lunes, 8 de diciembre de 2014

Un guiño

No sabe guiñar un ojo, cuando lo intenta, guiña todo un lado de su cuerpo. Se eclipsa. Piensa en él. Acaricia los límites de su razón cuando recuerda aquel sabor y aquel tacto.
Desde que lo conoció volvió a llevar un diario. Ahora también escribe poesía. Aprendió origami por Youtube. Y las alas que penden del atrapasueños de su alcoba lo ayudan a pasar por la malla de sus sueños. Es así como se encuentra con él en blanco y negro. Él lleva su maletín de trabajo y ella sus zapatos bajos para no dar zancadas por el mundo. Se ven en La Alpujarra, a la sombra, junto al esqueleto del ferrocarril. Él le cuenta del último caso que decidió llevar y ella baila en palabras para él. A veces cada uno sale por su cuenta. A veces les da hambre del otro y buscan un lugar donde guarecerse. A veces ella abre el diario y él la lee con una sonrisa. Otras no coinciden. Cuando son las tres en el reloj de ella, son las dos, en el de él. Entonces ella piensa viajar en el tiempo sobre aquel último vagón del ferrocarril. Y entrega un boleto a Cisneros y describe la gente y la vegetación. Para cuándo él la recibe, lleva puesto un vestido de paño y un impecable sombrero. Le guiña el ojo y claroscura para no despertar pone sus manos entre sus dedos.  

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