a flores silvestres y el leve movimiento de la cortina delató tu huida. Si hasta he tenido la sensación de que has velado mi sueño acomodado entre las ropas que dejé a un lado de la cama. Y en la mañana, cuando fui a buscar el libro que dejé empezado había una marca nueva. Era un punto insignificante, aunque no a mis ojos que saben que existes.

Hoy he decidido verte. Me instalaré en el sillón de la sala atenta a cualquier señal. Sé que tarde o temprano, si uno tiene paciencia, las incógnitas se despejan. Esta vez no podrás ocultarte. Todo parece quieto, pero al mover mis ojos también las sombras cambian de lugar. Las hojas del bambú se mecen y algunas caen como gotas de lluvia silenciosa. ¿Vendrás camuflado en este vientecillo de verano que se cuela por debajo de la puerta? Cerraré los ojos para percibir mejor su caricia. No, no debo hacerlo, qué tal que en ese segundo pases raudo y te ocultes de nuevo. Hay tantos rincones donde puedes hacerlo. ¿Será por eso que no podemos ver tantas cosas? ¿Porque no hurgamos en los rincones? Allí se han quedado atrapados muchos secretos. No quiero moverme, solo repasar con mis ojos cada objeto y esperar, tarde o temprano podré verte.

Nubia Amparo Mesa Granda. Comunicadora Social-Periodista. Docente universitaria. Hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín. En 2014 publicó su primer libro de cuentos Las voces que trae la brisa, editado por la Fundación Arte y Ciencia.

Escritores invitados El Aprendiz de Brujo

Tengo el gusto de anunciar en el blog, la participación de los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Durante las siguientes semanas estaré subiendo textos suyos. Para comenzar, nos visitará Nubia Mesa con su texto Presencia. 
Me place mucho contar con ellos en La bitácora del cuerpo.
Con cariño,

Claudia

lunes, 3 de agosto de 2015

Decencia

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Bailar para ti es bailar para el mundo. En tus ojos encuentro sosiego. Mis movimientos son la dulzura condensada. De día o de noche los brazos se agitan, se levantan, sacuden mi cabello. En tus ojos soy bailarina aunque de eso, nada sé. Para ti, me hago melodía. Para ti, abro el telón de mi femineidad. Junto a ti, me siento amada. Y no me canso de convocarte a mi fiesta. Con o sin música puedo bailarte. Con o sin música nos invito a soñar. Es tu piel en mi piel la mejor caricia. Es tu voz en mi oído... una provocación. El éxtasis llega con sólo probar tus labios: miel soñada, miel amada. Y todo por un baile ingenuo o travieso para el que no están diseñados más aplausos que caricias. Sí, regálame tu piel, hazme tuya. No cierres los ojos, no me robes el sosiego. Mírame. Desnuda mi ternura, arrebata mi decencia. 

domingo, 2 de agosto de 2015

Lid

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Acepto el presente tal y como es. Reconozco mi imagen en el espejo. Sé quién soy, sé que siembro. En mi mente tengo un par de ideas yuxtapuestas que en lid, determinan el curso de cada mañana. Sé quién soy, a quién amo, qué temo. Sé que te tengo y no, te sé solo y no. Sabes mejor que nadie cómo soy. Me tienes y no. Me amas y me temes por la lid que mencioné. A veces jugamos ajedrez, a veces nos lastimamos con la esgrima. Pero mi crueldad es un lujo (como en El tiro de gracia) que no puedes darte. No soy tu musa ni tu amiga, es mi quehacer ser tu compañera. A tu lado, soporto las noches del mundo.  Junto a ti, mi oscuridad se corrige con una miopía. En tus brazos la ficción parece mentira. No tenemos dioses ni credos, nos tenemos fe. 

viernes, 31 de julio de 2015

Pesadilla

Fotografía; Daniel Efe Restrepo
Déjame salir. Abre la puerta del cobertizo. Háblame al menos. Dime qué hora es. Hace hambre. ¿Hay alguien en casa? Me voy a enloquecer. Estoy cansada de dormir. Tengo sed. Me tienes secuestrada, alienada, perdida. Deja de jugar, abre el cobertizo. Aquí sólo hay luz. Háblame te digo. Necesito un baño y una toalla limpia. O mátame si es lo que piensas hacer conmigo. Pero no lo pospongas más. No me tortures a este silencio vago. Sé que estás ahí. Puedo oírte respirar. Y no me cansaré de golpear la puerta. Quiero salir. El aire es pesado muy pesado. Necesito salir. ¿Cómo llegué aquí?  Estaba en el estacionamiento del supermercado cuando... estoy sangrando... déjame salir. Nadie te va a dar un peso por mí. ¡Cállate! Si hay alguien ahí. Por favor escúcheme... no le he hecho nada malo. Mis hijos me esperan. Lo sé Marinés, despierta ya que tienes al edificio desvelado con tus gritos.  

sábado, 25 de julio de 2015

Mis pies, mi mundo

Sostienen mi mundo. Durante los sueños hacen equilibrismo. A veces transcurren horas de horas sin ver el suelo. De noche se tropiezan, les dicen torpes y aceptan con resignación el morado consecuente. Le tienen fobia a la lima y por ley siempre dañan una uña cuando hay cambio de esmalte. Nacieron sin puente. Como a los siete discutieron durante eternas mañanas con zapatos ortopédicos que igual tuvieron que deslucir en el colegio. Son friolentos pero no soportan dormir con medias. Agradecen el agua y descubrieron tarde las sandalias. No toleran los tacones aunque a veces toque ponérselos para algún evento especial. Sus zapatos favoritos son unos tenis negros. Sus pies favoritos... guardan el secreto. Su madre dice que se parecen a los de ella, con el segundo dedo muy Restrepo. Es probable. Mientras escribo, uno toca el piso, el otro se balancea en un carrizo. Ninguno siente vértigo, son algo gatunos porque adoran subirse a los muebles. Sólo lloran cuando sangran, y sólo sangran cuando la cocina está oscura y los vasos caen y se quiebran y encender la luz requiere un paso de valor. No sudan, por eso no conocen al mencionado talco. A veces repiten medias y aunque se sienten sinvergüenzas, nadie lo sabe, entonces es más bien una fechoría encubierta. Son mimados, muy mimados. Tanto que vuelven a ser gatunos cuando alguien los consiente y aunque suene infantil, son felices en el regazo de mamá.  


Fotografía; Daniel Efe Restrepo 

Pinocho tuvo que crecer

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Es más cómodo así aunque ella caiga. Aunque se pierda en el remolino de amores, en destellos de besos y cuerpos en movimiento. Abrazos con ansías. Llantos en soledad. Es más cómodo así aunque la pierda en el camino. Aunque su mirada no me busque más y tenga que darle la espalda. Nadie la amó más que yo. Nadie la ha visto llorar con un libro entre manos ni cortarse partiendo una cebolla. Nadie la ha escuchado suspirar cuando termina la tarde ni tararear un bolero en busca de su padre. Nuestra complicidad tiene que morir. Sólo ella ha percibido mis ganas de fugarme. Sólo ella se ha preguntado de qué madera estoy hecho. Y ha besado mi frente como quien besa un muñeco de infancia. Debo dejarla caer, no extender mis manos a su llamado. Sentir como tropieza y maldice a la vez. Para rescatarla están sus amores. Que apele a la dulce noche y se tumbe en la cama con los ojos secos. Secos los sueños y las horas y los rezos. ¿Pero cómo dejarla si la estoy viendo? Mientras no pueda moverme seguiré siendo testigo de su insensatez. La veré entrar y salir del estudio. La escucharé teclear frenéticamente y con suerte, la veré bailar cuando salga por algo que necesita con urgencia. No es cierto, no es más cómodo así, no quiero que caiga. No quiero perderla en un torbellino de amores ni saber que su boca besa otros labios y otros labios la besan con frenesí. Quiero brazos de carne, piernas de hombre, trasero de adonis, pecho amplio y voz gruesa. Quiero vivir para que su búsqueda acabe. 

miércoles, 22 de julio de 2015

En la mesa de un fotógrafo

Fotografía: Daniel Efe Restrepo

Cada vez son más tenues los hilos que sostienen mi existencia en este mundo. Adorno el escritorio de un fotógrafo que rara vez me mira. Compito con un duende que por atraer la prosperidad es más que consentido, monedas nuevas de quinientos y de mil se depositan a sus pies mientras estoy cansado de preocuparme. Hago equilibrio porque no fui diseñado para dormir, con lo bien me caería una siesta. A veces pasa ella y aunque no puedo sonreír, sé que sonrío. Se va con una manta para la sala y se recuesta a leer todas las tardes, al menos una hora y siempre, al menos una vez mira hacia mí. Dos o tres veces ha cambiado mi posición y ha querido darle velocidad a mis pasos pero como no soy suyo, no se atreve ni a retratarme. Y eso que alguna vez retrató un figurín para un psicoanalista famoso... Con alguien como yo, aprendió la proporción. Es una lástima que no pueda convocarla al pastel o la sanguina. Ahora soy yo quien la observa leer. A veces se fatiga. Lo sé por la manera como cierra el libro de manera momentánea, toma aire y vuelve abrirlo. Me pregunto si hay figurines en las historias que lee o si los personajes no son los figurines de alguien más. A mí me gustaría ser escrito, poder delatar mi antipatía con el vecino y el cariño que me despierta la mujer de las alas rotas. Me gustaría tener voz para invitarla a salir y boca para tomarme un trago. Y sí, mi anatomía es insuficiente para mis deseos, soy superficie, capricho de arquitecto. Y capricho suyo también, ahora que me toma en sus manos y con dulzura baja mi mano a un costado. 

lunes, 20 de julio de 2015

Descalza

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
La noche en tus labios me supo a pecado. La risa, las bromas, mi cuerpo vencido. Ahora te veo dormir y no quiero llegar a casa. ¡Cuántos suspiros! Me estoy aprendiendo de memoria tu cuerpo. Tu plácido rostro que intenta despertar. Un exceso de luz se cuela por la ventana. Las toallas gastadas sin cisnes aglutinándolas, conversan en un rincón. Mi nuca te extraña. Mi rostro se agacha, te beso antes de que abras los ojos. Digo tu nombre en voz baja. Arqueas la ceja, será que te preguntas cómo amaneció tu mundo. Por fin me miras y me descubres mordiéndome el labio. Buenos días. Buenos días. ¿No te has vestido aun? Estaba esperando verte despertar. ¿Y valió la pena? Toda. ¿Nos duchamos o prefieres que te lleve a casa? Nos duchamos. Bajo el agua tu dorso es más bello. ¿Decías algo? No... y no sé por qué siento que me llevarás a casa y esto será todo. Eso es todo. Nada más puede ser. ¿Te vas a ir descalza? Sí. 

lunes, 13 de julio de 2015

Marañones con yogur

La receta es tan sencilla como deliciosa. Picar fruta, pera y manzana roja. Ponerla en un par de recipientes de vidrio. Verter yogur de melocotón y rociar con pasas y marañones al gusto.  La media mañana ideal.
No me mires así que me asusto. No soy marañón aunque en las madrugadas, acurrucada, parezco uno. ¿Qué tal está? Me sigues mirando así y tomas la media mañana solo. Ah, es tu manera de decir que te gustó. Me gusta que te haya gustado. ¡Qué exceso de gustos por Dios! Ahora... déjame mirarte así. Mi marañón. ¿Para qué me dices cursi si sabes que no me importa? No tengo forma de prepararme para tu amor. No eres receta sencilla. No prometes larga vida como una manzana ni te dejas rodear por mis palabras. La acurrucada soy yo velando tu calor. Quizás la receta sea yo. Pero hasta tanto no me demuestres que puedo confiar en ti, no diré el ingrediente secreto, ni la temperatura... ¡ay que calor! ¿Por qué me haces cosquillas? Conoces mis debilidades. No las explotes, no hoy. Mira que estoy siendo fuerte a pesar de tus ojos que me encandilan. Marañón, voy a masticarte como un marañón, así no tendré que temerte y te tendré en mí todo el día o al menos lo que dure su digestión. Ah, no te gustó. Eso nos pasa por andar compartiendo recetas. 


miércoles, 8 de julio de 2015

Los confesionarios


Tómate un café conmigo. Hablemos de los años, la infancia y los sueños. O del calor, la brisa y lo etéreo. Siéntate en mí con todos tus pesos. Nadie nos mira. Alega, llora, maldice si tu mundo no es un rincón tranquilo. Deposita en mi tus desconfianzas. Alude en un renglón, tu mayor deseo. Aprieta los ojos, cierra las manos, implora una alegría. Voy a decirte algo: llevo una década esperando por ti. Necesito que dejes en mí eso que te agobia. Los confesionarios estamos muy lejos de las iglesias. Somos azules, verdes, grises, con o sin cojines. Confía en mi prudencia. Ni puedo, ni quiero decir nada diferente a que te conocí. Eso es, llora. Entiendo cuando dices que te sientes pequeña para el mundo, pero mira, qué precisa eres para mí. Vamos sube los pies, nadie te regañará. Siéntate en esa posición de loto que tanto te gusta. Mira al frente. ¿Qué ves? Árboles con guayabas y adorables montañas. Un paisaje que siempre ha estado ahí sin importar cuantos mundos se derrumben o parezcan derrumbarse en mí. Deja que tu mundo se derrumbe. No te apegues a la Torre ni a su número. Todo es susceptible de ser interpretado. Mira lo fugaces que somos, lo eternos que nos creemos... mira. Cambia de posición, no intentes mecer las piernas, soy bajito, no puedo prometerte una altura que no poseo. Recuéstate. Tómame por almohada. Descansa tu preocupación en mí. Muévete a una posición fetal, soy un útero para ti. No puedo traerte una manta pero puedo esperarte mientras vas por ella. Y allá vas... hace un instante creías no poder con el mundo, que dulce eres, ya hasta le sonríes. 



lunes, 29 de junio de 2015

Una puerta



Mi cuerpo es una puerta que mira al infinito en una estación de tren, hermosa y desierta. Sobre mí el firmamento coquetea y no para que cuente estrellas. Se espera de mí que cuente letras y aglutine frases a veces sobre la fealdad, a veces sobre la belleza. ¿Qué es la fealdad sino otra forma de belleza? ¿Qué es la belleza sino la crueldad de la armonía? Mi cuerpo es una puerta con grama en sus cimientos. Por mí pasan versos y hombres y en mis paredes sangra el llanto del tiempo. Aquí, en Samacá, los rieles son de flores y los árboles están inclinados a la espera de ese último tren que jamás llegó. Y si mi cuerpo es una puerta, te invito a pasar por ella. Seré tú en el instante que acaricies mi bisagra. Tus dedos se apoyarán en los muros de mi pasado y tus ojos buscarán en mi vacío una butaca donde sentarse. Con poca o nula etiqueta te diré que el viento sabe que estás aquí, te diré que el sol juega a dibujar tu sombra sobre mi superficie y que los insectos me habitan como no me ha habitado nadie. Soy esa puerta a la intemperie, soy ese incendio con marcas de humo por el olvido. Una puerta no más para atravesarse en tu camino.   

domingo, 28 de junio de 2015

Lunas

Traigo la mirada cansada, el esqueleto indispuesto y la sonrisa averiada. Traigo el trajín de estos días sin ti. No me reconozco ni en el espejo. No sé quién soy. Necesito tu mano en mi brújula. Ven, auxíliame. Recuérdale a mi piel el sentido de una caricia. Déjame regalarme a ti con todas mis fragilidades. Permite que mi humanidad te abrace. Altera el curso de mis días. Sé la almohada de mis noches. Vamos, mira que he llegado hasta ti y es lo que importa. No repares en mi boca seca y mis manos ansiosas. Préstame tu piel para arroparme con ella. Alejas el frío, ahuyentas el llanto. Me regalas el verso de tus ojos. Tu boca es un bolero. Tu mente, amigo, el diálogo perfecto. Soy tuya por unas horas. Soy tuya por unos días. Soy tuya por sus noches. Y así se van las lunas porque ya no sé hablar de meses. No pretendo que seas mío, me basta con que estés junto a mí.  

Mueren y mueres

Cada que alguien muere, vuelves a morir para mí. Amanece un domingo de fin de mes y es el fin también para lo nuestro. Me asomo al balcón desconsolada y tus recuerdos inundan mi sala: el cenicero está lleno, el último cigarrillo prendido, un vaso con ron suda sobre una servilleta blanca y tu rodilla luce el penúltimo morado de un golpe seco. Cantas María Bonita y haces que desee cambiarme el nombre para amarte así, desde un bolero. Cada que alguien muere... mueres también en el rincón del alma que todavía te imagina de pie. Vuelven los lirios y las docenas de flores blancas que llegaron para fallecer contigo. Vuelven los osarios, los cánticos, la novena. Aunque ya no purgo tu ausencia. Te invoco como se invocan seres alados y Santas mártires. Te invoco pidiendo consejo. No es un milagro lo que busco, es una luz, una dirección tal vez, la certeza desde ti de que la vida aprieta pero no ahorca. ¡Mientras no apriete un gatillo en aquel callejón sin nombre! 
Mueren y mueres, al tiempo. En las plañideras vuelves a morir aunque el deceso sea de otro hombre. 

domingo, 21 de junio de 2015

Las niñas

Papá: sabes lo que yo apenas si sospecho. No tienes el condicionamiento del tiempo. La Múcura suena en mi casa y hoy digo que puedo cargarla. Ya no sólo te veo en los lugares que nos fueron comunes, te siento dentro de mí. Tus ojos ven a través de los míos. Tus manos estrechan otras manos con las mías, también abrazas con mis brazos. Extrañarte ya no abre mi esternón. Conversamos a través de tus libros cuando te hago una pregunta y confío en la bibliomancia. A veces no entiendo la respuesta y me digo con inocencia que debe ser porque no tengo edad. ¡Era tan rico sentirse tu niña! Mis hermanas y yo éramos las niñas... de vacaciones con las niñas, almuerzo con las niñas, visita a las niñas. ¿Quién no habría elegido quedarse una eternidad así? Estaríamos en tu sala. A ésta hora, te provocaría una panelita con leche y estarías sentado viendo el partido de Brasil. Yo le estaría coqueteando a tu cabello y me dirías Flaca ahora no, de forma enfática. Yo no estaría escribiendo esta entrada ni evocando una niñez madura que a decir verdad todavía te anhela. 

Un país en silencio, el mejor pesimista

Apuesto que el resto del país se sintió igual que en Medellín. El partido contra Perú terminó y un empate a estas alturas de la Copa América, aunque no es una derrota, tampoco es triunfo. Ahora nos toca depender. Eso del mejor tercero es cruel si se analiza. Todos los partidos arrojan su marcador en la cancha; el puesto, es un marcador que depende de otros. No hay tiempo de reposición ni ida a penaltis. Quedamos en la posición de ahogados, diría un ajedrecista no muy experimentado. Quedamos en silencio. No se soplan vuvuzelas ni se arroja confeti. Nadie sabe qué decir. No hay nada qué decir. Luego los comentaristas, la entrevista a James, lo novedoso de Pékerman con la autocrítica, la muralla Murillo resonando en los corazones de todos. No necesitábamos una muralla no, sólo nos hacía falta un gol. Qué complejo es el fútbol a veces... ¿Y el silencio, dónde me dejan el silencio? Las calles con conductores a bajas velocidades, nadie haciendo sonar una bocina, todos los semáforos en verde nos dan lo mismo que todos en rojo. Como hinchas, no conocemos la resignación pero somos los mejores pesimistas. Ser el mejor pesimista es un peso tremendo porque es casi ser el peor optimista. Se suman los puntos, se analizan los próximos adversarios, se piensa que pueden elegir casi, a quién dejar pasar como mejor tercero, es cuestión de generar un marcador u otro. Así no funciona el fútbol, ¿quién dice cómo funciona? Hay quienes se molestan cuando las mujeres opinan de fútbol y hasta ahora no sé si estoy opinando. Sé que me puse la camiseta, sé que vi varios goles ficticios, sé como los demás hinchas siento que merecemos ganar aunque esa derrota frente a Venezuela me perfore la sien. En este instante juegan los demás adversarios, Colombia, a este punto, está clasificando. 1 por 0  Brasil va ganando. ¡Y si gana ganamos! ¿Habrá ruido? ¿Habrá fiesta? Poco más de cuarenta y cinco minutos y lo sabremos. No sé cómo festejar un triunfo de estos. Tampoco sé si es más fácil perder perdiendo. 

   

sábado, 13 de junio de 2015

Así te quiero

Abrupto, incorrecto, inoportuno, flemático, disperso, leal, te quiero. Carpintero de mis sueños, capataz de mis edificaciones, blanco de mis ideas, gris de mis tormentos y negro de mis pasiones. ¿Adónde te llevo amor? ¿Cuál cielo para ti, cuál cielo? Estoy suspendida entre dos constelaciones que como las demás, por más que quieran, no pueden mudarse, siempre son vecinas. Allí en Vega, soy Lyra de Orfeo, allí desciendo al infierno saltando de a pasitos sin miedo a caer. ¿Estás conmigo amor, estás conmigo? Siempre. El beso del águila teje nuestros sueños. Al fondo alguien canta y un amigo aplaude. No estamos solos, nunca estamos solos. Conmigo vienen legiones de ojos y susurros. Contigo llegan legiones de aves y versos. El aposento, sí, sagrada luz de nuestros tiempos: caricia, ternura, mordisco del infinito. Estoy llena de ti y por suerte no sé cómo vaciarme. La lira, tal vez... dos dedos templando las cuerdas. El cielo, oh sí, el cielo. ¿Quién dice que no toca mis manos?

lunes, 8 de junio de 2015

Un nombre una historia

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Descendí de la mano del Fausto de Listz por un sendero que prefiere tu tacto al universo. Escarpado, el descenso me llevo hasta una fosa de confeti y letras desordenadas que buscaban conformar tu nombre. El mismo nombre que mi boca silenció y mis dedos dibujaron. Y es que qué dice el nombre sino una historia. Frente al mar, me escondo bajo una sombrilla y hundo mis dedos en una arena perezosa pero valiente y allí, tomo nota del muelle que te vio partir por vez primera. La bandera roja es inescrutable, por más que ondeé, bañistas distraídos retan la muerte cerca de las rocas. Una señal no es una decisión. Una decisión en cambio, puede ser un destino. Camino lento por el agua fría y un manojo de algas se enreda en mis pies. Viene una ola amplia y poderosa. Me tumba, trago agua, protesto por tan fútil emboscada y pienso si volver a la orilla o buscar aguas más profundas. Alucino. Te veo en el agua. Sostienes la respiración con naturalidad. Tu mano me convoca, me hala, mis pulmones se quedan sin aire, veo la forma de subir y te dejo en las profundidades. Miro la bandera. Está encima. Cerca las rocas, pronto el golpe, la sangre, el dolor. Busco tu mirada y es otra ola la que me golpea contra el espolón. Alguien corre hacia a mí. Estoy débil pero puedo sentirlo. Ya no estás en la oscura marea, eres quien me hala hacia la orilla. Tus labios me devuelven el aire. Toso el agua que se había hecho un hogar en mis pulmones. Me siento y me duele. Y cuando pienso agradecer al joven que fuiste sólo me queda la mirada fija en la bandera móvil.  

viernes, 29 de mayo de 2015

Pie plano

Fotografía: Daniel Efe Restrepo
Solía caminar descalza entre las rocas con la ilusión de crear un puente para su pie plano. Pronto se encariñó con las piedras y aprendió a correr sin resbalar. Le molestaban las mañanas lluviosas porque interrumpían su ejercicio y no podía nombrar las rocas como lo venía haciendo. A veces los niños tomaban una o varias para jugar y extrañaba la suerte que corrían lejos de sus pasos. Para ella, eran más bellas juntas y apretujadas. Un jardín gris para hacer equilibrio frente al mundo. Ocurrió que la propiedad pasó una circular anunciando reformas, entre ellas la adecuación de un jardín apropiado para los niños en el preciso lugar donde sus pies se daban forma. Acudió a la Administración con premura pero la mayoría en la asamblea era irrevocable. Solicitó las rocas para sí y no se las negaron. Diseñó un camino de piedras al interior de su apartamento y pudo ejercitarse de día y de noche, tanto que se le olvidó caminar sobre otras superficies. Su manía no pasó desapercibida y los niños murmuraban que la señora del primer piso se había vuelto loca. Con disimulo se asomaban a verla y se compadecían de su apego a las piedras. A uno se le ocurrió que le harían un favor si las botaran e idearon la manera de entrarse a su casa y tomar el motín. Así lo hicieron. Cuando ella llegó de caminar vio la puerta entreabierta y se le enfrío el corazón. No había rastros de ellas. Supo al instante que llamar a la comisaría seria un desastre y sólo se acostó en el suelo, en posición fetal a recordar su jardín sin plantas. Conchita, Penélope, Circón, ninguna regresaría. Los niños continuaron espiándola y la vieron tan triste que sintieron por primera vez remordimiento. Optaron por poner de a dos piedras todos los días en el tapete de su casa y así lo hicieron. Ahora ella baila y anhela ese cartero de manos pesadas que todos los días le trae una ilusión para sus pies que cantan.