sábado, 13 de diciembre de 2014

Ecuaciones


Recuerdo las postales, las estampillas, la saliva en los sobres. Recuerdo la sensación de dormir en hamaca y la embadurnada en repelente por la legión de mosquitos. También recuerdo el árbol en el patio y el letrero de prohibido el paso. Mis ataques de asma cuando aún no podía administrar mi propia bombita. Las barbies, los accesorios, los ponys, las caídas en bicicleta, los patines que nunca aprendí a manejar. Recuerdo los perros de mi infancia: Minky, Snoopy, Polo, Pachocho, Conde... No olvido las fincas: los masmelos en chimenea, el mango biche con sal y limón, las siestas... Mi padre y el ron. Las insoladas. Cerro Tusa imponente quebrando el paisaje. El temor cada vez que me subía a un caballo. Mi insoportable delgadez, los orzuelos, la fastidiosa clase de gimnasia sin sostén. Las tareas de sociales, los mapas: el papel mantequilla, el pintar por el revés. La rana abierta: la mayor crueldad, en biología. Los frascos con formol y los fetos. El seno, coseno y tangente. Los novios y los besos o debo decir los besos y el novio... Las salidas hasta las doce, mi primera vez que me quedé hasta el amanecer. Papa John, Visagra, El Blue, Le Bon, El Tejadito. La amistad de Diógenes y Sergio Tobón. Las cartas de Elvira, sus dieciocho con papayera. Los primeros insomnios. El Puerto. Mis fallidos intentos de abandonar la administración. Las ecuaciones incongruentes de Métodos Cuantitativos, la pereza frente a Contabilidad II. Los elefantes en la oficina del adorable Jorge Tabares. El sueño en la clase de tres. Mis citas donde Martha Inés. Todo viene una vez que puedo decir: hace veinte años. 

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